El presidente Alberto Fernández saluda a Menem, a quien despidió con todos los honores, como si se tratara de un prócer.


La Argentina había dejado atrás la noche más oscura de su historia: la sangrienta dictadura cívico-militar-clerical.

 La primavera democrática había comenzado con el gobierno de Raúl Alfonsín a finales de 1983,

 El juicio a los comandantes del genocidio en 1985 abrió nuevos caminos en busca de la paz, la justicia y la libertad.    

 Pero  la presión de los militares estremeció al gobierno y dos años después del histórico juicio, la política de derechos humanos sufrió un duro golpe con las leyes de punto final y obediencia debida, una suerte de amnistías encubiertas.      

 Alentados por semejante retroceso, la derecha y los nostálgicos de la dictadura abrieron un nuevo camino para avanzar en sus objetivos.

 Esta vez no llamaron a las puertas de los cuarteles para derribar un gobierno. El golpe de mercado fue el que provocó la caída de Alfonsín dos años antes de la finalización de su mandato.  

 Fue en ese momento cuando apareció en escena Carlos Menem, un político sin escrúpulos que usó las peores armas para gobernar al amparo de los peores enemigos de la democracia.

 Las relaciones carnales con los Estados Unidos, la entrega de la política económica a la banca mundial, la privatización de las empresas estatales, el desempleo,  la destrucción del tejido social que condujo al empobrecimiento de millones de personas, la gigantesca corrupción de un gobierno de bandidos, el tráfico de armas, el involucramiento del país en conflictos internacionales como la guerra del golfo y el indulto a los comandantes del genocidio, cerraron la década infame que lo tuvo a Menem como símbolo de la degradación política montado en un neoliberalismo a ultranza.

 Sin embargo, la amnesia voluntaria que ha invadido la memoria de buena parte de la sociedad argentina, comenzando por el gobierno del presidente Alberto y Cristina Fernández, despidieron a Menem con todos los honores como si se tratara de un prócer que merece el bronce.

 Mal que nos pese, la Argentina acaba de legalizar la impunidad de aquellos gobernantes que desde la función pública cometan todo tipo de delitos, incluso los más aberrantes como los que cometió Menem.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre