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Carrera espacial de ricos: un gran paso atrás para la humanidad

Bezos, Branson y Musk se lanzan a una frenética aventura para ampliar sus propiedades en el espacio

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Los ricos del mundo se han enzarzado en su particular carrera por la conquista del espacio. Si hace unos días era Richard Branson, propietario de Virgin Galactic, el que se daba un paseíllo espacial de apenas cuatro minutos por la estratosfera, ayer era Jeff Bezos, dueño del gigante comercial Amazon, el que hacía supuestamente historia con una nave en forma de falo gigante con el logotipo de Blue Origin. A ese pique de ricachos se ha unido también Elon Musk con su compañía Tesla, de modo que en poco tiempo la órbita terrestre va a parecer la M-30 con muchos chalados a bordo de sus locos cacharros ensuciando el cielo con más basura espacial, latas de Coca Cola, restos de hamburguesas y bolsas de patatas fritas.

Se ha abierto la veda del turismo extraterrestre y lo que se lleva ahora, lo cool, lo que mola en el mundo de los millonetis, ya no es tener un yate amarrado en Palm Beach, que eso se ha quedado antiguo y cosa de pobres, sino poseer un prototipo de descapotable supersónico capaz de llevar al empresario de turno, a sus amigotes y al mayordomo a la conquista del firmamento y más allá. Atrás quedan los tiempos en que las grandes superpotencias (USA y la URSS, mayormente) se batían en un duelo histórico por ser los primeros en poner un pie en la Luna o en Marte. Desde las gestas de Yuri Gagarin hasta el transbordador espacial Challenger, pasando por la perrita Laika, el programa Apolo y el gran paso para la humanidad de Armstrong, la conquista del espacio siempre había sido una cosa seria, científica, colosal. Hoy los nuevos ricos, que le quitan la trascendencia a todo con su asquerosa pasta, han convertido la odisea espacial en un gran parque de atracciones para ejecutivos psicópatas, brókeres desalmados, abuelitas millonarias de gatito en brazos, aristócratas, lores y rijosos vejestorios de Wall Street que sueñan con el último polvo de estrellas con la querida ingrávida antes de estirar la pata e irse para el otro barrio.

En realidad, no hay nada nuevo bajo el sol. Desde el Ur neolítico hasta nuestros días, el adinerado que cree haber encontrado la felicidad en la riqueza despierta más pronto que tarde del falso sueño del oro para caer en la cuenta de que no ha creado nada auténtico, de que no se ha labrado una obra sólida para la posteridad más allá de amasar una gran fortuna, de que no ha hecho un bien por este mundo que merezca realmente la pena. Como el pueblo odia al rico por pura lógica dialéctica y por envidia, el poderoso siente que a su muerte no quedará nada de él y su recuerdo se desvanecerá como lágrimas en la lluvia, que decía el magnífico replicante Roy Batty en Blade Runner. Fue gracias a ese deseo de perpetuación que reconcome al millonario como surgieron las grandes empresas de la humanidad, la conquista de América en el siglo XV, el arte del Renacimiento por obra y gracia de los mecenas (los Médici y los Sforza) y las monumentales excavaciones en yacimientos de la Antigüedad financiadas por los diletantes del XIX. Ya en el siglo XX, se dice que Rockefeller donaba el diez por ciento de sus ingresos a obra social, convirtiéndose en el mayor filántropo de la historia, otra leyenda urbana que está por demostrar.

Sin embargo, estos macarras del cosmos con tupé y la cartera repleta de billetes no parece que estén haciendo nada positivo por la especie humana más allá de darse placer a sí mismos y sacar pecho ante sus colegas del club de golf por haber ido a la Luna antes que nadie, como hacían aquellos exploradores de entreguerras que presumían de haber encontrado las fuentes del Nilo y las nieves del Kilimanjaro. Preparémonos por tanto para asistir a una legión de cosmopotentados con mucho tiempo libre, graves problemas de insatisfacción personal y frustración existencial que no saben lo que hacer con su maldito dinero ni dónde tirarlo. Entre los tres pioneros del turismo espacial, los Branson, Bezos y Musk, suman un patrimonio de más de 340.000 millones de dólares, una cantidad que bien repartida podría solucionar buena parte del problema del hambre en el mundo. Lamentablemente para este desgraciado planeta, a ellos les resulta mucho más gratificante huir de la realidad aburrida de los pobres y apestados de aquí abajo y construirse su noria espacial, su montaña rusa ultrapropulsada, su mansión con cohetes como almenas de fuego allá en su Marbella de las alturas.

Los ricos y sus cacharros espaciales

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Pensándolo bien, son como niños que juegan con juguetes caros y que no comprenden nada porque nunca leyeron a Carl Sagan, aquel sabio que describía la Tierra vista desde el espacio exterior como un delicado y diminuto punto azul pálido en medio de la fría, oscura y solitaria inmensidad del Universo. Era la forma que tenía el gran cosmólogo de enseñarnos que debíamos respetar nuestro hogar sencillamente porque no tenemos otro y porque si seguimos por este camino de desequilibrios sociales, guerras, injusticias de todo tipo, crecimiento insostenible y desbocado y dictadura de las cuatro corporaciones privadas en manos de un puñado de dandis excéntricos que viven a costa del hambre de miles de millones de seres humanos, más pronto que tarde terminaremos suicidándonos como especie. Sagan, además de un científico era un místico que hubiera echado de Cabo Cañaveral, a latigazos como un Cristo de la astrofísica, a toda esta ralea o banda de millonarios de casco frágil que despilfarran un manantial de dinero en un ascensor de diez minutos solo para tomarse un gin tonic a cien kilómetros de altitud, colgar un par de fotos estúpidas en Instagram y bajarse de la nave con sonrisa bobalicona, sombrero tejano de vaquero hortera pasado de rosca y el gesto en forma de uve de la victoria con los dedos de la mano, como vulgares influencers.

¿Qué fue de la investigación espacial? ¿Dónde quedó el conocimiento, la ciencia, la búsqueda de las grandes preguntas como quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Acaso el ser humano ha completado una prodigiosa odisea desde Arquímedes hasta nuestros días solo para caer en manos de unos gamberros del botellón espacial o emprendedores del pelotazo galáctico privatizador? Los nuevos mercenarios del turismo cósmico van de filántropos comprometidos, de pioneros de una nueva era de la humanidad, pero en realidad todo eso les importa un bledo con tal de seguir poniéndole ceros a su cuenta de resultados (poco sitio les queda ya en la cartilla). Cualquier día uno de sus cacharros pijos toma tierra en Marte, se abre la cápsula, sale uno de esos frívolos capullos de cabello engominado y rosa ensartada en el ojal del traje de astronauta y le pregunta al primer marciano que pase por allí dónde está el mejor restaurante del lugar para comerse un chuletón imbatible de los de Pedro Sánchez. Y si no al tiempo.

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