La homeopatía no es el sol, Beatriz Talegón: tras los cristales llueve azúcar

 

Según el código deontológico que propone la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, «el primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad», y «advertida la difusión de material falso, engañoso o deformado», considera dicho código ético como labor esencial del periodista «corregir el error sufrido con toda rapidez», y, esto es interesante, «con el mismo despliegue tipográfico y/o audiovisual empleado para su difusión».

Es, pues, lógico pensar que tras un artículo cargado de información falsa y profundamente sesgada, e incluso peligrosa para el lector, que los periodistas encargados del diario que lo haya publicado rectifiquen adecuadamente. Y es que, como dice la a casi proverbial frase, el periodista no es quien debe dar voz al que dice que hace sol y al que dice que llueve, sino que debe abrir la maldita ventana a ver qué carajo pasa ahí afuera. Y cuando hablamos de salud, qué mejor forma de abrir la ventana que acudiendo al conocimiento científico.

El pasado 23 de septiembre, la periodista Beatriz Talegón escribía un artículo, “bailándole el agua” a la conocida “asamblea nacional de homeopatía”, responsables de la campaña y la web “homeopatía suma”, financiada por la conocida marca francesa Boiron.

El caso es que la autora del artículo no solo no abre la ventana para ver qué tiempo hace, valiéndome de la metáfora, sino que da voz a un discurso de luz y sol, que dista mucho de todo lo que llueve, detrás de los cristales llueve y llueve como si de una balada de otoño se tratara; una lluvia de agua y azúcar que cae torrencialmente y pinta de gris el cielo y el bolsillo del consumidor; y sin contrastar tal información consultando a alguien que ni siquiera haya echado un vistazo tras las cortinas a ver qué hay. Transcribe de forma literal una carta plagada no solo de errores y falsedades, sino escrita por alguien, el doctor Fernandez Quiroga, del que no puede decirse precisamente que esté libre de conflicto de intereses.

La carta transcrita se encabeza con una afirmación que niega todo conocimiento científico vigente: decir que “la homeopatía no es una pseudociencia”.

Para eso necesitamos saber qué es una pseudociencia. Yo suelo definirlo como aquello que se hace pasar por ciencia, usando lenguaje similar al científico, pero que no sigue el método científico —observar la naturaleza, plantear posibles explicaciones, ponerlas a prueba mediante la experimentación y confirmar o rechazar dichas explicaciones obteniendo conclusiones válidas—, sino que siguen un método sostenido en creencias no comprobadas —partir de conclusiones previas, y crear hipótesis ad hoc mediante experimentos diseñados específicamente para confirmarlas, rechazando los resultados que no encajen—.

Esto es precisamente lo que observamos en el caso de la homeopatía. Nunca nadie ha probado que la homeopatía sea eficaz para ninguna dolencia: tal y como se comprueba en los metaanálisis realizados —el nivel de estudio científico más sólido; estudios que analizan la calidad de otros estudios—, cuanto más rigurosa es la metodología emplada en el ensayo, menor es la efectividad observable en la homeopatía, siendo idéntica a la del placebo en los estudios de mayor calidad.

Si analizamos los fundamentos de esta técnica, y sabiendo lo que sabemos hoy de física, química y biología, no es dificil saber por qué motivo sucede esto. La homeopatía se basa en diluir una sustancia que causa un efecto hasta límites absurdos —varias decenas o incluso cientos de veces en diluciones 1:100; lo que ellos llaman CH— para conseguir los efectos contrarios de esa sustancia. Algo así como echar una gota de café en un volumen de agua igual a la de todos los océanos del mundo —o muchísimo más—, y luego remojar con ese agua unas pastillas de azúcar que te servirá, según los homeópatas, para curarte el insomnio.

Eso es absurdo a tantos niveles que el simple hecho de pensar que haya un profesional de la medicina que pueda creer en semejante tontería se antoja irreal. En primer lugar, existe un límite a partir del cual no puedes seguir diluyendo una sustancia, porque en la preparación ya no te queda ni una sola molécula de la sustancia original. Aunque depende un poco de la sustancia que uses y de la cantidad inicial que emplees para empezar a diluir, ese límite suele encontrarse en la 12 CH. En ocasiones, antes. Y en ningún caso va a estar más allá de la 13. Una sustancia diluída en agua 15, 30 o 200 veces no contendrá nada que no sea agua.

Cuando solo tenemos agua —o el azúcar con el que mojen ese agua—, es evidente que el efecto de la homeopatía no puede ser distinto al de beber un sorbo de agua —o tomar un azucarillo—. Pero ¿y cuando la dilución es baja? ¿Y si tomamos un 6CH o un 9CH? Tampoco sirve mucho.

Es bien sabido que para que una sustancia tenga un efecto farmacológico —positivo o negativo— ha de suceder que esta sustancia interactúe con los receptores que nuestro cuerpo tiene. Una especie de cerraduras que encajan con distintas llaves, que son las sustancias, y que al encajar, suceden cosas. El problema es que para que una sustancia haga efecto es necesario que haya suficiente cantidad. Hay un umbral de concentración por debajo del cual, la sustancia no puede hacer nada. A ese umbral se le llama dosis mínima efectiva, y está cuidadosamente medida.

No conozco ni un solo producto homeopático que presente una concentración de principio activo que esté por encima de la dosis mínima efectiva. El calificativo de “pseudociencia” para la homeopatía llega de forma ineludible. El homeópata parte de sus conclusiones preconcebidas por fe, y evade cualquier prueba científica que compruebe su total ineficacia, por sólida que sea, escogiendo solo las que le interesan, por muy débiles que sean y por muy refutadas que estén. Este ejercicio de escoger solo “las cerezas” —la expresión en inglés es cherry picking— que a uno le interesan en lugar de coger el cesto entero es muy habitual entre cualquier defensor de una pseudociencia, ya sea creyente en la homeopatía, en el reiki, en el creacionismo o en la tierra plana.

En la carta que la señora Talegón tanscribe, aparece indicado que «según la legislación tanto española como europea, la homeopatía es un medicamento». Esto es incorrecto a dos niveles. El primero, es que según la normativa española, hay 2008 productos que esperan ser registrados, por lo que no sería “un” medicamento. Pero lo que también olvidan es que ambas normativas exigen, para que un producto homeopático pueda ser considerado medicamento, que supere una serie de controles y que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios emita un código que, a día de hoy, 25 de septiembre de 2019, ningún producto homeopático tiene aún.

Esos controles requeridos dependen de lo que el fabricante quiera declarar en el producto y de la forma en que se administre. Si se pretende que el producto tenga una indicación terapéutica —como cualquier medicamento de verdad— y que no se oral ni tópico, entonces requiere ser tratado como un medicamento de verdad, lo que incluye probar cieníficamente su eficacia. Adelantando acontecimientos, de los 2008 productos que hace casi un año pidieron ser incluidos por aquella orden ministerial que tanto revuelo causo, todos los que entran en ese grupo —que han sido los primeros en ser analizados— todos han sido rechazados.

El segundo procedimiento, denominado “simplificado”, incluye cualquier producto homeopático que NO tenga indicaciones terapéuticas —y como tal deberá estar advertido en el envase—, con los requisitos de que tengan una concentración inferior a 1:10 000 (esto es, 5DC o más, o 3CH o más) y que además, su uso sea exclusivamente oral o tópico. Estos no necesitarán comprobar eficacia alguna —algo que es absurdo si lo pensamos friamente; hablamos de llamar a algo “medicamento”, pero bueno, son los problemas que se derivan de que la normativa europea haya estado tan influenciada por las muy homeopáticas Alemania y Francia—. Aún no han empezado a analizar los casio 2000 productos que hay en esta larga lista, y tal vez alguno pase por el aro, pero no debemos olvidar el indicativo específico que tiene este procedimiento simplificado: que son productos sin indiación terapéutica; dicho de otro modo, productos que no sirven para nada.

En resumen, que por mucho que las normativas española y europea permitan la inclusión de algunos productos homeopáticos bajo el etiquetado de “medicamento” —algo que es muy preocupante, por cierto—, ningún producto homeopático ha superado, de momento, los requisitos que se demandan para que eso suceda, y los que pretendían declarar indicaciones terapéuticas ya han quedado fuera por ser incapaces de mostrar su eficacia. En otras palabras: ningún producto homeopático que se venda hoy en España es legalmente medicamento, hasta que no obtenga el código de la AEMPS.

Finalmente querría destacar una de las apreciaciones que, Talegón mediante, expone el señor Fernández Quiroga. Y es que es cierto que de la lista de 139 técnicas que inicialmente se presentó al Ministerio y que se comenzaron a analizar, 73 de ellas no tenían ninguna referencia científica que las respaldara y fueron desestimadas, considerándose automáticamente “pseudocientíficas”, y la homeopatía, por el simple hecho de disponer de publicaciones científicas al respecto pasó al siguiente nivel.

Pero eso no significa, como el señor Fernández Quiroga quiere hacernos creer, que la homeopatía esté reconocida como técnica terapéutica de modo alguno. El siguiente nivel es “técnicas aún en evaluación”, son técnicas para las cuales existe al menos un artículo científico que las incluye en sus palabras clave —aunque sean artículos científicos que demuestren su ineficacia, como el caso del reiki, refutado por Emily Rose hace ya unos cuantos años—. En estos casos, el equipo debe revisar la literatura científica antes de tomar la decisión de si se considera o no pseudoterapéutico. Pero no debemos olvidar que en esta lista hay técnicas tan demenciales como las flores de Bach, la abrazoterapia, la auriculoterapia, las constelaciones familiares o la reflexología podal. No sería sorprendente que, a no mucho tardar, muchas de las técnicas aquí listadas pasasen oficialmente a la lista de técnicas pseudocientíficas. Y la homeopatía, como ya hemos visto, tiene todas las papeletas para que ese sea su destino.

Según el código deontológico que propone la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, “el primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad”, y “advertida la difusión de material falso, engañoso o deformado”, considera dicho código ético como labor esencial del periodista «corregir el error sufrido con toda rapidez», y, esto es interesante, «con el mismo despliegue tipográfico y/o audiovisual empleado para su difusión». Cuando se trata de mensajes relacionados con la salud, esto se hace especialmente importante.

Y si el periodista no es quien debe dar voz al que dice que hace sol y al que dice que llueve, sino que es el que debe abrir la ventana a ver qué sucede ahí afuera, no debería el periodista ser el que diera voz a los que hablan del brillo del sol de la homeopatía, cuando en realidad llueve, detrás de los cristales llueve y llueve, como si de una balada de otoño se tratara; una lluvia de agua y azúcar que cae torrencialmente y pinta de gris el cielo y el bolsillo del consumidor. Y es que es solo agua y azúcar, pero se está vendiendo a varios miles de euros el kilo.

 

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