Pocas voces hay más reputadas que la de Najat El Hachmi –de origen marroquí y residente en Cataluña desde que sus padres emigraron cuando ella tenía ocho años– para reflexionar sobre feminismo y la igualdad, entroncados con las diferentes identidades culturales y étnicas. Su trabajo Siempre han hablado por nosotras (Destino) es un arriesgado, valiente y definitivo ensayo-manifiesto sobre el feminismo de hoy mismo y las incontables trampas que encuentra en el camino de su implantación para lograr una igualdad real, que se aleja aún más si cabe cuando se trata de abordarla desde otros colectivos como el musulmán.

 

Ha decidido hablar claro y sin tapujos de feminismo en Siempre han hablado por nosotras. Desde el mismo título, no se corta un pelo en las páginas de este manifiesto. ¿Busca prioritariamente la sororidad entre sensibilidades feministas o apuesta más bien por la concienciación de sectores más proclives al machismo imperante?

Busco poner el foco en la situación actual, alertar sobre lo que está pasando con las mujeres musulmanas españolas, que están sufriendo el racismo y el machismo pero también toda una serie de discursos que las quieren convencer de que no es machismo lo que sí lo es. Hay una sofisticación que hace complicado desmontar todas estas falacias. Si no podemos siquiera identificar la discriminación que sufrimos porque nos la niegan, va a ser muy difícil combatirla.

 

Con la que está cayendo, ¿hay que ser una valiente o una inconsciente en los tiempos que corren para enarbolar los principios básicos del feminismo sin sentirse atemorizada por los incesantes coletazos del patriarcado herido de muerte?

Tengo mucha conciencia de lo que significa el patriarcado. Crecí en un entorno muy patriarcal, con un padre autoritario y violento, he vivido de una forma muy directa lo que supone el enfrentamiento con ese orden. Y sí, hay que hacer de tripas corazón para seguir a pesar de todo lo que comporta ese camino pero a estas alturas yo tengo el privilegio de poder hacerlo, de poder hablar y escribir sobre el tema. Muchas otras no se lo pueden permitir si no quieren pagar un precio muy elevado. Si hablo por alguien, es por ellas, por las que no pueden hacerlo. Por otro lado, sin romper la ley del silencio es imposible cambiar nada, callarnos es una rendición que tiene consecuencias terribles a largo plazo, peores que las que supone hablar.

“El racismo existe en todas partes, pero no podemos comparar lo que viven en EEUU los afroamericanos con lo que sucede con los musulmanes aquí”

 

Empecemos por el principio: ¿Por qué tanto empeño de algunas corrientes ideológicas e ideologizadas por ponerle apellidos al feminismo?

No termino de entenderlo, será que la simple demanda de igualdad y dignidad de las mujeres no basta, será que estamos de acuerdo en el objetivo final pero no en las vías para alcanzarlos, será también que hay una ofensiva contra el feminismo. Ya pasó antes, con la ola de los años 70, por ejemplo. Después de unas movilizaciones históricas por los derechos y libertades individuales, de la revolución sexual, vino el feminismo de la diferencia a ponernos en valor la feminidad, etc. Y una época en la que se había conseguido todo porque se había alcanzado, al menos en España, la igualdad legal. Yo creo que cada vez que el feminismo tiene un momento álgido aparecen distintas formas de atacarlo. Ahora se le acusa, por ejemplo, de ser transfóbico, racista y colonialista. De allí que algunos sectores sientan la necesidad de ponerle apellidos al feminismo para matizar sus posturas pero siempre estamos hablando del mismo objetivo. También hay una disputa por la representatividad que me parece secundaria. Mi principal problema como mujer no está en la representación, sigue siendo el machismo. Y se habla de feminismo hegemónico cuando lo hegemónico es el patriarcado. Si el feminismo fuera hegemónico ya no habría feminismo, la lucha no tendría sentido ya. Con todo esto lo que pasa es que estamos focalizando la atención en quién y qué feminismo mientras dejamos de hablar de machismo. Esa disputa por poner apellidos al movimiento me parece algo muy secundario comparado con la reacción patriarcal.

“Si el feminismo fuera hegemónico ya no habría feminismo, la lucha no tendría sentido ya”

 

Usted lo define perfectamente con cinco palabras al inicio de su libro: “Si digo feminismo digo libertad”. ¿Por qué es tan difícil de entender, incluso por muchas mujeres que enarbolan la bandera de la igualdad ocultando incluso los principios del feminismo?

No lo sé, quizás porque no se ha explicado bien lo que es el feminismo, no hay una educación feminista y se han difundido muchas falsedades sobre el movimiento. Mujeres que disfrutan de unas libertades y unos derechos que sus abuelas no podían ni imaginar reniegan del feminismo porque no son conscientes de que lo que tienen no es fruto de un orden natural, es algo por lo que se ha tenido que luchar mucho y las pioneras pagaron precios muy altos. Por eso no podemos decir que el feminismo sea hegemónico. Mientras no haya una educación en feminismo desde muy pronto, que sea un valor fundamental transmitido sin reparos en las escuelas, seguiremos teniendo desinformación y mala imagen del feminismo.

 

En su libro se hace una pregunta interesantísima que merece una respuesta, porque hay mucho y mucha despistada por ahí que confunde churras con merinas. “¿En qué momento el debate feminista pasó de centrarse en los mecanismos de discriminación, de señalarlos y denunciarlos, a ser una disputa por la representatividad?”.

Pues no sé en qué momento se produjo ese cambio. Yo lo he vivido en Barcelona en los últimos años. De repente asistes a charlas sobre feminismo y el tema central es que si tu feminismo no me representa, que si la mujer blanca es la culpable de todos los males del mundo. Creo que viene de lejos pero ha eclosionado ahora, quizás por influencia de las guerras culturales del mundo anglosajón, que es un contexto completamente distinto del nuestro pero leemos y compramos sus ideas y proclamas como si se pudieran ajustar a nuestra realidad. El racismo existe en todas partes, pero no podemos comparar lo que viven en EEUU los afroamericanos con lo que sucede con los musulmanes aquí. Incluso me parece poco efectivo el trasladar, simplemente, los términos a nuestra realidad. La consecuencia más problemática de este desplazamiento del debate es que hay sectores enteros de las sociedad a quienes no mandamos mensajes feministas porque el mismo feminismo que se dice representativo de esos sectores no lo está haciendo, está más centrado en enumerar los errores de la mujer blanca occidental. Si una rastrea esos discursos se da cuenta de que nunca hay un enfrentamiento con el machismo musulmán, gitano o negro. Para empezar porque esos feminismo niegan siquiera que exista y toda la violencia y la discriminación que sufren las mujeres pertenecientes a estos grupos se dice que son fruto de la opresión general contra ellos por ser minoritarios. De alguna forma lo que nos vienen a decir es que acabando con el racismo se acaba con el machismo. O que cuando termine lo primero ya nos ocuparemos del segundo. Mientras tanto tenemos niños, jóvenes y hombres a quienes nunca nadie les ha hablado de igualdad. Es un buen caldo de cultivo para la impunidad, además de infantilizar al sector masculino de estos grupos, que no sabría atender a la complejidad de cambiar su machismo al mismo tiempo que combate el racismo.

 

Usted nació en Marruecos, aunque desde los ocho años vive en Cataluña. Reconoce que dejó atrás la rémora patriarcal como buenamente pudo, aunque pagó un precio personal “muy elevado”. Pero ahora comprueba –¿con estupor?– que las nuevas generaciones de mujeres están “empapadas de retórica islamista”. ¿Es un retroceso generalizado en el mundo islámico?

Sí, lo vemos también en los países de origen. A partir de la década de los 90 todo empezó a cambiar. Pero si nos centramos en lo que está pasando aquí, lo que ocurre es que hay un entramado muy sofisticado de organizaciones, ideas, corrientes y fenómenos que tienen a las hijas de familias musulmanas como principal objetivo. No solamente, pero sobre todo ellas, porque ellas enarbolan la bandera de todo ese movimiento que parce propio pero es ajeno. Yo creo que estamos ante un auténtico proceso de colonización por parte de las corrientes fundamentalistas, algunas disfrazadas de modernidad, aparentemente dedicadas a otras cuestiones, no las estrictamente religiosas, pero que siempre tienen el objetivo de hacer presente el islam en todas partes: en las instituciones públicas, en los espacios de visibilidad, en los medios de comunicación, etc. No es algo espontáneo que de repente tantas chicas jovencitas aparezcan defendiendo lo más discriminatorio del islam. Las reclutan y las forman organizaciones con muchos recursos. El problema es que una parte importante de las hijas de familias musulmanas están viviendo situaciones de malestar innegables: aún habiendo nacido en una sociedad donde las mujeres ocupan un lugar distinto que en los países de procedencia, a ellas esas libertades y esos derechos les están vetados por el entorno. No te puedes vestir como quieres, no puedes comer lo que quieras, no puedes salir y entrar como tus hermanos, no puedes mantener relaciones sexuales ni afectivas sin restricciones. Y la presencia de chicas como ellas que aceptan y defienden todo eso en la esfera pública tiene un gran impacto en sus vidas. Es muy difícil que puedas defender que no quieres llevar velo, por ejemplo, cuando hay una mujer que lo lleva en una institución española.

“No se ha explicado bien lo que es el feminismo, no hay una educación feminista y se han difundido muchas falsedades sobre el movimiento”

 

¿Qué simboliza realmente el velo islámico?

Simboliza la obligación de ser recatada, de no mostrarte ante la mirada masculina para no provocar el deseo de los hombres. El velo te lo pones cuando hay hombres desconocidos. El problema de fondo es considerar que el deseo masculino no tiene autocontrol y poner toda la carga en el cuerpo de la mujer.

 

“Todo el islam posee una característica inmutable: su animadversión por las mujeres, su misoginia estructural”. Lo dicho, es usted una mujer valiente. ¿Echa en falta esa valentía en muchas mujeres católicas que se autoproclaman feministas de cartón-piedra para ocultar su sumisión a un patriarcado bajo el designio de una religión, la católica, tan machista como cualquier otra?

Hay una imagen que no voy a olvidar nunca: cuando el Papa visitó la Sagrada Familia y aparecieron las monjas limpiando el altar. Aún así me parece una escena grotesca, como muy obsoleta si tenemos en cuenta el largo recorrido de las mujeres españolas por escapar al control del nacionalcatolicismo, que es exactamente lo que estamos viviendo ahora las mujeres musulmanas. En Marruecos han salido a la calle para reclamar que se acaben leyes machistas y eso me recuerda lo que pasó aquí en los 70, con las manifestaciones por la despenalización del adulterio, a favor del divorcio, etc. Es cierto que no todos los sectores de la sociedad se sumaron a ese cambio y es sorprendente descubrir entornos ultracatólicos donde se sigue hablando de los pecados de la carne. Lo importante aquí sería que al menos ese poder religioso no se infiltre en lo político, que socialmente no se vea como pecado lo que es para los creyentes. Pero sí, a estas alturas resulta sorprendente defender religiones tan tremendamente patriarcales.

 

La revolución de la Primavera árabe fue también, en cierta medida, la rebelión del feminismo en el mundo musulmán, un movimiento que pujaba por romper las cadenas ancestrales marcadas por la religión. ¿Su progresivo fracaso estos últimos años es en gran medida el fracaso del feminismo en los países musulmanes?

No lo veo así, creo que el triunfo de la represión no significa que el feminismo fracase sino que tiene que seguir luchando. También es verdad que muchos hombres muy revolucionarios no estaban tan involucrados en la lucha feminista o la consideraron, como pasa siempre, algo secundario. Recientemente ha pasado en Argelia y en Egipto en su momento las mujeres que salieron a manifestarse tuvieron que soportar un acoso tremendo por parte de compañeros de lucha. Aún así creo que el cambio es imparable. Se tardará más o menos pero no creo que las mujeres renuncien a vivir en libertad.

 

En relación con esta reflexión, usted se pregunta anonadada en su libro en qué momento la izquierda ha dejado de ser laica para convertirse en confesional. ¿Es un síntoma de que el patriarcado está ganando la partida en estos tiempos convulsos de auge de los retrocesos?

Yo lo veo como una forma de racismo: que lo que te parece fundamental para ti, para tu sociedad, creas que no es tan importante para otros. Y, sobre todo, el problema es que en lo que se claudica siempre, cuando hablamos de que la izquierda deje de ser laica, es en los derechos de las mujeres. No es que deje que el islam se infiltre en lo público y no le vea el peligro a eso, es que lo que más enaltece es la parte de discriminación a las mujeres.

 

El feminismo no ya solo no tiene apellidos sino que tampoco debe tener bandera o raza. ¿Por qué el machismo ejerce tanto empeño en limitar su poder universal?

Pues porque es un sistema de privilegios que ha durado miles de años y son muchos los que quieren seguir manteniendo esos privilegios. Y es una lástima porque creo que la igualdad nos beneficia a todos, no solamente a las mujeres. Estamos hartas de ver hombres que tienen que seguir con unos roles con los que no se sienten a gusto que tampoco los deja libres a ellos.

 

Al final de su manifiesto realiza un emotivo grito de concienciación: “Despierten de una vez, señoras y señores de izquierdas, racistas de ultraderecha, feministas inclusivas y jóvenes activistas: el islam es, en su conjunto, un sistema de dominación machista”. ¿Atisba alguna solución en el horizonte?

Me conformo con que mi texto llegue a esas jóvenes que viven unas situaciones terribles y están desorientadas por todos estos mensajes contradictorios. Que saben lo que quieren pero no se atreven a dar el paso siquiera de permitirse pensarlo. Creo que la revolución íntima, interior, va a ser nuestra gran batalla. Hay que empezar por allí. Y lo otro, que tiene cada vez una dimensión más grande, habrá que seguir haciéndole frente con ideas, con la letra y con la palabra. Es algo decepcionante darte cuenta de que queda tanto por hacer pero que a lo mejor lo más urgente es no dejar que nos arrebaten lo que ya hemos conquistado.

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