domingo, 17octubre, 2021
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Carta abierta al Papa Francisco

Diario16 publica hoy, por su interés social en la situación sociopolítica actual, la carta que Alternativa Ciudadana Progresista ha enviado este fin de semana al Papa Francisco tras sus declaraciones en la Cadena COPE sobre la reconciliación nacional y el proceso político de Cataluña.

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En la emisión, el miércoles 1de septiembre, de una entrevista a Jorge Mario Bergoglio, Francisco, en la cadena de radio COPE, el sumo pontífice de la Iglesia Católica contestaba a una pregunta sobre el referéndum independentista en Cataluña señalando que los procesos independentistas son una normalidad histórica europea, mencionaba a Kosovo, y añadía:

«Yo no si España está totalmente reconciliada con su propia historia, sobre todo la historia del siglo pasado. Y, si no lo está, creo que tiene que hacer un paso de reconciliación con la propia historia, lo cual no quiere decir claudicar de las posturas, sino entrar en un proceso de diálogo y de reconciliación; y, sobre todo, huir de las ideologías, que son las que impiden cualquier proceso de reconciliación”.

Además, y en línea con su proclamación de que «sin la reconciliación básica de los pueblos» no tiene valor la designación ‘unidad nacional’, también necesitaba clarificarnos que él no visita España si hace un viaje y pisa suelo en Santiago de Compostela, sino que entonces solamente va a Santiago. En el país, una atmósfera silente ha seguido a esta implicación papal; en general (y amén del poder que señalara Cervantes) por complicidad en la izquierda y en la decepción sentida por la derecha discipular.

El día anterior a esa emisión, el 30 de agosto, se cumplía el aniversario del fallecimiento de Josep Lluís Facerías, Petronio, (1920-1957) en un cerco de la policía franquista en un lugar del distrito barcelonés de Nou Barris. Junto con Quico Sabaté (1915-1960) fue uno de los últimos exponentes del maquis urbano contra la dictadura. Ambos pertenecían al movimiento libertario, y en la trayectoria de su generación se había vivenciado una sucesión de acontecimientos como la proclamación del comunismo libertario (1932), la revolución de Asturias (1934), la guerra civil (1936-1939), la Resistencia francesa (1939-1945), la represión franquista. Durante la guerra civil, el movimiento libertario español llevó -entre otras faceta s más constructivas y encomiables- el impulso, y la mayor parte del peso organizativo, de la represión revolucionaria en Cataluña. A este fenómeno se atribuye la matanza de más de 8.000 personas, entre ellas un alto porcentaje de religiosos. Aunque en España el canon escolástico de la izquierda apunta a desmarcarse de aquella actividad, sin embargo, un esfuerzo de reflexión y de atención a la historia -de reconciliación- exige considerar que aquella actividad represiva fue lógica, legítima, y legal.

Desde el principio, legal. Ante la incapacidad del aparato del estado para evitar y derrotar el golpe militar, el levantamiento popular que logró la defensa de la segunda república ejerció una filtración revolucionaria de la institucionalidad de la Generalitat, con el establecimiento del nuevo orden: Patrullas de Control, organizadas en secciones y dependientes del Comité de Milicias a través del Departamento de Seguridad Interior, con su Oficina Jurídica.

Lógica, en cuanto era respuesta en una situación de guerra, con numerosos enemigos internos, y en donde el movimiento golpista de inmediato efectuó continuas masacres masivas y azuzaba a multiplicar sin freno asesinatos y vejaciones en las zonas bajo su control.

La guerra civil fue una guerra de extermino, y no otra era la situación. El golpe militar se iniciaba cruentamente en cuarteles y guarniciones con el tiro a bocajarro sobre los propios compañeros, oficiales y altos mandos leales al Estado. No debía haber marcha atrás. Pero fue la ideología que acabó coronando el movimiento faccioso que sería definitiva para el calibre del terror que desencadenó: «el maridaje de la mentalidad de cuartel con la sacristía, en conocidas palabras de Unamuno.

La Iglesia invistió el golpe con la doctrina imperante en la derecha de que España es nación católica, lo bendijo como una Cruzada, lo teorizó como una Guerra Santa frente a la antipatria, la anti-España. Los que se habían opuesto al golpe, por tanto, se enfrentaban a un terror en esas dimensiones: el régimen de terror se extendería hasta la década posterior a la guerra, en la razón apuntada por Santos Julia de que el «principio católico de la depuración, que nunca acaba, que debe permanecer siempre vigilante …»

Y, por último, aunque no correspondía a la excelencia en la conducta, la legitimidad-claro que entrecomillada – de aquella actividad represiva revolucionaria provenía de la necesidad desprendida de aquella misma lógica de la situación; era adecuada a las exigencias de los acontecimientos, era razonable -que no racional- de acuerdo con el contexto.

Estas consideraciones están hechas en el ámbito de la explicación política de los eventos, de su entendimiento, de la asunción de responsabilidades, del encuentro con la historia, de encaramiento con las sombras de la acción. Estamos en el ámbito de búsqueda de una objetividad, que es también el de las visiones confrontadas entre las distintas partes.  

Este tipo de esfuerzo es el que exige una «reconciliación total» del país con su historia, como encuentro con sus verdades. Pero ejercer esta exigencia no puede excluir – cada vez que entren en liza los muertos, se digan ejecutados o asesinados­ dejar la constancia expresa y firme de que no se pretende ofender a los muertos ni a su memoria en los vivos, y que la violencia en modo alguno es elogiable. Los muertos, así como el duelo inagotable -todas las víctimas de aquella guerra (y de después de ella) – están bajo la ceremonia de la enunciación del respeto. Porque, además, matar la vida humana, que es el acto que hace irreversible la supresión de la palabra, y en efecto de la razón, es por principio un acto radicalmente antihumano -aunque humanos lo ejerzamos.

Estamos ahora, con este matiz que añadimos, por tanto, en un ámbito determinado de la ‘reconciliación’ presente con la historia. Es en este aspecto cuando en el año 1956, desde la clandestinidad, el Partido Comunista de España, dirigido por Santiago Carrillo, lanzó su programa de la reconciliación nacional. Era ya una España en movimiento paulatino, donde bajo el manto hegemónico del nacionalcatolicismo, la Iglesia (y sin duda en prevención frente a la repetida tendencia a la quema de templos en los espasmos de rebeliones populares) había expandido su presencia pedagógica hacia sectores más amplios de la población, a través del lanzamiento de los hermanos (salesianos, escolapios …); y aparecían algunos jesuitas que estudiaban el marxismo, y hasta se le afiliaban.

La idea de reconciliación nacional fue el fenómeno político requerido para la cristalización que dio lugar a la vigente Constitución, es decir, a la inauguración de la reconstrucción democrática, proceso llamado Transición o régimen del 78.

No es un juicio certero la crítica de aquel procedimiento constituyente como un pacto por el olvido, porque no se   puede calificar de desmemoria el mero acto de perdonarse recíprocamente los muertos como condición suficiente para emprender una práctica de convivencia.

Este perdón no llegaba a un reconocimiento de las partes, pero sí implicaba un ejercicio de respeto ante el hecho luctuoso de la guerra civil. Fue una primera consideración de cada parte a los muertos, al reconocer que no correspondía ensalzar los respectivos crímenes. Faltarían todavía más esfuerzos, que la sociedad española debía realizar: además de encontrar los cadáveres de los perdedores, profundizar en el encuentro con la historia -y antes hemos dado muestra de la aspereza que esto puede contener. Pues cada comunidad debe hacer presente su encuentro con la verdad de su historia, dado que no hay futuro desde la ignorancia sobre las enseñanzas contenidas en el pasado.

Se trataba, pues, de una reconciliación mínima, de primera fase, que fue requisito para un compromiso. Claro que la noción de reconciliación recorre más ámbitos, como culpa o responsabilidad, reconocimiento, expiación, penitencia, confesión, autoconocimiento, profundización, aprendizaje …

Cuando Bergoglio muestra menosprecio hacia esa inicial fase de la reconciliación (la llamada Transición) desconsiderando su valor (que, aunque modesto de contenido, fue de gran envergadura en los resultados), exhibe en consecuencia su olvido del ejercicio obligado al respeto a los muertos que aquel ámbito de reconciliación inicial implícitamente contenía.

Bergoglio exige que España debiese reconciliarse de verdad con su pasado.  Pero ¿y la Iglesia?  Porque la   Iglesia Católica ha formado parte capital de la historia de eso que se llama España (y que Bergoglio se niega a reconocer cuando pise su suelo). Cuando Franciscoindica esa reconciliación profunda del país, ¿ya sabe que eso concierne de modo mayúsculo a la poderosa influencia secular de la Iglesia sobre el territorio que se llama España, a sus intervenciones en la política? ¿Tiene la Iglesia que dar lecciones siempre, que distribuir perdones y bendiciones? ¿Para cuándo la penitencia, Francisco? ¿Cómo entiende la iglesia su reconciliación con su propia historia en suelo español? ¿Siempre exculpándose? ¿Se perdona a sí misma la Iglesia de curas que sujetaban el brazo en la dirección que debía apuntar el arma que otros empuñaban por ellos, cuando no eran ellos que coronaban sus faldas con el agarre de una ‘pipa’?  ¿También la Iglesia se perdona a sí misma del nacionalcatolicismo, aquella   papilla prototalibanísticadel régimen franquista del que era su bastión ideológico, guardián de control y disciplina social? Nacionalcatolicismo tan enraizado en sus huestes más de vanguardia, las Iglesias catalana y vasca, que esta última se mantuvo siempre firme en su connivencia, incluso emocional, con la imposición por ETA de su sello de sangre humana.

La radiofonía de la infalibilidad papal con la cual J.M. Bergoglio ha eximido de responsabilidad a los directores de un referéndum-patraña que ha entrado como un patrón específico en los manuales de golpismo civil contra la democracia, ha renovado el acento golpista que la Iglesia Católica, por lo que se ve, reserva siempre para España, como en 1936. ¿Es de ese modo, entonces, la reconciliación que la Iglesia hace con la historia en lo que es la reconciliación profunda del país? ¿Reincidiendo en el carácter perverso de su turbio comportamiento parásito para con la sociedad española? La Iglesia siempre ha llevado muy malamente esto de hacer penitencia consigo misma.

Hace un tiempo alguien dejó escrito señalando como pecado de la Iglesia su propaganda antiabortista, la cual -a través de la efectiva influencia de las Misiones- promovía efectos nefastos en poblaciones de países tercermundistas, africanos, donde nacer no es equivalente a vida -digna, mínimamente humana -, sino a padecimientos, hambre, enfermedades y muerte prematura. Hoy, esta misiva también podría encabezarse: Y otra vez más: ‘Los pecados de la Iglesia’. El más aireado de sus pecados siempre ha sido la arrogancia de autoridad exhibida en la condena a Galileo. La Iglesia ha pasado por la historia de sus pecados sin ejercicio de culpa, como una necesidad histórica. Y sigue mostrando resistencia para las correcciones de su rasgo estructural a la fuerte propensión de escondrijo de la pulsión pedófila en nuestra s sociedades.

Uno de los miembros del grupo selecto que mereció el título histórico de ‘cura rojo’, el ‘pare Manel’ -Manel Pousa i Engroñat, 1945-2020-, que fuera párroco en el barrio de la Trinitat Vella, asistente de presos y recolector de fondos para su asociación de ayuda a niños en situación de vulnerabilidad, llegó a presentarse en la listas catalanistas ‘Junts pel Sí’ ( 2015) y ‘Junts per Catalunya’ ( 2017); y, a raíz de las denuncia s de abusos sexuales contra frailes de Montserrat (estandarte de la cristiandad catalanista), dijo (elcritic.cat, 19/ 3/ 2019, y secundando declaraciones de  otro  cura nacionalista, Cinto Busquet, párroco de Calella) que esas acusaciones eran un ataque a Cataluña.

Entérese bien cualquier lector que pretenda despistarse.  Según el catalanismo, si se es catalán y catalanista (aparte de sacerdote también), se está impune de la comisión de pederastia. Sí, porque este modelo de estratagema es copia del procedimiento de exculpación con la que el catalanismo presionó a la sociedad para exigir, en los años ochenta, la inmunidad del corrupto Jordi Pujol, lo que además ofreció salvoconducto para que el presidente de la Generalitat (con su clan familiar al completo) hipermultiplicara su latrocinio sobre los caudales públicos durante las siguientes décadas.

Este es el carácter de corrupción del espíritu que ejerce, en una comunidad humana, una ideología profundamente reaccionaria como es el catalanismo, un cáncer del alma. Contradiciendo la sentencia, en el parloteo del Papa, de que las ideologías «impiden cualquier proceso de reconciliación». Carlos Alsina afirmaba (en Onda Cero) que las ideologías pueden llegar a reconciliaciones, lo que dejaría fuera de la reconciliación del país al catalanismo, en tanto que no se trataría de una ideología, sino que es religión, según el periodista radiofónico.

La Iglesia se apropia la detentación del acta de la reconciliatio -a través del Cristo- de los hombres con Dios, lo que habría inaugurado la nueva era de relación entre los hombres. Y, entonces, la cabeza de esa ‘ciudad de Dios’ -que fuera auténtico poder imperial transnacional-, el Papa (ahora llamado ‘Francisco’), desde su infalibilidad, da lecciones de reconciliación a los hombres, los gobernantes, las naciones, los pueblos -a la ‘ciudad de los hombres’. Es inevitable, entonces, la inclinación al pecado de tan inabarcable soberbia -casi siempre disfrazada de una modestia harto farsante- tal y como ahora se ha explayado en este eructo papal sobre España.

Porque, estimados compatriotas católicos, no es simplemente que la Iglesia se deslice, en las turbulencias del tiempo de los hombres, en la comisión del tipo de error de «ideologización de la religión«, como, por ejemplo, cuando -y de acuerdo con la armadura nacionalcatólica- se enfatiza como catalanista, abertzale, o garante exclusiva de españolidad. Más allá, y desde el calor íntimo de sus entrañas, la Iglesia en España se repite puntualmente como una epifanía persistente de corrosión de la convivencia necesaria en la construcción del país.

La declaración de Francisco es contundente confirmación de que la reconciliación profunda de España con su historia no pasa por la reconciliación con la Iglesia, que es naturalmente irreconciliable con la nación española.

La Iglesia ha actuado vocacionalmente como organización sistemática de obstáculos al desarrollo de un Estado moderno democrático en España. La Iglesia ha ensalzado nacionalismo enfermizo en un territorio del   que siempre se añora como propietaria y señora feudal que fue en otros tiempos. Tiempos de los que siempre ha detestado salir, como se revela en las declaraciones trabuqueras de J. M. Bergoglio, donde el catolicismo español se ‘reconcilia’ consigo mismo, en una vuelta a su original esencia de ser, al ejercicio de su tradicional empeño por emponzoñar una sociedad, a su tenaz propensión a su sempiterna vocación de extensión de la discordia.

J. M. Bergoglio, Francisco, Sumo Pontífice, Papa de Roma, que su Dios les perdone. Pero en su otro mundo. Porque, en este mundo, lo que es esencial es el juicio de responsabilidad para dirimir en la razón y poder entre ellas avanzar las gentes de buena voluntad.

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