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Bolsonaro, la mano negra tras la deforestación del Amazonas

Las élites financieras y los grupos de presión están embarcados en la descabellada aventura del urbanismo predatorio en el pulmón del planeta

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En un reciente discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, y mientras la selva amazónica se consumía pasto de las llamas por miles de incendios forestales –en su mayoría provocados–, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, aseguró que la Amazonia no es patrimonio de la humanidad, sino “propiedad de los brasileños”. Además, negó que la zona más rica en biodiversidad del planeta esté siendo devastada por el fuego, acusó a los medios de comunicación de “mentirosos” y terminó diciendo que el interés extranjero en la región se debe a un afán colonialista por explotar los yacimientos y recursos naturales, no al deseo de proteger a la población indígena. Resulta evidente que con un gobernante así en el poder el Amazonas no tiene ningún futuro y en unos pocos años el exuberante paraíso natural repleto de vida que todavía es hoy probablemente se verá reducido a un montón de terreno urbanizado y ocupado por polígonos industriales, cemento, chimeneas, carreteras y grandes extensiones de cultivos alternativos.

Esos son los planes que tiene Bolsonaro para explotar el gran pulmón de la Tierra, un área virgen vital en la lucha contra el cambio climático y la destrucción global. Todos los informes científicos y de organizaciones no gubernamentales han dado ya la luz de alarma. La Amazonia se muere tras años de incendios devastadores, prácticas contaminantes y obras de ingeniería que la están degradando poco a poco. Hoy el Amazonas sigue siendo la mayor región de bosque tropical del planeta, pero desde el año 1970 se ha perdido una superficie forestal más grande que toda Francia, según informes de Greenpeace. Se ha comprobado que a partir de 2015 la deforestación ha vuelto a repuntar de forma preocupante, con casi 800.000 hectáreas quemadas. En la década de los 90 la selva absorbía 2.000 millones de toneladas de CO2, una contribución fundamental para depurar la atmósfera de las emisiones generadas por la actividad industrial; hoy esa función regenerativa de la selva amazónica –que produce el 20 por ciento del oxígeno del planeta− se ha reducido a la mitad, lo cual significa que el entorno ya no da más de sí como consecuencia del agotamiento y la sobreexplotación que ha sufrido en las últimas décadas. Y otro dato que revela el drama que está ocurriendo en aquella parte del mundo: solo en 2016, 49 ecologistas fueron asesinados en Brasil (nueve de cada 10 sobre el terreno, es decir, cuando llevaban a cabo investigaciones y acciones de protección de la Amazonia).

Los números revelan que la demolición del más fascinante jardín del Edén que ha conocido el planeta ya ha comenzado. La comunidad internacional se ha visto conmocionada este verano, cuando una voraz oleada de incendios ha vuelto a reducir de forma alarmante la superficie forestal de la Amazonia. Entre el 1 de enero y el 20 de agosto de este año la selva tropical ha registrado 72.843 incendios, según informes del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, lo cual equivale a un aumento del 80% respecto al mismo período de 2018. Este nivel de destrucción supone una media de 1,5 campos de fútbol arrasados cada minuto y cada día, un inmenso infierno que también ha afectado a otros países como Perú, Bolivia y algunos puntos de Paraguay. Resulta difícil calcular la superficie total quemada, pero las estimaciones menos pesimistas hablan de un millón de hectáreas perdidas.

En todo caso, los incendios forestales y el cambio climático han hecho caer al Amazonas en un diabólico círculo vicioso que no parece tener fin: a medida que aumenta la cantidad de incendios también lo hacen las emisiones de gases de efecto invernadero, incrementando la temperatura general del planeta y los fenómenos climáticos extremos, como las intensas sequías. Además de potenciar las emisiones nocivas a la atmósfera, la deforestación contribuye a un cambio en los patrones de lluvia en la región afectada, alargando la duración de la temporada de sequía que afecta negativamente a la selva, a la biodiversidad, la agricultura y la salud humana.

Sin embargo, a Bolsonaro toda esta tragedia de proporciones cósmicas parece no importarle demasiado. El polémico presidente brasileño nunca ha ocultado sus verdaderas intenciones ni sus planes económicos para exprimir económicamente el Amazonas. De hecho, llegó al sillón presidencial con una promesa principal: abolir las leyes medioambientales de protección del entorno y de las tribus indígenas y regalar la zona a la industria agroganadera y minera. Él y sus más estrechos colaboradores se sienten orgullosos de ser negacionistas y consideran que el cambio climático es un engaño marxista y de las potencias occidentales para esquilmar los recursos del país. Mientras tanto, millones de brasileños −víctimas de la pobreza, de la frustración tras años de miseria económica y corrupción y por qué no decirlo, de la ignorancia respecto a las consecuencias trágicas que para la Tierra en general puede conllevar la desaparición de su gran pulmón verde−, le han comprado el discurso al populista líder de la ultraderecha carioca. Por supuesto, Bolsonaro nunca hubiese llegado al poder sin la colaboración de grandes poderes financieros, multinacionales y empresarios locales interesados en entrar “a saco” en el gran negocio del Amazonas.

Los proyectos del controvertido presidente contienen planos para un desarrollismo desbocado repleto de puentes, explotaciones mineras, carreteras y factorías agrícolas y ganaderas. Además de un premeditado plan para acabar con las minorías étnicas y tribus amazónicas, auténticas guardianas custodias del paraíso virgen. Según la Plataforma Open Democracy, existen informes oficiales detallados que ponen al descubierto los auténticos propósitos del líder ultraderechista brasileño. Por ejemplo el macroproyecto Calha Norte (Canal Norte), que prevé la construcción de la central hidroeléctrica del río Trombetas, la instalación del puente de Óbidos sobre el Amazonas y el despliegue de la carretera BR 163 hasta la frontera con Surinam. En uno de los capítulos de ese proyecto se apuesta además por redefinir los paradigmas del indigenismo y el ambientalismo según los dogmas políticos del “liberalismo conservador”. Es decir, acabar con las tribus autóctonas, que se han convertido en un incómodo estorbo para los planes de Bolsonaro.

Según el informe Canal Norte, la intención de las autoridades es crear “infraestructuras estratégicas para la defensa de la frontera norte del país”. Cabe recordar que Calha Norte es una vieja idea que ya fue lanzada en los años 80, durante el Gobierno de José Sarney, bajo las fuertes presiones de Estados Unidos, cuyas grandes empresas multinacionales siempre han estado interesadas en los futuros negocios del Amazonas. En aquella ocasión la justificación, el pretexto para lanzar el proyecto, fue la fuerte presencia de militares cubanos en Surinam, así como las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), lo que constituía una hipotética “amenaza comunista” para Brasil. Sin embargo, tras la excusa fácil de la defensa estratégica del país no había más que un claro interés económico: entrar en la Amazonia con todas las de la ley o sin ella para explotar sus preciados recursos naturales.

Calha Norte prevé recuperar aquel proyecto del Ejército brasileño de los años 80, en plena Guerra Fría, que pretendía urbanizar un territorio de 1,5 millones de kilómetros cuadrados a lo largo de ocho estados –Acre, Amapá, Amazonas, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Pará, Rondonia y Roraima–, un área más grande que todo el territorio de Perú o la mitad de Argentina o todo Irán. El plan se llevaría a cabo mediante la liberación de territorio, ganando espacio a la selva, talando árboles y llenando de hormigón uno de los espacios protegidos con mayor biodiversidad del planeta. En definitiva, esquilmando el patrimonio verde de la humanidad. Bolsonaro ya se lo ha dicho claro a la comunidad internacional: “Ustedes se desarrollaron desforestando y contaminando; ahora nosotros queremos tener la misma oportunidad”.

Organizaciones ecologistas como Greenpeace o el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) han alertado de que implementar tales “proyectos depredadores” tendrá un impacto ambiental devastador, no solo para aquella zona virgen de Brasil sino para el resto del mundo, ya que del frágil equilibrio del Amazonas depende en buena medida el freno al calentamiento global.

Todo apunta a una violenta campaña puesta en marcha por poderosas élites sociales y financieras y por grupos de presión afines a Bolsonaro embarcados en la descabellada aventura del urbanismo predatorio para el Amazonas propuesta por el polémico presidente ultra. Los ecologistas ya han visto la mano negra de las industrias de hidrocarburos, mineras, madereras, agrícolas y ganaderas empeñadas en crear infraestructuras y abrir pastos donde ahora todavía hay frondosos bosques tropicales, monos, felinos, especies acuáticas, aves, insectos, reptiles y anfibios únicos en el mundo. De ahí que Bolsonaro haya declarado la guerra a las oenegés, consciente de que para llevar a cabo sus maquiavélicos planes económicos necesita ganar la batalla de la opinión pública en su país. En los informes del Gobierno brasileño se alerta, engañosamente, sobre el peligro que corre “la soberanía nacional en la Cuenca Amazónica” debido a la “opresión psicológica” internacional y al supuesto “colonialismo” de las potencias extranjeras. Pura demagogia y retórica vacía.

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