Foto: Jaume Prat.


A tres o cuatro minutos a pie del centro urbano de Logroño encontramos la sede del Ayuntamiento, que ocupa una manzana entera de un ensanche de trazado decimonónico. El edificio, obra del arquitecto Rafael Moneo, fue entregado en 1981. Tiene algo menos de cuarenta años y está perfectamente conservado. Este edificio, clave para entender la arquitectura pública española de los siguientes diez años, sigue desconcertando por expresarse mediante contradicciones. El Ayuntamiento es simultáneamente clásico y moderno. Perteneciente a Logroño y ajeno al lugar. Humano y cálido, táctil, amable y solemne, a la vez distante, intimidante. Difícilmente deja indiferente a cualquier visitante casual.

El edificio se proyecta y construye en medio de un debate cultural que tienen como marco la crisis de una modernidad que se considera culpable de haber creado un mundo gris, al borde de la desesperación, con una guerra fría enquistada y un retorno al conservadurismo más rancio. En España Franco ha muerto y su muerte se celebra con una alegría excitada, paroxística: muchas de las manifestaciones artísticas de la época serían hoy en día censuradas y condenadas. Almodóvar no hubiese podido filmar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, La Bola de Cristal se hubiese prohibido, etcétera. En arquitectura: si falla la modernidad también falla el Movimiento Moderno. Será el tiempo de los -ismos, de las izquierdas abrazando de manera reaccionaria estilos arquitectónicos tales como una especie de clasicismo banal e inculto supuestamente más comprensible para gente poco educada que las abstracciones vanguardistas, clasicismo en el fondo tan ajeno al lugar como lo pudiese ser una torre de oficinas de vidrio.

El nombre del -ismo principal: Postmodernismo.

El Ayuntamiento de Logroño está a medio camino de todo, de aquí su expresión mediante contradicciones. Su planteo se debe a operaciones geométricas de una abstracción profunda, principalmente dos cuadrados girados cuarenta y cinco grados uno dentro de otro en una extraña posición excéntrica. La intersección entre estos dos cuadrados es el cuerpo construido. El cuadrado pequeño interior, la plaza. La geometría define el Ayuntamiento con la misma potencia y autoridad que cualquier arquitectura griega o romana. El espacio público resultante no es menos extraño: una plaza sin arbolado, no fuese que dejase la fachada principal sin perspectiva, batida por el sol y los elementos, inhóspita… abrazada por dos soportales diferentes, uno más bajito, otro a toda la altura del edificio, uno excavado, otro adosado, que definen espacios más amables y paseables dirigidos a la entrada, ubicada en el vértice convirtiendo el conjunto en un edificio-rincón, forma habitual en los entornos construidos medievales más densos y torturados, nada usual en edificios de esta ambición y magnitud. Esta entrada en el vértice provoca una especie de inversión de la solemnidad clásica, evidenciando que el edificio es una especie de espacio en negativo, un juego de fondo-forma parecido a la bandera de Canadá, que tanto son dos rostros de indios enfrentados como una hoja de arce. Rafael Moneo es un arquitecto de cultura excepcional, muy cerebral, capaz, sin embargo, de emocionar con sus obras llegando a resultados originales, genuinos, mezclando una miríada de referencias clásicas, modernas, nórdicas, mediterráneas, castellanas, americanas, etcétera, en una especie de cóctel que es a cada una de estas referencias lo que una crema de verduras a las verduras con que la preparamos.

El otro rasgo característico del Postmodernismo es el cuidado, la atención al lugar. Los edificios no se quieren imponer al lugar, sino sobreponerse y completarlo. En el Ayuntamiento incluso esto es contradictorio. La plaza parece un espacio extraño, ajeno, mientras que las relaciones que el resto del programa teja con los alrededores son riquísimas: fachadas planas separadas de la calle por un patio inglés bellamente matizadas por unos árboles crecidos, el cuerpo de la sala de juntas como una especie de sala hipóstila que crea un pedazo de ciudad nuevo tras suyo, la voluntad de edificio-pasaje atravesable en bicicleta… y el material. El Ayuntamiento está poderosamente aplacado de una piedra calcárea local dispuesta en gruesos casi inverosímiles, en algunos puntos de casi veinte centímetros, modulada según códigos secretos entre los picapedreros y el propio Moneo en un despiece dado por la lógica de trabajo del material. Esta presencia de la piedra, esta tactilidad, es lo que acaba dando el carácter más logroñés al edificio.

De todas las referencias usadas por Moneo destacaría una que, por lo que sea, ha pasado más o menos desapercibida a pesar de su evidencia: la de las obras del pintor surrealista Giorgio de Chirico, obras que reivindican un retorno al pasado a través de bellísimas imágenes de espacios urbanos vacíos, perspectivas forzadas que entroncan tanto con un pasado romano como con las técnicas renacentistas de pintores como Piero della Francesca, pioneros en el uso de la perspectiva, técnicas llevadas a un plano protagonista desde su papel originario de fondo neutro sobre el que destacaban los temas religiosos. Contra las referencias comunes y populares de las izquierdas, de Chirico representa el inconsciente, la individualidad que recuerda un arquetipo refugiado en algún lado de nuestro interior. De Chirico crea sí unos paisajes atemporales, rompedores e históricos a la vez.

El Ayuntamiento de Logroño podría ser sin ninguna alteración el protagonista de uno de los cuadros de Giorgio de Chirico. No es un tema menor. Con él Moneo introduce el matiz de reflexión entre las pulsiones individuales y la colectiva. Sobre la naturaleza de la ciudad, del espacio público y del espacio representativo. Rafael Moneo representa en este edificio lo más positivo de la ambición del arquitecto para bien y para mal: el demiurgo que, sin que le tiemble la meno, arregla una manzana entera a través de un único gesto que después se matizará y se trabajará hasta la exasperación, la decisión individual que ha de revertir en el colectivo, muy agradecida cuando sale bien, catastrófica cuando no. Giorgio de Chirico, al igual que su colega Salvador Dalí, fueron expulsados del Movimiento Surrealista por traidores. Dalí, buen amigo de Andy Warhol, encantado con sus movidas de finales de los setenta y de los ochenta que declaraba estar enamorado de los punks por ser hijos de la mierda, pintor de excepcional intuición espacial compartida con su compañero de Chirico, hubiese estado encantado ante la excepcional riqueza de relaciones que plantea el Ayuntamiento de Logroño, ante su vigencia, la vigencia tanto de las piedras, del cuerpo construido, como de lo que plantea. Contento, seguro que hubiese exclamado al verlo ¡biuerrrrr! ¡Logroñññññño is in da jaus!

Y caso que le tendríamos que hacer.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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