Portada del disco The river, de 1980, considerado casi unánimemente por crítica y fans el mejor trabajo de la larga carrera de Springsteen.

Felicidades, Bruce. 70 primaveras ya recién estrenado tu añorado y evocador otoño. Aquí se ofrece uno para rememorar algunas de ellas junto a ti, como millones de seguidores en todo el mundo que inocularon algún día siempre recordado en la recámara de su memoria aquel veneno que les llegó en forma de consejo musical procedente de algún amigo. Y así hasta hoy mismo, la comunión sigue funcionando a pleno rendimiento.

–¿Por dónde empiezo? –rogaba un joven adolescente a un amigo experimentado que lo sabía a esas alturas ya todo del de Freehold, New Jersey.

–Escucha esto –respondió.

En la portada de aquel disco en formato elepé aparecía un rostro en primer plano y en blanco y negro, serio y de mirada algo desconcertada. Bruce Springsteen quería que atravesara aquel río junto a él. El que escribe lo cruzó y ya nunca nada jamás volvió a ser igual. Más que una experiencia mística fue una revelación mítica. Y como toda entrega desinteresada a lo desconocido, el camino se hizo insondable.

El 19 de septiembre de 1978 se celebró, en el Capitol Theatre de Passaic (New Jersey), el mejor concierto de la historia en versión oficial.

Captó el mensaje desde un primer momento, no había mucha metáfora que desentrañar: este mundo es poco menos que un valle de lágrimas, pero se puede escapar de él, rápido, corriendo, con esfuerzo y anclado permanentemente en los valores universales de la entrega, el amor, la amistad y la lucha por la dignidad frente a la injusticia, la adversidad y los siempre amenazantes grandes monstruos totalitarios, llámense capital, falta de libertades, adoctrinamiento o sumisión cómplice ante lo divino. Poco más.

La cadena inoculadora del veneno resulta imparable y de efecto inmediato y multiplicador. De un amigo a otro, de una madre a su hijo o incluso ya de un abuelo a su nieta. El mito se acrecienta con el paso de los años y los adeptos comulgan sin discusión en una fe que no necesita rezos pero sí unión y compañerismo.

Al pie del cañón

Pues todo eso se palpa y sobrevuela cada uno de sus acordes, de sus letras, de su estilo de vida, de sus interminables, agotadores y extasiantes conciertos en directo, de sus palabras desnudas y sinceras. Muchos discos y miles de espectáculos en directo después de décadas llenando estadios de fútbol por todo el mundo, todo sigue igual por ambas partes. Él sigue firme en sus convicciones y al pie del cañón, corriendo por esa carretera desangelada en busca de las estrellas del Oeste.

No siempre se cumplen 70 años, no siempre se puede seguir sin desmayo ahí como aquella triste mañana que se vio obligado a devolver su primera guitarra, alquilada

El mismo entusiasmo, la misma entereza, la misma luz cegadora que señala un norte. Sus fieles seguidores captan el mensaje sin mucho esfuerzo y se levantan un día más, se miran al espejo y ven que merece la pena luchar por ello, por esos valores que hacen de este mundo algo menos asqueroso de lo que los grandes poderes fácticos intentan imponer día a día sin rubor alguno.

Por todo ello, vaya desde aquí una humilde felicitación más. No siempre se cumplen 70 años, no siempre se puede seguir sin desmayo ahí como desde aquel lejano primer día, aquella triste mañana que se vio obligado a devolver su primera guitarra, alquilada. Como cuenta en su autobiografía, ese desdichado día olió “la sangre”. Ante un grupo de niños del vecindario, se enfundó la guitarra y no lo pensó un instante. “La sacudí… Le grité… La aporreé… Canté un vudú sin sentido… Hice todo menos tocarla…”. Fue solo “un fugaz momento, apenas un instante”. Un instante eterno en que olió “la sangre”, la sangre del rock. Gracias, Bruce. ¡Corre, sigue corriendo, no dejes de correr!

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