Jair Bolsonaro no oculta sus verdaderas intenciones ni sus planes económicos avanzados para explotar el Amazonas. Sus proyectos políticos no hablan de ecología ni de protección del mayor pulmón verde del planeta sino de un desarrollismo desbocado repleto de puentes, explotaciones mineras, carreteras y empresas multinacionales agrícolas y ganaderas. Además de un premeditado plan para acabar con las minorías étnicas y tribus amazónicas, auténticas guardianas custodias del paraíso amazónico. Según la Plataforma OpenDemocracy, existe un informe detallado que pone al descubierto los auténticos propósitos del líder ultraderechista brasileño.

El macroproyecto de Bolsonaro se conoce como Calha Norte (Canal Norte) y contempla la construcción de la hidroeléctrica del río Trombetas, el puente de Óbidos sobre el río Amazonas y la implementación de la carretera BR 163 hasta la frontera con Surinam, según consta en un PowerPoint del Gobierno de Brasilia al que ha tenido acceso OpenDemocracy. En uno de los capítulos de ese informe se apuesta además por redefinir los paradigmas del indigenismo y el ambientalismo a través de las lentes del “liberalismo conservador”.

Según el informe, el plan prevé crear “infraestructuras estratégicas para la defensa de la frontera norte del país”. Cabe recordar que Calha Norte es una vieja idea que ya fue lanzada en el año 1985, durante el Gobierno de José Sarney, y con las presiones de Estados Unidos de América. En aquella ocasión la justificación del proyecto fue la fuerte presencia de militares cubanos en Surinam, así como las guerrillas colombianas, del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), lo que constituía una hipotética “amenaza comunista” para Brasil. Sin embargo, tras el pretexto de la defensa estratégica del país no había más que un claro interés económico: entrar “a saco” en el Amazonia para explotarla y exprimir sus preciados recursos naturales.

Calha Norte contempla recuperar aquel proyecto del Ejército brasileño de los años 80, en plena Guerra Fría, que pretendía urbanizar un territorio de 1,5 millones de kilómetros cuadrados a lo largo de ocho estados –Acre, Amapá, Amazonas, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Pará, Rondônia y Roraima–, un área más grande que todo el territorio de Perú o la mitad de Argentina o todo Irán. El plan se llevaría a cabo mediante la liberación de territorio, ganando espacio a la selva, talando árboles y llenando de hormigón unos de los espacios protegidos con mayor biodiversidad del planeta. En definitiva, esquilmando el patrimonio verde de la humanidad. Bolsonaro ya se lo ha dicho claro a la comunidad internacional: “Ustedes se desarrollaron desforestando y contaminando; ahora nosotros queremos tener la misma oportunidad”.

Organizaciones ecologistas como Greenpeace o Fondo Mundial para la Naturaleza  han alertado de que implementar tales “proyectos depredadores” tendrá un impacto ambiental devastador, no solo para aquella zona virgen de Brasil sino para el resto del mundo, ya que del frágil equilibrio del Amazonas depende en buena medida el calentamiento global.

De momento la demolición ya ha comenzado. Brasil ha registrado 72.000 incendios solo este año, la mitad de los cuales se produjeron en el Amazonas. Tal número de fuegos ha arrasado más de 20.000 hectáreas en solo unos días. Datos obtenidos por satélites demuestran un aumento del 84% en el número de siniestros respecto al mismo período de 2018. Todo apunta a una violenta campaña puesta en marcha por poderosos grupos sociales y financieros de apoyo a Bolsonaro y lobis de presión embarcados en la loca aventura del urbanismo predatorio para el Amazonas propuesta por el polémico presidente ultra. Los ecologistas ya han visto la mano negra de la industria maderera y de las compañías agrícolas y ganaderas empeñadas en abrir pastos donde ahora todavía hay frondosos bosques tropicales.

De ahí que Bolsonaro haya declarado la guerra a las oenegés, consciente de que para llevar a cabo sus maquiavélicos planes económicos necesita ganar la batalla de la opinión pública en su país. En el informe del Gobierno brasileño se alerta sobre el peligro que corre “la soberanía nacional en la Cuenca Amazónica” debido a la “opresión psicológica” internacional y al supuesto “colonialismo” de las potencias extranjeras. Pura retórica vacía que trata de esconder el auténtico y siniestro motivo del plan Calha Norte-Triple A: un inmenso pelotazo urbanístico a costa de destruir el gran pulmón del planeta.

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