Pablo Casado sigue apilando cadáveres del coronavirus a las puertas de Moncloa. Su estrategia de culpar al presidente del Gobierno de la gestión de la crisis, cuando las competencias sanitarias están transferidas a las comunidades autónomas, resulta tan burda como patética. ¿Quién gobierna en Madrid, señor Casado? ¿Acaso no está en el poder regional su delfina, Isabel Díaz Ayuso, esa mujer a la que se le extravían los aviones con material sanitario, da pizza para comer a los niños pobres de la epidemia y contrata a más curas y capellanes que rastreadores para frenar el virus? ¿Por qué no le pide cuentas a ella? ¿Por qué no deja el señor Casado de intentar engañar a los españoles todo el rato? Eso por no hablar de los fiascos sanitarios en otras comunidades gobernadas por el PP, donde los hospitales públicos se han privatizado a destajo y donde ya no queda ni una mala venda quirúrgica en poder del Estado porque el material médico ha ido a parar a manos de unos fulanos carroñeros y aprovechados afines al partido de la gaviota.

La demagogia de Casado empieza a ser esperpéntica. Ayer, sin ir más lejos, aseguró que Pedro Sánchez “no puede lavarse las manos” porque España “es ya el país de Europa con más contagios y mayor cifra de muertos por habitante”. No puede decirse que el dato que baraja el candidato conservador no sea cierto: 314.362 infectados en nuestro país, que supera ya al Reino Unido del populista Boris Johnson, el más torpe de los gobernantes en cuestión de gestión de epidemias (310.667 casos). Sin embargo, miente como un bellaco el sucesor de Rajoy cuando se trata de analizar los complejos factores que nos han llevado a este infierno.

“Sánchez no puede lavarse las manos en la segunda oleada de covid-19 pues la ley mandata su responsabilidad en pandemias”, apostilla el dirigente popular. Así lo ha manifestado en una publicación en su cuenta de Twitter, en la que ha insistido en que ofrece a Sánchez “reforzar la eficacia jurídica y sanitaria”, aunque sigue rechazando el pacto con el Gobierno de coalición.

Hace tiempo que escribir sobre Casado se ha convertido en una tarea tediosa, inútil, absurda. El líder del PP es un político plano que va a piñón fijo; vacío como un folio en blanco; previsible en sus técnicas manipuladoras y de crispación. Solo que ya no engaña a nadie. Han sido demasiados meses de conspiraciones y montajes y toda España sabe a estas alturas que es un “supercontagiador” de mentiras. A Casado ya no le queda otro camino que seguir adulterando la realidad y ahora está en la tarea de borrar del mapa a las autonomías para atribuir toda la responsabilidad en la gestión del coronavirus a Sánchez, al que trata de derrocar a toda costa y al precio que sea. En efecto, el Gobierno tiene culpa en lo que está sucediendo desde el mes de enero, por supuesto que la tiene, como ocurre con las cancillerías de los demás países del mundo. Pero cada palo debe aguantar su vela, como dice el refranero español, y habrá que pedir a los presidentes de cada comunidad autónoma que rindan cuentas con la ciudadanía en proporción a las decisiones que han tomado en los últimos tiempos. Así, a Díaz Ayuso habrá que exigirle que responda por haber vivido encastillada en la mansión de Kike Sarasola, sin enterarse de la misa la mitad, mientras los ancianos se le morían por miles; a Quim Torra habrá que sentarlo algún día en una comisión parlamentaria para que se explique y detalle el fiasco de Cataluña, que él pretende esconder detrás de la estelada independentista; a Juanma Moreno Bonilla y sus socios falangistas habrá que invitarlos a un interrogatorio en toda regla sobre las multitudinarias corridas de toros en Cádiz, foco de virus letales… Y en ese plan. Aquí ningún político (de uno y otro color) debería irse a casa mientras no se aclare hasta el último muerto de esta terrible catástrofe humanitaria y el propio Casado tendría que explicar con detenimiento los drásticos recortes y privatizaciones que su partido ha llevado a cabo en los últimos años, y que reflejan en buena medida el hundimiento de la Sanidad pública española, esa de la que nos sentíamos orgullosos y considerábamos la mejor del mundo y que en realidad estaba repleta de agujeros, grietas, chapuzas, carestías y deficiencias. Hasta qué nivel de degradación hemos llegado que los científicos y profesionales de la Medicina han pedido una auditoría independiente a la revista The Lancet para que analice el caos sanitario que estamos padeciendo en los últimos meses.

De modo que lo mejor que puede hacer Pablo Casado, si le queda algo de dignidad, es callarse y tratar de ayudar en lo posible a levantar el país, ya que lo que está ocurriendo en España, el gran drama nacional de la peste y la ruina económica, no es culpa de nadie en particular sino de toda la sociedad en general. Lo que estamos viendo estos días es el hundimiento generalizado de las estructuras e instituciones básicas del Estado y eso no es solo cuestión del PP, ni de Pedro Sánchez, ni siquiera del rey Juan Carlos y sus negocios y juergas en el desierto, sino de los propios españoles, que tienen lo que se merecen por haber votado durante tanto años a gente como él. El desastre nacional del país (similar al del 98) es el desastre de todos y cada uno de nosotros en su mayor o menor cuota de responsabilidad. Por mucha demagogia barata y bilis que suelte por su boca el siempre eterno aspirante a presidente del Gobierno, cuando una nación se va al garete es porque sus ciudadanos han hecho muchas cosas mal y han incurrido en demasiados errores, pecados, vicios, desidias y tolerancias como pueblo y como sociedad.    

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