Una calle de Sarajevo. Foto: Flickr

Bosnia y Herzegovina, un país de apenas tres millones y medio de habitantes y 51.000 kilómetros cuadrados, atraviesa una situación difícil debido a acuciantes problemas políticos, económicos y sociales. En primer lugar, los Acuerdos de Dayton, que dotaron al país salido de una cruenta guerra civil (1992-1995) de un nuevo ordenamiento político tras la abrupta ruptura de Yugoslavia, no han funcionado, en el sentido que no se han logrado restablecer las relaciones multiétnicas ni que las instituciones centrales del Estado hayan funcionado con normalidad. Las tres comunidades siguen actuando en clave monoétnica y sus elites políticas y económicas responden a ese mismo criterio sin haber abandonado sus proyectos iniciales de crear entidades políticas sobre bases étnicas.

Otro aspecto desastroso es el económico, ya que Bosnia se encuentra en los peores puestos en su desempeño en competitividad, productividad, lucha contra la corrupción, infraestructuras y desarrollo tecnológico. Con una renta por encima de los 8.000 euros, esta ex antigua república yugoslava se encuentra ubicada por sus indicadores macroeconómicos en los peores puestos de casi todas las tablas y casi siempre en el último lugar de Europa en todas las mediciones, incluso por detrás de Albania. Incluso la situación parece haber empeorado en los últimos años, sobre todo en lo que se refiere a la competitividad, ya que según el último informe de Doing Business, Bosnia y Herzegovina ha perdido tres puestos en lo que se refiere a ese aspecto fundamental en cualquier economía.

En tercer lugar, pero no menos importante, hay que reseñar que casi un millón de bosnios -800.000- han salido del país desde el final de la guerra y la «sangría» sigue su curso. La falta de empleo genera exclusión social y pobreza, y la ausencia de expectativas ha provocado un éxodo masivo de la población joven y el consiguiente envejecimiento de la población bosnia. La población de este país podría superar ahora apenas los 3,5 millones de habitantes.

Como fruto de esta grave crisis que padece el país, que en parte se puede explicar por el bloqueo político y la ausencia de un auténtico poder central, hace tres años, en el 2014, se produjeron masivas protestas en todo el territorio bosnio, pero especialmente en la Federación de Bosnia y Herzegovina -la entidad en la que viven los croatas y los musulmanes, que ocupa el 51% del territorio-, y alguien incluso llamó a ese movimiento como la «primavera bosnia». Sin embargo, casi cuatro años después de aquellos incidentes y manifestaciones el país avanzó muy poco en la resolución de sus problemas y en una anhelada mejora en el funcionamiento de sus instituciones.

El fracaso como Estado

El funcionamiento del nuevo Estado, dada su complejidad, ha sido muy deficiente y ha habido infinidad de problemas a la hora de buscar soluciones a los conflictos y contenciosos que se han generado en los últimos años. Tampoco olvidemos que las elites croata y serbia no han abandonado por completo su viejo sueño de unirse algún día a las “naciones madres”, Croacia y Serbia, respectivamente. Los serbios han defendido abiertamente, tras aceptarse la reciente independencia de Kosovo, la ruptura del marco bosnio y su inclusión territorial en Serbia. En cualquier caso, al día de hoy, Bosnia y Herzegovina continúa su vida como Estado a trancas y barrancas y tan sólo la presencia de la OTAN durante años -hoy la misión militar está bajo el paraguas de la UE- ha evitado que la guerra haya vuelto a este país de bellas montañas, altos minaretes y espectaculares puentes sobre los ríos Neretva y Drina, los mismos que un día la artillería croata destruyó en Mostar y que dieron el título a una de las novelas –Un puente sobre el Drina- del único bosnio universal: el escritor yugoslavo y Premio Nobel de literatura Ivo Andric.

Como señalaba el periodista Pablo Rodero, en un reciente estudio, “en definitiva, Bosnia-Herzegovina nació muerta, puesto que sus principales fuerzas políticas tenían como objetivo no seguir perteneciendo al nuevo Estado. El resultado es fácilmente perceptible para cualquiera que tenga la oportunidad de viajar a la ex república yugoslava. La bandera oficial, libre de simbología étnica, brilla por su ausencia fuera de la zona bosniaca, muy al contrario que las enseñas serbias y croatas, ostentosamente situadas abarrotando las calles de las ciudades en las que estas etnias son mayoritarias. Un Estado sin una identidad nacional que lo legitime entre su población (como lo fue Yugoslavia) y que, además, la guerra contribuyó a dividir étnicamente en un grado muy alto a base de campañas de limpieza étnica perpetradas por los tres bandos en mayor o menor medida”.

Un informe sobre la evolución de Bosnia y Herzegovina elaborado por la Comisión Europea en el año 2014, tras haber sido presentada la candidatura de este país para su adhesión a la UE, apuntaba en la misma dirección y definía con claridad la deficiencias que presentaba la estructura territorial y la infuncionalidad del Estado bosnio:  “Considerando que la arquitectura institucional excesivamente compleja e ineficiente, la falta de cooperación y coordinación suficientes entre los dirigentes políticos y a todos los niveles gubernamentales de Bosnia y Herzegovina, la ausencia de una visión común y de voluntad política y las actitudes etnocéntricas han obstaculizado seriamente los progresos en el país; considerando que los desacuerdos en las líneas políticas y étnicas han tenido un efecto muy negativo en el trabajo de las asambleas a escala nacional». Así la UE se llegaba a la conclusión de que el edificio político-administrativo puesto en pie tras la guerra no funcionaba.

Siempre se ha hablado de una reforma de los Acuerdos de Dayton, que se han visto superados por la realidad sobre el terreno, pero nunca hubo ni la suficiente fuerza por parte de la comunidad internacional ni el suficiente acuerdo entre las partes en Bosnia para poner en marcha un nuevo orden político y constitucional para un país tan complejo y rodeado de tantos enemigos con un apetito (nacionalista) voraz. «Los dos entes autónomos que forman Bosnia según los acuerdos de paz de Dayton -el común de musulmanes y croatas, y el serbio- así como los tres pueblos, funcionan cada uno por su cuenta, y el excesivo aparato burocrático -con 130 ministerios de diferentes niveles- sofoca aún más el funcionamiento de la estructura estatal compartida», explicaba el analista bosnio Nedim Hasic.

Es obvio y evidente que entre los políticos musulmanes, serbios y croatas no hay consenso sobre las reformas necesarias para el funcionamiento del país y su integración en la UE y la OTAN. Conviven en una suerte de país que se ha convertido en un proyecto colectivo impuesto por la sociedad internacional -principalmente la UE, la OTAN y los Estados Unidos- y no fruto del consenso entre las tres comunidades convivientes en ese espacio territorial. «Asolada por la corrupción, atrapada en el sistema burocrático creado por Dayton y con una crisis social gigantesca, las estructuras existentes han fracasado a la hora de hacer progresar el país», resumía acertadamente el investigador Ignacio González Arnal.

La corrupción reinante en el engendro bosnio creado por la comunidad internacional, pero especialmente diseñado por la administración de Bill Clinton en los Acuerdos de Dayton, merecería un capítulo aparte en este ensayo, ya que se ha convertido en una «enfermedad» crónica del país tal como señalan todas las organizaciones internacionales presentes en Bosnia.

Caos político, económico y social en la Bosnia de hoy

Los Acuerdos de Dayton tampoco supusieron una mejora económica y mayor desarrollo, bienestar y prosperidad para los habitantes de Bosnia. Trajo la paz, pero ese logro fundamental tampoco invitó a los bosnios a seguir viviendo en un país sin futuro. Pese a ser una de las economías más abiertas en términos de economía de mercado, Bosnia y Herzegovina fue con diferencia el país de la región que más retrocedió en el informe Doing Business entre 2008 y 2012, desde el puesto 105 al 125. Serbia cayó seis posiciones, mientras que Albania subió 54, Macedonia 53, Croacia 26 y Montenegro 25. Sin duda, el aspecto más mejorable para Bosnia era el referente a facilidades para emprender un nuevo negocio, en que ocupaba la posición 162 (fuente: DOING BUSINESS 2008 y 2012; http://espanol.doingbusiness.org/).

Ese estado de absoluto caos y descontrol en la economía bosnia es corroborado por casi todas las instituciones internacionales, incluyendo a la Comisión  Europea en su informe ya reseñado que dice literalmente:  «Considerando que más del 50 % de los ingresos estatales de Bosnia y Herzegovina se destina al mantenimiento de la administración a numerosos niveles; que Bosnia y Herzegovina es el país europeo peor clasificado según indicadores del Banco Mundial en cuanto a la facilidad para hacer negocios y uno de los peores clasificados en el Índice de Percepción de la Corrupción; considerando que Bosnia y Herzegovina tiene la tasa más alta de desempleo juvenil de Europa (el 59 % de la población activa entre los 15 y 24 años)”. Es decir, que el país es un desastre sin necesidad de utilizar eufemismos.

Tampoco se vislumbran muchas alternativas a esta situación caótica, dado que las tres partes, lejos de aportar soluciones, apuestan por poner fin a la unidad impuesta en Dayton. Los serbios incluso han ido más lejos que los croatas y recientemente pusieron un órdago sobre la mesa. «El 26 de septiembre de 2016, una semana antes de las elecciones municipales, organizó un referéndum para mantener la fiesta nacional el 9 de enero, día en que se formó la Republika Srpska, y que el Tribunal Constitucional de Bosnia había anulado un año antes por considerar que dicha jornada no representaba a los bosniacos ni a los croatas. Precisamente, el 9 de enero de 2017 se produjo el segundo gran pulso, al celebrar la fiesta nacional pese a la prohibición del Alto Tribunal», explicaba el ya citado González Arnal.

Las perspectivas futuras de un Estado fallido en los Balcanes

Este mismo autor agregaba: «Dayton y la posterior estrategia de reconciliación de la comunidad internacional fueron un parche que tapó la herida durante un tiempo, pero no contenían los elementos necesarios para ayudar a que cicatrizara: no se han dedicado los esfuerzos suficientes a la vuelta de refugiados internos o en el exilio, no se ha impedido el delirante modelo de escuela segregada que reproduce el conflicto, tampoco el desarrollo económico de la población bosnia ha ido acorde a las ayudas dispensadas ni se ha puesto cerco a la corrupción endémica. En definitiva, el costoso desembolso público, especialmente de los países de la Unión Europea y Estados Unidos, únicamente ha solidificado un sistema completamente ineficaz que no resuelve la mayoría de los problemas planteados».

Vista y analizada la situación por la que atraviesa Bosnia y las escasas perspectivas futuras para su viabilidad, tres son los posibles escenarios que se vislumbran en el horizonte de este país:

  1. La perpetuación del engendro político-institucional artificialmente. Esa se podría decir, y resumiendo, es la política oficial de las Naciones Unidas -organización experta en poner parches para dilatar los conflictos y sus ulteriores soluciones- y la UE, pero es evidente a estas alturas que no es la mejor de las soluciones para Bosnia y retarda una verdadera y rápida resolución de los contenciosos pendientes. Evidentemente, se trata de ganar tiempo, garantizar la seguridad y estabilidad de los Balcanes y sus vecinos y evitar conflictos que siguen perviviendo bajo la aparente calma chicha.
  2. La plena integración en la UE como un Estado totalmente subsidiado, pero garantizando al menos la estabilidad regional y la paz en esta región siempre sometida a conflictos. La integración de Bosnia y Herzegovina tendría un alto coste económico y, desde luego, el país no cumple ni con los estándares políticos, sociales y económicos para formar parte de la UE, todo ello a pesar de tener en vigor el Acuerdo de Estabilización y Asociación con esta organización desde 2015 y de haber entregado formalmente la solicitud de admisión al club comunitario. Pero el país está claramente estancado. Sin embargo, hay que reseñar que este podría ser el precio -la integración- que tendría que pagar Europa para evitar nuevos conflictos y guerras en el espacio post-yugoslavo;
  3. La situación del país tampoco parece que mejorará en los próximos meses a tenor de los resultados en las últimas elecciones celebradas en el país, en octubre del año 2018, en donde las fuerzas nacionalistas obtuvieron unos buenos resultados y donde se alzó con la jefatura de la presidencia colegiada el nacionalista serbio Milorad Dodik, que llegó al poder con el lema de «Serbia ante todo», discurso que no oculta el ansiado deseo de los nacionalistas serbios de Bosnia de unir en un futuro a la entidad serbia, la República Sprska, a la «madre patria», es decir, Serbia, y romper la frágil convivencia reinante hoy en Bosnia. El parlamento de una de las dos entidades, la Federación de Bosnia y Herzegovina, ha tardado varios meses en constituirse y la sombre la sospecha recayó sobre unas elecciones controvertidas y que tampoco han ayuda a resolver la crisis política que padece el país;
  4. La ruptura del actual Estado, con la consiguiente desintegración territorial y política, dando paso a tres entidades  independientes: una croata en la actual Herzegovina, otra serbia en la República Srpska que ocupa el 49% del territorio bosnio y otra con los territorios poblados mayoritariamente por los bosniosmusulmanes, aproximadamente el 30% de la actual base territorial del país.

 

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