Hijo de la burguesía limeña, con un presidente de la República entre sus ancestros, Alfredo Bryce Echenique (1939) tuvo la educación de élite que correspondía a su clase social: fue alumno de dos importantes colegios norteamericanos, el Inmaculado Corazón y el Santa María. Estaba, en principio, destinado a ser banquero. Su familia le presionó para que estudiase leyes y él, en efecto, se licenció como abogado, aunque cuando llegó el momento de ejercer prefirió marcharse a Europa a cumplir su sueño, ser escritor. Dejó la seguridad económica por las estrecheces de una beca en París, donde llegó en 1964 y, al menos, tenía la compensación de hacer lo que le gustaba. Estaba convencido de que si continuaba en su país, en un mundo que consideraba opresivo, nunca conseguiría dedicarse a la literatura por más que tuviera el apoyo de su madre, la responsable de introducirse en el mundo de Marcel Proust. Ella fue, por cierto, una de las pocas personas que confió en su futuro literario.  

Su estancia en la capital del Sena no fue agradable. Vivió una situación de desarraigo, sin poder liberarse del estigma de su origen geográfico. Esta discriminación le condujo a reencontrarse, según sus propias palabras, con sus raíces: “París es una ciudad que no sirve para otra cosa más que para mostrarle a uno hasta qué punto es extranjero, hasta qué punto es peruano.

En 1968 apareció su primer libro de cuentos, Huerto cerrado. Por esas fechas era profesor en la Universidad de Nanterre, donde se gestaba la revolución estudiantil. Una falsa revolución, desde su punto de vista, fruto del aburrimiento de los jóvenes. Reflejará su discrepancia en una novela, La vida exagerada de Martín Romaña, en la que parodia esos militantes de extrema izquierda que dan por hecho que, a su vuelta al Perú, van a tomar el poder. En teoría, el buen militante debe abandonar París para empuñar las armas en su tierra. La práctica, por el contrario, demuestra que muchos de estos radicales, en lugar de seguir los pasos del Che Guevara, se dedican a disfrutar de un buen puesto como burócratas de cualquier ministerio.  

El mito del París bohemio y romántico salta por los aires en manos de Bryce Echenique. La capital del Sena, contra lo que pretendía Hemingway, no es una fiesta. ¿Un lugar donde ser pobres y felices? Esta idealización sería un absurdo, pura fraseología por el escritor gringo, ese “pelotudo” al que se le olvidó que una cosa es vivir con dólares y otra tener que arreglarse con soles peruanos: “es casi como la diferencia esa que dicen que hay entre un desnudo griego y un peruano calato, qué pobres ni qué felices ni qué ocho cuartos”.

Un mundo para Julius aparece en 1970. El protagonista, Julius, es un niño que ha nacido en un palacio de la avenida Salaverry. Su bisabuelo fue Presidente de la República. En una familia como la suya, la servidumbre está para obedecer, sin opción a pensar en cuestiones como los derechos laborales o los sindicatos. Cuando Santiago, el hijo mayor, hermano de Julius, se encapricha de Vilma, una sirvienta, ésta será la que se enfrente a las consecuencias en forma de despido fulminante. Sus compañeras le recomendarán que se busque una casa donde no haya jóvenes. Saben muy bien en qué consiste el peligro.

Bryce Echenique, con mucha gracia, con un talento especial para decir cosas transcendentes de una forma ligera, risueña, casi frívola, desvela la hipocresía de los poderosos, esa gente que vive en una burbuja en la que todo parece perfecto. Juegan a hacer obras de caridad y sentirse con buena conciencia, pero nada puede ocultar su desprecio hacia los más pobres. En un colegio religioso, después de la confesión, los niños realizan un singular propósito de enmienda: “nadie le volvería a llamar cholo imbécil al mayordomo de su casa”. Lo normal, en su ambiente, es sentir asco por los que viven en la base de la pirámide social.

Curiosamente, por su crítica a la oligarquía, Un mundo para Julius será interpretada como un apoyo a Velasco Alvarado, un general de izquierdas impulsor de un particular movimiento revolucionario.

Si algo destaca, a primera vista, en los libros de Alfredo Bryce Echenhique, es el sentido del humor, aunque eso no significa que en sus relatos falte dramatismo. El lector se acuerda de Gilbert O’Sullivan y la forma magistral en que la melodía festiva de Alone Again esconde una historia trágica. De esta forma, la parodia de las clases altas del Perú, con toda su mezquindad y cortedad de luces, resulta mucho más eficaz.

En Dos señoras conversan, las protagonistas, doña Carmela y doña Estela de Foncuberta, viudas de los hermanos Carriquirrí, son dos mujeres mayores, en la época de Sendero Luminoso. En esos momentos sombríos, Estela siente una irreprimible nostalgia por la Lima de tiempos pasados, un espacio de bellos recuerdos que contrasta con la ciudad horrible del presente. Desde su perspectiva de privilegiada, todo iba bien hasta que el país empezó a torcerse en 1968, con la llegada al poder de Velasco Alvarado. Este fue el principio del fin del mundo de su juventud, una belle époque dominado por los valores católicos. A sus ojos, cualquier intento de justicia social constituye una aberración. Nacionalizar lo que es propiedad privada para repartirlo entre obreros y campesinos le parece un disparate, un robo. La suya es una mentalidad defensiva, propia de quien piensa que la vieja Lima ha sucumbido a una invasión popular procedente de las provincias, una marea humana que lo ha dislocado todo.

Las hermanas Foncuberta viven imbuidas de prejuicios profundamente clasistas. Doña Carmela, por ejemplo, no soporta la idea de que alguien la ponga en evidencia “delante de un hombre del pueblo”. Su visión del Perú está marcada por unas ideas en extremo conservadoras, que las hacen mirar por encima del hombro a cualquiera que no forme parte de su casta. La Universidad, a su juicio, no debería estar al alcance de un hijo del pueblo. El problema es que no se sigue este principio y después sucede lo que sucede: los estudiantes de origen humilde acaban haciéndose terroristas.

Los muros entre clases sociales son tan altos que la mayoría ni siquiera concibe la amistad entre ricos y pobres, entre blancos y aquellos que poseen otra pigmentación. En No me esperen en abril, Tere le pregunta a Manongo por qué es amigo de un cholo. Para ella, tal cosa no tiene explicación. Ha de tratarse, por fuerza, de una relación homosexual. Imaginamos a Manongo armado de paciencia, en el momento de desvelarle el misterio: “Porque es mi amigo, Tere. Como lo son Pájaro o Jorge o Giorgio o mi primo, el Gordito Cisneros”.

Una novela es, por supuesto, una obra de creación, pero Bryce Echenique, a su modo, también es un notario que, con las mentiras de la ficción, levanta acta de una verdad fundamental, la injusticia de un país que reposa sobre la gran columna de la desigualdad más atroz.

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1 Comentario

  1. Me he divertido mucho leyendo a Bryce Echenique. Es un magnifico escritor de estilo propio y muestra una interesante madurez sobre la complejidad de los asuntos politicos y sociales.
    Muy buen articulo y muy acertado en su analisis sobre esta figura.

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