Casa Retina, Santa Pau. Arnau estudi d’arquitectura. Foto: Pep Sau. (Fotos publicadas con autorización de los arquitectos)


Derroñadas es una especie de paraíso terrenal rodeado de bosques de encinas y de robles de esos donde crecen trufas y hongos, todo calma y tranquilidad y paz y armonía. Un día paseaba por el centro del pueblo, entendiendo por centro del pueblo sus tres únicas manzanas que más o menos rodean la iglesia, cuando encontré un pequeño rebaño de ovejas llevado por un pastor de una cierta edad. Respondí a un saludo tan seco como amable (es este el carácter que hace que esté enamorado de Soria) recordándole qué bonito era el lugar donde vivía sabiendo perfectamente que era una frase vacía que me haría quedar como un tonto. Pero quise oír su respuesta. ¿Bonito? ¿Bonito esto? Aquí no hay nada. Sólo árboles. Bonita es la ciudad. A lo que siguió una de las descripciones más alucinadas de la Gran Vía de Madrid que he oído en mi vida: las luces, el color, la gente, la noche. Derroñadas es el silencio, el aislamiento, el tiempo parado.

Carlos Gor, arquitecto del estudio GRX, con base en Granada, me pidió que escribiese un artículo sobre la tendencia de los arquitectos jóvenes a potenciar lo rural. Hacer este artículo me confronta con dos previas: qué entendemos por arquitectura joven y qué entendemos por rural.

Pienso a menudo en qué significa ser un arquitecto joven ahora que técnicamente ya no lo soy y que además tengo responsabilidades con ellos como profesor. Puedo aventurar tres puntos al respecto:

Uno, los jóvenes de hoy en día son el colectivo más numeroso de arquitectos que jamás haya existido en nuestro país. Son, afrontémoslo, muchos más arquitectos de los que el mercado tradicional de la construcción necesita. Juntemos esto con que todavía han conocido arquitectos que han ejercido en un momento en que la profesión se necesitaba desesperadamente, en que un título garantizaba por sí solo una vida profesional larga y digna, y tendremos una generación que lucha para no caer en la frustración, formada y condenada a ejercer en una crisis estructural.

Añado que muchísimos de estos jóvenes tienen ganas de ejercer su profesión y consciencia social suficiente como para entender que en su formación ha habido un gasto público que se sentirían muy felices de devolver.

Dos, el mercado de trabajo se ha visto ampliado para bien y para mal. Para bien porque se da una gran atención a programas que siempre se habían negligido, para mal porque la profesión se ha ampliado hacia cuotas absurdas: hiperburocratización, hipernormativización, expansión hacia mercados absurdos como (demasiadas) arquitecturas efímeras que por mucha economía circular y retorno social siguen siendo efímeras. La posesión del título se ha precarizado desde el momento en que los arquitectos han copado trabajos que antes hacían otros trabajadores: delineantes, secretarios, etcétera.

Tres, la presión. La enorme, asfixiante presión por comunicar producto de una competencia feroz que, entre otras cosas, ha barrido de este panorama comunicativo la amplia mayoría de estos arquitectos jóvenes que no trabajan por cuenta propia haciendo trabajos estimables, imprescindibles, de soporte a otros arquitectos jóvenes o no. Sólo unas pocas tipologías de arquitectos se revindican como arquitectos jóvenes, principalmente diseñadores, directores de estudio y comunicadores. Hemos de ser muy conscientes que la alusión a la arquitectura joven es una sinécdoque, es decir: la parte por el todo. Unos y otros sufren la necesidad permanente de estar actualizados, online. Las redes sociales son su currículo. Los perfiles personales y profesionales se mezclan desde el momento en que un posible empleador tirará de cualquiera de ellos para contratarlo. El ruido que todo esto crea es ensordecedor.

Centro de interpretación de la resina, Traspinedo. Óscar Miguel Ares, arquitecto. Foto: Óscar Miguel Ares.

Cuando hablamos de qué se entiende por rural nos confrontamos con uno de los problemas estructurales del país: la España Vacía. Que no vaciada, por razones demasiado largas de explicar aquí. El 80% de la población española vive en una ciudad, según datos de 2018, con todo lo que ello comporta a nivel infraestructural: concentración de servicios en las zonas urbanas, dimensionamiento y ubicación de las carreteras para unir ciudades y, más dramático, la creación de grandes bolsas de irrelevancia dentro del territorio español, entendidas éstas como comarcas enteras sin médicos especialistas, déficit de enseñanza, de bibliotecas, de teatros y cines, etcétera. Solo algunas partes del campo de los territorios no demasiado alejados del mar se escapan de esto. Vivir en el campo es en estos momentos un acto de militancia, una apuesta por tiempos mejores en pueblos moribundos. Tan sólo que los jóvenes muestren interés por lo rural ya quiere decir algo. Si además se quedan a vivir allí el mérito es impresionante. Se está desarrollando un cierto tipo de sensibilidad por lo rural que, con muchos peros, es positiva. No podemos olvidar que este 20% de población controla un 80% del territorio, lo cuida, lucha (a menudo infructuosamente) para evitar la lógica del campo configurado como servidor de la ciudad sin entidad propia o, peor todavía, del campo como tierra de nadie opuesta a la ciudad, toda ruinas e insalubridad y desolación.

Esta sensibilidad ha tenido consecuencias que, cuando se han analizado (que ha sido bastante poco) se ha hecho desde el punto de vista estético. Me gustaría ir más allá para proponer un par de puntos de reflexión sobre la actitud de los arquitectos jóvenes hacia lo rural.

Casa Calixto, Puebla de Fadrigue. GRX arquitectos. Foto: Javier Callejas + Imagen Subliminal.

Primero: valga la redundancia, lo rural ha de ser rural. Es decir, no ha de ser urbano. Las leyes de configuración del territorio rural no son las de la ciudad. Ni lo son las tipologías de vivienda (es decir, los pisos se distribuyen diferente, tienen un contacto con el suelo diferente, una relación con los vecinos diferente) ni lo es la relación con lo construido que, cuando más pequeño sea el pueblo, más tiene de patrimonial, porque no es tan sólo lo construido lo que se ha de preservar. También se ha de preservar el tejido urbano y la densidad en un tratamiento que ha de tender a lo hiperespecífico, como tienden a esta hiperespecificidad las respuestas que se dan al tema. Obviamente la relación con la sostenibilidad también es de otro tipo, más atrevida y variada por una razón de peso: se ha de tender a una eficiencia y, a menudo, a una autarquía que no ha lugar en la ciudad.

Segundo: evitar los folklorismos. Este es el punto más interesante que han aportado los jóvenes a la arquitectura rural. El mundo rural siempre ha tenido una estratificación social muy fuerte. Las arquitecturas rurales que suelen estudiarse y valorarse en las escuelas como garantes de la relación con el lugar, de la economía de medios, de la sinceridad constructiva, siempre han sido programas duros, agrestes, complicados en su relación con los usuarios al no contemplar ningún tipo de confort. De tan económicas como son podemos llamarlas arquitecturas de supervivencia, precarias, frágiles, a menudo odiadas con razón por sus habitantes por verlas sólo un paso por encima de la indigencia.

Talleres Gon-Gar, Benissanet. Nua arquitectures. Foto: Adrià Goula.

Las arquitecturas cultas rurales, en cambio, se deben a una cierta idea de este confort. En parte lo analicé en Las camas de Olot, donde hablaba de uno de los recursos de habitabilidad principales, el vestido, el revestimiento. Todo aquello que las nuevas arquitecturas demonizan.

El estándar de confort de los arquitectos jóvenes cuando tratan con lo rural viene de las arquitecturas populares, vernáculas, de lo más rural de lo rural. De lo crudo, de lo directo, de lo salvaje. El rasgo más interesante de estas arquitecturas jóvenes es este intento de cambio de paradigma para fijar un nuevo estándar culto más enraizado al lugar, que valora como patrimonio construcciones que todos querrían ver reformadas o derribadas. Este retorno a los orígenes podría ser objeto de otro artículo. Probablemente lo sea. Tan sólo apuntar que este retorno suele ser recurrente cada pocas generaciones. Ahora hacía falta revisarlo. Lo que, en conjunto, esta nueva generación está haciendo con brillantez. Esperemos que sea una de las semillas de la redefinición del campo tan necesaria desde hace décadas o siglos. Ánimos.

A parte de Carlos Gor y GRX, algunos nombres que me vienen a la cabeza cuando hablo de esta nueva ruralidad serían Daniel Jiménez en Cáceres, Cuac en Granada, Óscar Miguel Ares en los alrededores de Valladolid, Te d’A en Montuïri, Arnau Vergés y Atheleia Arquitectura en Olot y otros que viven en la ciudad ocupándose de este tema como Nua arquitectures, David Sebastián, José María Sánchez García, Vora arquitectura, Harquitectes, Sol 89 o, ya mayores, MGM arquitectos, Justo García Rubio o, como punta de lanza, RCR arquitectes. Obviamente estoy cometiendo un error imperdonable dejándome algunos otros por mencionar.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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