El escritor Carlos Castán. Foto: Asís G. Ayerbe.

Con los relatos de Carlos Castán (Barcelona, 1960) ocurre eso que tanto ansían los escritores y añoran los buenos lectores: no quieres que nunca acaben, que nunca lleguen al final a vuelta de página. Es tan conmovedora su cadencia, tan elegante su estilo, tan selectivos sus silencios, tan certero su verbo sin caer nunca ni de lejos en la pedantería o la sobreactuación, que todo se vuelve muy fácil, un verdadero placer para los sentidos y la emoción pura. Por ello, que Juan Casamayor y los suyos de Páginas de Espuma hayan decidido rescatar en un solo volumen sus cuatro libros de cuentos, hoy por hoy casi inencontrables, es un motivo de celebración colectiva sobre un escritor sublime que se prodiga con una anárquica periodicidad mientras busca refugio en sus clases de filosofía en un instituto público de Madrid.

La nostalgia de la literatura de Castán se traduce en celebración de momentos, de situaciones concretas prácticamente imperceptibles, tan etéreas como estremecedoras que dejan todas ellas un agradable regusto en el lector

Para añadir la guinda al pastel, el escritor de origen altoaragonés pero residente en Madrid desde hace años ha escrito un texto a modo de presentación de los relatos rescatados bajo el título De un tiempo de tormentas, una joya más en sí, donde recuerda sus orígenes como apasionado lector y focaliza la semilla germinal que inoculó en su juventud para ser el magnífico escritor que es hoy por hoy después de algunas décadas transcurridas desde entonces. Habla, en definitiva, de “la forja de unos referentes que nada tenían que ver con el hombre de acción sino con la nostalgia del paseante solitario, los cafés, las mil y unas formas de destierro, la estética de la derrota”. Una derrota, en definitiva, que es, sorprendentemente, un triunfo. La victoria de la literatura frente al olvido, contra el paso del tiempo implacable que todo lo pisotea sin dejar rastro a los que vienen detrás. Por ello, la nostalgia de la literatura de Castán se traduce en sus textos en celebración de momentos, de situaciones concretas prácticamente imperceptibles, tan etéreas como estremecedoras que dejan todas ellas un agradable regusto. Gracias a su relatos, plasma multitud de emociones diversas a modo de notario que registra negro sobre blanco esos lugares comunes que no por recurrentemente visitados dejan de sorprendernos una y otra vez cuando están bien contados literariamente.

Siendo un veinteañero, publicó en 1997 su primer libro de historias, Frío de vivir, al que siguieron los memorables Museo de la soledad (2000 y 2007) y Sólo de lo perdido (2008). En 2012 publicó el relato largo a modo de ‘nouvelle’ Polvo en el neón. Todos ellos son ahora reunidos por primera vez en este volumen de Cuentos por Páginas de Espuma. Sus fieles seguidores se preguntan, una vez más, cuándo regalará una nueva entrega de su arte como contador de pequeñas grandes historias.

Mecha creadora

Castán posee un admirable control del ritmo narrativo. A veces parece que no arranca nunca la historia en una especie de cadencia proustiana, pero de pronto pisa el acelerador y nos hace cómplices de un discurrir endiablado hacia sus oquedades y soledades varias. Es ahí donde el autor encuentra su paraíso como escritor, y también el lugar en el que lector se rinde como cómplice de ese pellizco en el estómago y la piel erizada que deja la literatura de Castán tras de sí.

A ese tiempo de tormentas que nos remite Castán en su presentación de estos relatos debemos dirigirnos si deseamos hallar al escritor que ansía llegar al límite de sus posibilidades existenciales para que la literatura finalmente brote a borbotones. La mecha creadora debe prender de algún suceso catártico, y evidentemente el escritor reconoce en estas líneas que lo tuvo. La muerte en accidente de su querido hermano lo precipitó todo. “Necesitaba creer que vivir podía ser algo más que defenderse de la vida”, reconoce. Todos aquellos que necesitamos que siga brotando su arte, deseamos que ojalá esté en estos momentos macerando su próximas historias. Los amantes de la buena literatura se lo agradecerán sin duda.

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