En un trigal hermosamente verde, había aparecido un cardo entre las despuntantes espigas que apretaban los sépalos a punto de estallar. Del mismo color que el trigo, al campesino, creador del hermoso sembrado y novicio en las artes de la agricultura, le pasó desapercibido.

Pasaban las semanas. Las espigas primero incipientes, después hermosas y más tarde preñadas de lechosos granos de trigo a punto de reventar, tornaban poco a poco su hermoso color verde oscuro. Primero a verde claro, más tarde a amarillo y ahora blanquecino. Mientras, el cardo también había despertado emergiendo de su cumbre un hermoso capullo de vivos colores rojos y amarillos. El campesino entonces se dio cuenta de que el cardo no era trigo. Pero pensó que la viva flor rojigualda, rompía la monotonía del color pardo que cubría el resto del sembrado en una estampa pintoresca. Llegó la cosecha y en plena siega, el campesino comprobó que el inofensivo cardo no lo era tanto, al sufrir un intenso dolor producto de las púas del abrojo, cuando intentaba asir con una mano la brazada que segaría con la otra.

La cosa no fue a más y el grano de la cosecha del trigal, junto con los restos del cardo, acabó en la troje.

Al año siguiente, durante la siembra, una decena de semillas del cardo, se colaron entre los granos del trigo de sementera. Llegada la primavera nuevamente el trigo exponía todo su verdoso fulgor. Entre el cereal, habían emergido, de nuevo, y camufladas, nuevas plantas de cardo que crecían aún con más vehemencia que la del año anterior. Nuevamente el joven e inexperto agricultor, no fue capaz de ver el señero entre la multitud. En los últimos días de la primavera, cuando el trigo, de nuevo, se vuelve pardo y el viento mece las espigas convirtiendo los campos secos en olas marinas de cereal, media docena de cardos ofrecían al sol su rojigualda flor alegrando la vista de los cada vez más numerosos extraños que convertían los sembrados en un lugar de recreo. Llegado el momento de la siega, el bisoño campesino, tuvo la idea de deshacerse antes de las flores de los cardos, para evitar la propagación de la semilla. Pero los cardos, ya habían madurado y el viento había esparcido su simiente por doquier.

En la tercera cosecha, las flores rojigualdas completaban toda la visión del campo de cereal. Sus vivos colores destacaban, a pesar de que las espigas de trigo multiplicaban por diez el número de flores de cardo, sobre las pardas olas que el viento mecía. El pobre agricultor, que aunque si se había dado cuenta de su nacimiento entre el cereal a tiempo, no podía hacer nada por la cantidad de cardos que ocupaban ya el sembrado, decidió usar herbicida contra los abrojos. Pero los foráneos paseantes que deambulaban por el labrantío en busca de una foto que subir al instagram o que compartir en Twitter, pusieron el grito en el cielo. Los cardos, según ellos, no hacían daño a nadie y alegraban la vista a los turistas. Eso era bueno, según ellos, porque atraería más gente al pueblo. Pero el joven labriego no estaba de acuerdo. Los cardos, disminuían considerablemente su cosecha de cereal, ensuciaban la cilla y atraían roedores, y lo que era peor, engolosinaban multitudes provocando que el lugar, dónde antes dominaba la tranquilidad, ahora subyugara el bullicio. Multitudes extrañas que derrochaban agua y contaminaban los montes. Que destrozaban con sus vehículos de cuatro ruedas caminos y barrancos promoviendo la erosión y el destrozo de los sembrados. Que querían vivir la tranquilidad del campo, trayendo el bullicio, el egoísmo y la intranquilidad a los nativos. Que ponían denuncias porque los gallos cantaban al amanecer y se quejaban porque el ruido del tractor no les dejaba descansar durante la siesta. Que convertían las noches de paz y sosiego en fiesta, algarabía e insomnio.

Las autoridades y los nuevos vecinos, que ahora eran mayoría, impidieron al pobre Liberto, el joven agricultor, utilizar herbicida contra los cardos. Y proclamaban su admiración ante la, según ellos, inocente y colorida estampa campestre durante su floración.

Pero los cardos cada vez crecían en mayor número, agostando el cereal e invadiendo huertos y campos de cultivo. En una década, el cultivo de cereal había desaparecido, los plásticos y otros residuos contaminaban la mayor parte del suelo, los manantiales se agotaban y los agricultores habían sido obligados a renunciar a su oficio.


Cardos letales

En nombre de dios, se han cometido a lo largo de la historia de la humanidad, abusos, violencia sin fin y genocidios humanos. Aun hoy encontramos grupos culturales en los que, en nombre de su dios, asesinan a quién osa contradecirles, persiguen y matan a personas porque aman a otras de su mismo sexo e incluso son capaces de rociar con ácido a seres humanos por ser del sexo femenino y querer ir a la escuela a aprender.

Aunque en el mal llamado primer mundo cada vez es más raro este tipo de comportamientos tengan su excusa en dios, salvo en ese país medieval gobernado por sátrapas que le vende petróleo a medio mundo y que ha llenado de comisiones multimillonarias las cuentas suizas de alguno de los mayores cínicos de la España coyuntural, hoy, esa forma de actuar sigue estando totalmente operativa. Pero ahora dios ya no es el subterfugio. Ahora ese comportamiento excluyente, violento, vejatorio y anti-humano se cubre bajo el manto de la democracia que todo lo puede. Todo lo hacen en nombre de la libertad individual.

Mientras los verdaderos demócratas no nos oponemos a las creencias de nadie, siempre que estas no intenten convertirnos obligatoriamente o se lleven en exclusividad los fondos de nuestros impuestos, los que dicen hacer las cosas en nombre de todos nosotros, sin consultarnos por supuesto, y en defensa de una presunta libertad, se dedican a establecer, insisto en nombre de todos nosotros, qué pensamientos, creencias o comportamientos son correctos y cuales deben de ser erradicados.

En libertad, a nadie se le obliga a amar a otra persona de su mismo sexo. A nadie se le obliga a casarse con quién no quiere. A nadie se le obliga a no creer en dios. A nadie se le obliga a divorciarse si ambos miembros de la pareja ansían seguir juntos o, aun no queriendo, desean que su matrimonio no sea disuelto. Sin embargo, estos cenutrios salvadores que dicen hablar en nombre de todos, que dicen ser patriotas mientras evaden impuestos, tienen cuentas en paraísos fiscales para evitar la mano del fisco o se dedican a expoliar, a través de la corrupción, los cohechos y el latrocinio el patrimonio de todos, insisten en expulsar de la sociedad a homosexuales, ateos, rojos, migrantes y a cualquier otro grupo social que no sea de su gusto o que pueda provocar colapso en el sistema bajo el que se mueven como pez en el agua.

Todo lo pervierten. Confunden la libertad de educar con inculcar obligatoriamente sus creencias absurdas. Educar no es ir a la escuela. A la escuela se va a aprender conocimientos empíricos y científicos, no a que los maestros hagan el trabajo que deberían hacer los padres y que, como en este caso en Murcia, en el que los progenitores se dedican a tomar cañas en la terraza del bar mientras sus hijos desmontan adoquín a adoquín, un paseo público para jugar, sin que los que deben inculcar valores reprochen su comportamiento incívico a sus retoños. El derecho recogido en el artículo 27.3 de la Constitución sobre la libertad de los padres para elegir la educación que quieren para sus hijos, no tiene nada que ver con el tipo de financiación del centro que elijan para que sus pimpollos acudan a aprender historia, geografía, matemáticas o lengua. Y confunden esa libertad con el hecho de que para adoctrinar a sus hijos en escuelas privadas, tengamos que pagar todos y por obligación, sus caprichos, con el dinero de los impuestos a los que ellos no contribuyen como debieran.  Estos cafres, insisten en que el gobierno discrimina a sus hijos cuando niega dinero público a unos centros privados que se sostienen con fondos públicos pero que en ningún caso, eso les convierte en educación pública. En la escuela pública, los maestros son elegidos mediante oposición. En la privada a través del amiguismo. En la pública, la libertad de cátedra es un hecho. En la privada, muchas veces vemos como son despedidos profesores por tener un comportamiento en la vida privada que los dueños del colegio estiman como contrario a sus intereses. ¡Como para tener libertad para enseñar empíricamente y sin dogmas preestablecidos!

Confunden, adrede y por interés, lo público con lo privado cuando les interesa. Los beneficios siempre son exclusivos de lo particular mientras que insisten en nacionalizar las pérdidas. Cuando el decano de la prensa fascista, ese periódico que sacaba titulares que ocupaban toda la portada con loas a Hitler y a Franco, comunica a sus cada vez más escasos clientes que “Podemos y PSOE aprovechan la Comisión de la reconstrucción, para maniatar a las empresas rescatadas” lo que están haciendo es manipulando y pervirtiendo la información. Porque lo que el gobierno de la nación quiere es que, aquellas empresas que se acojan al dinero público, lo usen para salir del bache y no para desviarlo a sus accionistas repartiendo dividendos, que por si usted, querido lector, no lo sabe, disminuyen las ganancias en la cuenta de resultados y por tanto la cantidad que deben pagar en impuestos. Es decir, lo que el gobierno, con buen criterio, quiere, es que el dinero PUBLICO utilizado en el rescate se use para hacer viable la continuidad de la empresa y no para que se lo repartan los dueños.

Estos comportamientos de un grupo minoritario pero muy escandaloso en el que se establece quién es digno de ser español, quién digno de vivir en la comunidad o quién debe ser aniquilado por no prestarse al común de la generalidad, es fascismo puro. Y el fascismo es una lacra social que no solo no vela por las libertades y la democracia, sino que pretende justamente lo contrario, subyugar a todos a un comportamiento social minoritario y excluyente que, como no, defiende los intereses de unos pocos privilegiados frente a la generalidad humana.

Cuando ese grupo de bergantes que se hacen llamar abogados cristianos, usan torticeramente los juzgados con querellas insultantes, no lo hacen por defender a los católicos, porque de ser así, deberían haber interpuesto cientos de demandas por pederastia contra miembros de la iglesia católica. Lo hacen con intención de amedrentar para que los que nos oponemos a este sistema inhumano, indecente, cínico, corrupto y procaz, dejemos de ser una remota posibilidad de tumbar el estatus quo.

Cuando los energúmenos fascistas del partido de la COZ y el logo del moco verde fletan un autobús para acudir a uno de sus esperpentos espectáculos en Euskadi, no lo hacen para explicar su programa (que no tienen) y que así les voten, sino para salir en todas las televisiones de esta España capciosa, cínica y torticera y recoger futuros frutos entre los trigales de la ignorancia, la mediocridad y la estulticia. Cuando se inventan pedradas y partes médicos están defendiendo su homofobia, su racismo,… En definitiva a los que, como ellos, viven de los impuestos mientras ejercen lo que llaman ingeniería financiera para no pagarlos.

Cuando la prensa subvencionada utiliza sus editoriales para cargar contra el gobierno, cuando ese locutor con su monótono discurso sancirole hackea la noticia que está dando en su catecismo diario que se emite en ese grupo empresarial que eleva las cloacas y a sus basureros a la cualidad de eminencia, lo que están haciendo es impedir que veamos a los cardos como lo que son, blanqueando el fascismo y con ello, asegurando no haya ninguna posibilidad de tumbar el status quo que le paga.

Por último, y para colmo, es indignante para este demócrata que personajes que se supone están a años luz de la mayor parte de la pandemia política del estado, como el Lehendakari Urkullu, que mientras no ha estado nunca a la altura de lo que de él se debiera esperar en casos tan dolorosos como los de Alberto y Joaquin, que siguen enterrados bajo cientos de toneladas de basura, sin embargo sea tan “comprensivo” con quiénes se inventan pedradas, van a Euskadi a montar circo y con quienes, si llegaran al poder, acabarían con la libertad de todos nosotros y con la institución de la que él es el máximo exponente.

A los fascistas, como a los vistosos cardos rojigualdas, no se les puede dar cancha porque aunque parezcan vistosos y a veces variopintos, son un cáncer social que ramifica su metástasis agotando la paz y la tranquilidad social, llenando el entorno de toxicidad, anulando vidas y proyectos de futuro.

A lo largo de la historia de la humanidad, los avances sociales, culturales e intelectuales son consecuencia de mentes libertarias que se enfrentaron a la cerrazón, el fanatismo, los intereses creados y la sin razón. Si hubiéramos seguido los principios excluyentes, xenófobos, cerriles y obtusos, aún estaríamos comiendo hojas y frutos en las copas de los árboles.

Al fascismo no se le discute, ni se le da cancha, se le combate.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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