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                                                        Gozo al ver salir a alguien de la cárcel”

                                                                                             Eduardo Haro Tecglen

En este país nuestro siempre hubo un motivo, una época que, comparándola con la presente, nos dimos por satisfechos. Un refrán muy nuestro nos recuerda: “el que no se conforma es porque no quiere”. Visto así, no habría más remedio que aplaudir los cuarenta años de sosiego, donde un sistema, en principio, emparentado con la Dictadura, se niegue aceptar “el reemplazado de lo viejo por lo nuevo”. No obstante, convendría recordar que también con Franco tuvimos 25 años de paz. Y que todavía persisten los encarcelamientos, las injusticias y el utilizar la coerción para conseguir derrotar a los que se entienden como enemigos, a someter voluntades, aunque estas sean legítimas. Pero, queremos hablar de otros tiempos, de los malos tiempos de un franquismo que arraigaba su infamia y arrastraba a la marginación aquella parte de la sociedad derrotada. Tiempos de mujeres enlutadas que cerraban sus puertas mordiendo sus lágrimas y la rabia interior. Represión y cárcel. Había familias, había mujeres que vivían soportando la doble pena, durante estos largos años de miedo y de “silencio”. Ni que decir tiene que la sociedad andaluza atenazada por el miedo llegó a sentirse culpable de su propia desgracia.

De esta forma la represión conseguía, mediante el terror, anular toda posibilidad de respuesta social. Las noticias sobre el familiar huido, exiliado o encarcelado eran un problema tristemente añadido para los parientes más allegados. La mayoría social andaluza era analfabeta y esto se acentuaba con notoriedad entre las mujeres. Así, que eran las mujeres de los presos políticos las que tenían que buscar de entre los vecinos de confianza alguien que, al menos, leyera y escribiera al hermano o marido encarcelado. Penal del Puerto de Santa María, remite y contenido de las cartas cambiaban poco en la regularizada correspondencia, revisada por el carcelero de turno. Era lo normal que se preguntara por los niños, los hermanos, los buenos vecinos, la cosecha, incluso por los animales y por la tierra. Lo incluido en los mensajes de los reclusos no debía ser diferente unos de otros, si exceptuamos al penado jornalero de exiguos recursos, que era frecuente en la colectividad andaluza. Sin embargo la vida íntima privada o comunitaria, de la que carecían los encarcelados, bullía en aquella garabateada comunicación.

Comparto asimismo, con Haro Tecglen, algo tan sencillo como lo siguiente: “Todos los presos son políticos. Sobre todo, los comunes: la gente que roba pan o manzanas o bancos hace su lucha de clases, defiende su hambre impuesta”. Bien mirado, no quedaba lejos de aquellos tiempos de represión carcelaria, el origen de un problema que entendemos una lucha política y social. Lucha democrática primero en las urnas y lucha en las trincheras de los que aspiraban quitarse el “hambre impuesta”, como una maldición de siglos. En definitiva, lucha de clases para defender una “República democrática de trabajadores de toda clase”, como decía el artículo primero de la Constitución de 1.931. Este fue, para la mayoría de los presos, el único delito. No obstante, los prisioneros compartieron celda con los intelectuales más diversos, esto les valió para iniciarse en unos conocimientos de los que habían carecido durante toda su vida, en su lugar de origen. Se dice que nunca hubo tantos alcaldes de izquierdas que apenas sabían leer ni escribir, aunque la ideología y la política fueron su forma de conocimiento. La II República no duró el tiempo suficiente para que se produjera la alfabetización pretendida. En el tiempo de posguerra, la pena de la ausencia y la falta de libertad la soportaba, sobre todo, la clase derrotada, pero el hambre se repartía por igual entre los miembros de la misma clase social que lucharon unos contra otros.

Además de los represaliados en cada momento, y hemos tenido muchos, nuestra historia está cuajada de reclusos que, al correr del tiempo, el poder dominante no dudó en tratar como ilustres. La no olvidada frase “decíamos ayer”, años más tarde, tuvo que ser utilizada por políticos, religiosos, escritores, poetas, hombres de ciencia, artistas o miembros de la farándula titiritera. Puede que todos los países sean casi iguales, pero, en este país nuestro, pasó por la cárcel hombres tan significativos en nuestra cultura como Fray Luis de León, Cervantes o Miguel Hernández. Otros murieron lejos de su tierra como Francisco de Goya, Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado, y la lista sería interminable. No conforta que Jean Genet escribiera parte de su obra como recluso, ni el mismo Oscar Wilde su “Balada de la cárcel de Reading”. La cárcel tiene escasa justificación para hombres distantes en sus planteamientos éticos y menos aún en lo estético, como podríamos citar. Sin duda, la humanidad tendrá en su día que meditar sobre lo perdido en las cárceles, entre los presos o en las celdas de castigo. Diez años en las prisiones de la Italia fascista pasó Antonio Gramsci, incluso pudo escribir encarcelado los “Cuadernos de la cárcel”. No es de ilusos estar contra las prisiones, “en caso de dudas, en favor del reo”, se decía. La filosofía de la Ilustración defendía la “bondad” del hombre y Rousseau supo fortalecer nuestro sentimiento hacia el “buen salvaje”. Menos aún habría que compartir una maldad social por naturaleza, en la que el hombre es “un lobo para el hombre”, que argumentaba Hobbes. Principio del poder absoluto. Falla la reflexión, si se hizo alguna vez, porque algo tendrá que decir la sociedad y, sobre todo, mucho tiene que decir el Estado.

En la actualidad occidental todo aparece regulado y garantizado por las leyes. Estado de derecho, legalidad formal y democracia representativa. Pese a todo, cada encarcelado, cada barrote, cada muro, cada celda de castigo, cada patio con juegos y cada visita con fiestas y felicitaciones oficiales profundizan una herida social. Prisiones de primer, segundo o tercer grado reflejan el fracaso de la sociedad que la sustenta. Ningún pueblo puede estar orgulloso de privar de libertad a parte de sus miembros. Ni lo estaba en otras épocas, ni lo está en esta amparado por unas leyes que para nada sirven a los que carecen de todo lo necesario para vivir. La reclusión denigra, humilla y envilece a inocentes y culpables encarcelados. Además, la visión del delito puede cambiar con el tiempo. Todos los países tienen cárceles, los de régimen dictatorial y los garantistas constitucionales. Aquí, en este país nuestro, la cárcel, salvo excepciones, siempre tuvo el color de la miseria, de la desesperanza. Buscar la seguridad recluyendo a los sospechosos, la tranquilidad social aumentando las penas no parece tener sentido de progreso. Una sociedad verdaderamente sana tendría que plantearse un futuro sin cuerpos represivos, ni cárceles, aunque se lo proponga a largo plazo. En la actualidad está quedando en entredicho el valor de la justicia social, de la equidad. Victoria Kent, destacada política de la II República, fue la responsable de una experiencia penitenciaria a partir de 1.931. Designada Directora General de Prisiones se quejaba de que hubiera personas privadas de libertad, ella consiguió que el recinto carcelario se humanizara, modernizara, que tuviera más limpieza, más medios para la cultura y se apartaran de las celdas de castigo las cadenas y los grilletes. Decía Victoria Kent que “…una vez que hemos encarcelado al hombre, tenemos que trabajar contra la prisión; lo que quiere decir, proteger al prisionero contra la prisión”.   

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