La política es algo muy serio como para que los profesionales de la misma lo conviertan en algo histriónico, absurdo y ridículo. De la política dependen demasiadas cosas que son más importantes que el número de escaños o de votos; de la política depende, por ejemplo, el mantenimiento del Estado del Bienestar y que las personas vivan dignamente. Por eso es absolutamente intolerable el espectáculo que se está viviendo en la Comunidad de Madrid con candidatos y candidatas que son cabeza de cartel para las elecciones municipales y autonómicas.

Ejemplos hay muchos más, no hay más que ver el perfil de ciertas personas que ocuparon y ocupan las listas electorales con posibilidades de acceder a un cargo electo o de algunos presidentes y alcaldes.

El primer ejemplo de esta decadencia de la política lo encontramos en la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, quien, teóricamente, representa los valores progresistas y la lucha desde el poder por el bienestar del pueblo. Sin embargo, en un desayuno informativo, Carmena afirmó que los bancos no son los responsables de los desahucios en Madrid. En este caso, la decadencia la hallamos en el abandono de los principios ideológicos fundamentales de quien dice defender a los ciudadanos de su ciudad. Ese comentario lo podríamos entender si hubiera salido de la boca de algún representante del Partido Popular, de Ciudadanos o del PSOE que aún tiene a Felipe González como bandera. Sin embargo, en alguien que fue elegida en 2015 para encabezar una candidatura de progreso heredera, en principio, de las bases ideológicas que propiciaron el 15M, un comentario así es impensable. Pretender quitar responsabilidad a la banca por los desahucios es, precisamente, una irresponsabilidad. ¿Se imaginan a Pablo Iglesias ensalzando a Ana Patricia Botín o a Christine Lagarde? Pues eso es lo que ha hecho Manuela Carmena porque, puede ser cierto que en la actualidad la gran mayoría de los desahucios provienen del impago de las rentas del alquiler. Sin embargo, en el empobrecimiento de las familias también ha tenido mucho que ver la banca por apoyar, en primer lugar, las reformas de austeridad aprobadas por el gobierno de Mariano Rajoy y, en segundo término, por haber permitido un endeudamiento masivo de la ciudadanía durante los años de la burbuja inmobiliaria.

Es absolutamente incomprensible cómo una política que es, en teoría, la paladina del progresismo, puede hacer una defensa cerrada de la banca mientras, por ejemplo, está despidiendo a miles de trabajadores por reajustes de plantilla sin ofrecer ningún tipo de alternativa a esos despidos.

Otro aspecto que muestra la decadencia de la política la hallamos en el histrionismo de algunas candidatas como, por ejemplo, Isabel Díaz Ayuso, cabeza de cartel del Partido Popular para la Comunidad de Madrid. A finales del año pasado ya empezó a apuntar maneras cuando acusó a los movimientos estudiantiles y ciudadanos que habían organizado los referéndums sobre la monarquía de tener detrás a movimientos independentistas y de extrema izquierda.

Las propuestas de Díaz Ayuso han pasado la barrera de lo ridículo para convertirse en absurdas. Quiso demostrar su desacuerdo con Vox respecto a la propuesta del partido de ultraderecha de llevar el desfile del Orgullo Gay a la Casa de Campo y le salió un comentario que rozaba la homofobia. Para atacar las medidas contra la contaminación del Ayuntamiento de Madrid, defendió que en Madrid hubiese atascos porque eso era un hecho diferencial de la ciudad. Ha defendido, por ejemplo, la existencia de los empleos precarios porque hay mucha gente que está deseando tener un trabajo de ese calibre: «Cuando empiezan a hablar de empleo basura me parece que es ofensivo para el que está deseando tener ese empleo basura». Todo ello sin contar cómo demostró tener el poder de la lectura de la mente de los madrileños y madrileñas cuando, a las pocas horas de la debacle electoral de Pablo Casado, afirmó que ya veía indicios de cambio de voto en la gente.

Finalmente, la caída de la política la encontramos en Alcorcón cuando, en la noche de pegada de carteles, hubo un altercado entre militantes del PSOE y del PP en el que estaba, entre otros, David Pérez, alcalde de Alcorcón y número dos en la lista del PP a la Comunidad de Madrid. El hecho ha terminado en denuncias cruzadas contra el alcalde y contra un concejal socialista por agresión.

Sin embargo, este hecho lo que muestra es cómo la política de los últimos años ha provocado una polarización en los ciudadanos que han captado el mensaje de algunos partidos de ver a los demás como enemigos en vez de como legítimos adversarios políticos. Ese fenómeno es muy peligroso porque puede derivar en violencia y un pequeño altercado en la calle entre un grupo pequeño de personas puede terminar en algo más global.

Si los políticos son incapaces de frenar esta decadencia, este histrionismo, esta demagogia y esta violencia, nuestra democracia está en serio peligro porque se estaría preparando el caldo para que llegara un «salvador» que tomara el poder.

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Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".

1 Comentario

  1. Efectivamente es decepcionante la deriva de la política a sitios protegidos por el poder económico. Habrá que votar, aunque dudo un poco del sistema de recuento, a Madrid en Pié en la capital del estado y/o a partidos afines en el resto del país.

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