Érase una vez, un niño muy simpático, llamado Carlos. Carlos vivía en casa junto a sus papás, su abuela Paz, y su hermanita Abril. A Carlos le encantaba jugar con sus amigos del cole, ir al parque y entrenar a fútbol.

Carlos llevaba unos días muy contento, ya que estaba a punto de llegar la primavera, la época del año que más le gustaba. Pero de repente, un día, sus papás le explicaron que, de momento, su colegio estaría cerrado, y no podrían salir a la calle. Le dijeron que era porque el coronoavirus estaba enfermando a muchas personas, y cuidándose en casa, se protegerían de él. Carlos lo entendió, ya que llevaba un tiempo oyendo hablar a los mayores de ese virus, y pensó que pasar tanto tiempo con papá y mamá sería divertido.

Empezó con muchas ganas, cada día leía un poco y hacía sumas. Además, enseñaba a dibujar a Abril, que era más pequeña que él.

Pasaron los días, y empezó a echar de menos salir a la calle. Por otro lado, la abuela estaba algo nerviosa, ya que no entendía el motivo de tener que quedarse encerrados, y a veces gritaba y se enfadaba un poco. De hecho, se parecía un poco a Abril en eso, ya que como era pequeñita, tampoco entendía por qué no salían, y a veces se iba a la puerta de casa a picar y a pedir salir, llorando… Eso a Carlos le apenaba… Pero por suerte, miraba a su papá y a su mamá, y los veía tranquilos. Constantemente les decían a Abril y a Carlos lo afortunados que se sentían de poder estar todos juntos unos días en casa, y por ese motivo, él sabía que todo estaría bien, y que no debía preocuparse.

Una noche, cuando ya estaba en la cama con la luz apagada, empezó a pensar en Abril y en la abuela, y en cómo podía ayudarlas a estar más tranquilas. De repente, escuchó un ruido al final de la habitación, y vio algo parecido a unas chispas o estrellitas pequeñas, que brillaban en la oscuridad. Se sentó inmediatamente, y un poco asustado encendió la luz. Tuvo que frotarse los ojos varias veces para ver que ahí, delante suyo, había un… ¡¡¡¡Un precioso unicornio blanco, mirándole!!!!!

Carlos se quedó de piedra, quietísimo, no sabía qué hacer, no sabía si estaba asustado o feliz por ver un unicornio de verdad, por primera vez en su vida. Entonces, el unicornio, sonriendo, se acercó hacia él, y posó su cabeza rozando las mejillas sonrojadas de Carlos. En ese momento, Carlos cerró sus ojos, sintió una enorme paz, y suavemente acarició al unicornio… Era como acariciar el más suave de los peluches, era como sentir que volaba entre nubes y que el aire rozaba su cuerpo… Era tan esponjoso ese unicornio, y desprendía un olor tan dulce, como a caramelo, que a Carlos se le pasó el miedo, mientras veía que sus dedos resbalaban sobre la larga melena de colores de su nuevo amigo.

El unicornio se agachó para que Carlos montase sobre él. Volando suavemente sobre el suelo, se dirigieron a la cunita de Abril. Ésta abrió los ojos dulcemente, y como si conociese al unicornio de toda la vida, se colgó por su grupa y subió junto a Carlos.

Después, sigilosamente, volaron a la habitación de la abuela. El unicornio, de la misma forma que hizo con Carlos, acarició con su cara sus mejillas, y ésta abrió los ojos y sonrió con la más tierna de las sonrisas.

Una vez estaban los tres sobre él, cómodos como si se tratase de un colchón de seda, el unicornio prendió el vuelo saliendo por el ventanal del balcón. Era de noche, pero había luna llena, por lo que el cielo estaba iluminado y se veían las nubes blancas, como trozos de algodón enormes junto a las brillantes estrellas.

El unicornio empezó a volar bajo la luna. Saltaba de una nube a otra, como si fuesen colchonetas. Carlos sentía el viento en su cara, y no podía dejar de sonreír. Tras él, oía a la abuela reír a carcajadas, como jamás la había escuchado antes, y Abril no dejaba de dar gritos de alegría.

De repente, el unicornio se posó sobre la copa del árbol más alto del pueblo. Se quedaron en silencio, mirando las lucecitas de las casas, las calles vacías, y el cielo brillante. Se podía escuchar un búho lejano, que emitía su canto suave. Entre las ramas, dos ardillas correteaban felices, y un gato dormía a los pies del enorme tronco.

Carlos miró a su abuela. Ella sonreía, con los ojos cerrados, disfrutando del olor de la noche.

Abril, en cambio, tenía sus enormes ojitos abiertos de par en par, como su boca, y miraba fijamente hacia abajo, observando como un conejo escurridizo, salió brincando al ver al gato dormido.

El unicornio miraba hacia la luna. Entonces, de un salto, voló hasta una enorme nube de colores. ¡Carlos no se podía creer lo que estaba viviendo! Cayeron sobre la nube, bajando de su amigo el unicornio, y pegando saltos gigantes de un lado a otro. ¡La abuela también saltaba!

Ilustrado por Garabatos de Noche.

De repente, entre los colores rojo y morado, aparecieron cuatro unicornios más, ¡cada uno de un color diferente! Felices, se pusieron a brincar y a hacer piruetas junto a Carlos, Abril, y la abuela. Saltaban, hacían volteretas, se tiraban de cabeza al colorido algodón, y reían, ¡reían muchísimo!

Carlos se sentía extremadamente feliz. Además, ver a su abuela botar de un lado a otro, con esa agilidad, era divertidísimo. Abril hacía rato que había perdido el chupete, y no le importaba. Aquella aventura era realmente… ¡Fascinante!

Carlos se estiró boca arriba sobre la nube de colores, miró al cielo y se quedó observando fijamente las estrellas. Su amigo el unicornio se acercó a él, clavando su mirada en sus ojos, regalándole una mágica sensación de calma. Carlos se durmió con la sonrisa en los labios.

Tras un largo descanso, despertó en su cama. Por un momento se sintió triste, ya que creyó que todo aquello había sido un sueño. Ya era de día, el sol sonreía entre las cortinas. Se sentó en la cama y notó algo raro. Ahí, entre sus dedos, tenía cabello de colores enredado. Era del unicornio… Se asomó al pasillo y vio a su abuela dando saltitos como si de una niña se tratase. Entonces oyó a su madre preguntar:

-¿Alguien ha visto el chupete de Abril? No lo encuentro por ningún lado.

Carlos sonrió de nuevo. ¡No había sido un sueño!

Desde entonces, cada noche, durante el confinamiento, su amigo el unicornio se los llevó, a los tres, de aventuras por el cielo.

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