Están ahí, a nuestro lado, desde que nos levantamos hasta que cerramos los ojos a última hora de agotadores días de trabajo y convivencias más o menos avenidas entre clics, likes y un sinfín de automatismos absurdos sobre aparatos electrónicos del más diverso pelaje. Pero tras tanta pantalla luminiscente que agudiza la presbicia a cualquiera, asoma mucha soledad, incomunicación, demonios interiores que campan a sus anchas mientras achacamos a factores exógenos nuestras miserias. Como apunta la escritora argentina, “el problema no suele estar en las tecnologías, sino en las personas que están del otro lado de estos dispositivos, y muchas veces, también, en nosotros mismos”. Pasen y vean, conozcan a estos enternecedores, aterradores Kentukis. Después ya nada volverá a ser igual. Y si les gusta, ni se les ocurra pulsar ningún maldito like.

“Las preguntas que lanzo en mis novelas son para mí misma, no para el lector”

 

Estamos rodeados de Kentukis y no nos damos ni cuenta de ello. ¿Triste o peligroso?

Ninguna tecnología es triste o peligrosa por sí misma. Supongo que desde que inventamos la rueda estamos intentando aprender, como humanidad, a relacionarnos con nuestras propias creaciones, siempre hemos estado rodeados por ellas. En todo caso, lo triste o lo peligroso es el uso que les damos. El problema no suele estar en las tecnologías, sino en las personas que están del otro lado de estos dispositivos, y muchas veces, también, en nosotros mismos.

 

Su literatura parece partir siempre de lo cercano, de lo cotidiano, pero, sin saber cómo ni en qué momento, sus historias mutan rápidamente por ensalmo en algo extraño, ajeno a la realidad. ¿Cómo lo logra?

Es que para mí no son temas ajenos a la realidad, para mí esos temas son la realidad. Puede que eso extraño a lo que me acerco no cumpla con los estándares sociales de qué es lo normal, lo aceptable y lo posible, pero eso no significa que no pertenezcan a la realidad. De hecho, es esa distancia, el vacío que hay entre lo que aceptamos como norma y posibilidad, y lo que negamos por desconocido, lo que más me interesa investigar cuando escribo.

 

Kentukis es una novela larga que parte de un relato corto, su hasta ahora escenario literario más familiar. ¿Augurio de que la fluctuación entre ambos géneros continuará en buena sintonía?

No, Kentukis siempre se pensó como una novela. Es verdad que Distancia de rescate, mi libro anterior, nació de un cuento corto, pero Kentukis fue una novela coral, con capítulos, y narrada desde distintas ciudades del mundo desde sus primerísimas notas. Para mí los géneros –cuento, nouvelle, novela–, son solo una fatalidad, una suerte de conclusión resultado del trabajo. Lo que quiero decir es que no pienso en géneros antes de comenzar un nuevo proyecto, lo que pienso es en ideas, y las propias ideas piden el espacio que cada una necesita.

“Hacen falta más búsquedas que remedios frente a tanta estulticia”

 

¿Qué late como trasfondo de esta invasión tecnológica desatada y desaforada?

Nuestros problemas de siempre. El miedo a la pérdida, la soledad, la complejidad del lenguaje, la desconexión con los otros y con uno mismo, sociedades cada vez más individualistas, deseos y frustraciones.

 

¿Hay remedio frente a tanta estulticia o mejor dejarnos llevar por la corriente?

No sé cuales son los remedios, supongo además que no serán los mismos para todos. Pero sí creo que hacen falta más búsquedas que remedios. La palabra “remedios” me hace pensar mucho en “certezas”, en “sentencias”, en “fórmulas”, y creo que esas son justamente las cosas que están confundiéndonos. Creo que hay que iniciar búsquedas. No una, muchas, y en algunas de ellas se tendrán pequeñas revelaciones, pueden ser incluso revelaciones difusas, o contradictorias, es un ruido al que vale la pena prestarle atención. Suena un poco a autoayuda, pero realmente creo que hay más revelaciones de lo que sea que estemos buscando en las preguntas que nos hacemos que en las respuestas que a veces nos dan. Por eso creo que la literatura es una herramienta tan poderosa y vital, porque la buena literatura no solo construye preguntas muy precisas, sino que esas preguntas se disparan en la intimidad y la subjetividad de cada lector. Son únicas, y absolutamente personales.

“La literatura es una herramienta tan poderosa y vital porque la buena literatura no solo construye preguntas muy precisas, sino que esas preguntas se disparan en la intimidad y la subjetividad de cada lector. Son únicas, y absolutamente personales”

 

¿Debemos preocuparnos por esta tendencia en la que el uso de la tecnología nos aliena sin ofrecer resistencia?

Deberíamos pensar un poco más los límites de estas tecnologías, los límites morales, éticos, los límites de la intimidad. Creo que nos adaptamos a la tecnología peligrosamente rápido sin preguntarnos nunca por estos límites.

 

Cuando aborda la trama de una novela, ¿controla en todo momento qué preguntas quiere plantear al lector y cuáles quiere responderles a través de sus novelas?

Hay algo de eso, sí, pero creo que sería más sincera todavía si dijera que esas preguntas son para mí misma, no para el lector. Y como decíamos más arriba, son preguntas que no buscan tanto encontrar una verdad absoluta, sino más y nuevas preguntas, cada vez más específicas, más arriesgadas, incluso más peligrosas.

 

¿Qué haría Borges con un teléfono móvil?

Con su ceguera, no mucho, pobre. Es fácil imaginar un teléfono móvil como una suerte de Aleph digital, pero aún así, creo que a él le parecería un objeto bastante sonso y rudimentario, quizá un objeto del pasado en el que no tiene sentido detenerse.

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here