El ser humano siente especial fascinación por el misterio, lo oculto, la conspiración. La verdad suele ser bastante previsible y difícil de digerir mientras que el relato fantástico estimula, entretiene y en ocasiones reconforta y proporciona explicaciones ante un mundo hostil y sin sentido. De alguna manera, el cuento conspiranoico se le puede meter a uno en el cuerpo, como una droga, hasta convertirlo en seguidor o miembro de una especie de secta. Magnicidios, golpes de Estado, crímenes, vidas de famosos, revoluciones, serendipias, historias de fantasmas, ovnis, marcianos y hombrecillos verdes, cualquier pretexto es bueno y puede servir como material para construir una más que sólida teoría de la conspiración.

Mantener que la Tierra es plana y lanzarse a un crucero por el océano hasta llegar al borde del planeta para demostrar la hipótesis terraplanista es para cierto tipo de gente algo mucho más apasionante que estudiar los voluminosos tomos de geografía, astronomía o geología que en ocasiones exigen un ímprobo esfuerzo. Creer que Elvis Presley no ha muerto y que vive en una isla paradisíaca excita la imaginación y horas de entretenida conversación con otras personas más o menos friquis. Y argumentar en un programa de televisión que el ser humano nunca llegó a la Luna puede hacer que alguien se sienta más importante que el propio Stephen Hawking. El componente escapista de la realidad, calmante o de fascinación no es el único que motiva a los conspiranoicos; algunos también se suman al delirio por soberbia, por pedantería mal entendida, por alcanzar fama y notoriedad en un mundo dominado por la cultura de los likes en redes sociales o por simple ignorancia.  

El escritor leonés Alejandro Gallo ha hecho un paréntesis en la novela negra histórica para abordar el espinoso asunto de las conspiraciones que hoy causan furor y se propagan por todo el planeta, provocando un cataclismo en las ideologías y profundos estragos en las sociedades modernas. En los dos tomos de su formidable y pionera investigación, Crítica de la Razón Paranoide, Gallo parte de la tesis de que ninguna conspiración es “inocua o inocente”, sino que todas ellas traen nefastas consecuencias a la humanidad. De alguna manera, según el escritor y comisario jefe de la Policía Local de Gijón, las teorías de la conspiración son como una pandemia, se han inoculado en la sociedad y, gracias a Internet se han multiplicado como el peor de los virus.

Historiador y doctor en Filosofía, autor de las novelas Franco debe morir y Morir bajo dos banderas, Alejandro Gallo nos advierte de que este tipo de juegos intelectuales pueden resultar peligrosos, ya que la historia nos enseña que suelen conducir “a la represión, a matanzas indiscriminadas y hasta el genocidio”. ¿Qué fueron las dictaduras del siglo XX sino grandes teorías de la conspiración hechas realidad por obra y gracia de mentes perturbadas como las que guiaban a Hitler, Mussolini y el propio Francisco Franco? El dictador español se convirtió en un auténtico maestro en la disciplina, y todavía hoy, 45 años después de su muerte, hay incautos (cada vez más) que se tragan que España es víctima de una gran confabulación judeomasónica con la colaboración de los comunistas para destruir la patria.

“En efecto, Hitler y el Partido Nazi alentaron la conspiración de que los judíos querían dominar el mundo y someter a la raza aria; Benito Mussolini defendió que la conjura venía de los ingleses, los poderosos capitalistas extranjeros y los judíos; Franco patrocinó que existía un complot de la masonería contra el pueblo español; y Stalin acuñó la conspiración del enemigo del pueblo para justificar sus purgas”, explica Gallo. Hoy los grandes aprendices de caudillos populistas como Matteo Salvini en Italia, Jair Bolsonaro en Brasil o Viktor Orbán en Hungría propalan todo tipo de leyendas sobre enemigos invisibles que han llegado de alguna parte para embaucarnos y acabar con nuestro modo de vida tal como lo conocemos. Para toda esta gente los inmigrantes, los homosexuales, las feminazis y los ateos comunistas suelen ser los candidatos perfectos para encarnar el papel de espantajo, monstruo o amenaza peligrosa.

Pero sin duda, el gran apóstol político de la conspiranoia moderna no es otro que Donald Trump, el presidente derrotado de los Estados Unidos que en estos cuatro años de mentiras y bulos (hasta 30.000 embustes le han contabilizado en redes sociales) ha agitado todo tipo de teorías aberrantes, como que el mundo está en manos de una mafia que secuestra niños para beber su sangre en la que toman parte los Clinton, Soros y Bill Gates; que el coronavirus es un invento de China para hundir la economía americana (al final, cuando los muertos se contabilizaban ya por miles, tuvo que aceptar la evidencia); y que Joe Biden le ha robado las elecciones presidenciales. Su delirio es de tal calibre que los psicólogos consideran al magnate norteamericano como un trastornado emocional, lo cual no ha sido obstáculo para que 74 millones de estadounidenses le hayan dado el voto en las últimas elecciones cuya surrealista traca final fue el asalto al Capitolio perpetrado por sus fieles correligionarios supremacistas, una imagen que ni el más imaginativo escritor de novela distópica hubiese podido imaginar.

“A través de QAnon [el gran movimiento conspiranoico yanqui que apoya a Trump] se ha potenciado entre la gente la creencia de que existe un Estado Profundo que quiere controlar los Estados Unidos y que Trump, dicen, está combatiendo con fuerza. Esta creencia ha llevado a diferentes matanzas y tiroteos en los Estados Unidos, como el caso Pizzagate, que llevó a un ciudadano norteamericano, Edward Walch, a asaltar una pizzería con un fusil para liberar a los niños que supuestamente habían sido secuestrados por elementos del Estado Profundo”, recuerda Gallo.

Para escribir su Crítica de la Razón Paranoide, el autor ha partido de su propia tesis doctoral. “Este trabajo va dirigido a ese lector medio. Le invito a que me acompañe en una investigación por las tripas de esos constructos conspirativos para que comprenda cómo se han creado, a qué intereses espurios obedecen, cuáles son los peligros que comportan y las razones por las que se están extendiendo de forma viral por la atmósfera cultural como forma de interpretar la realidad y la Historia”, añade.

La razón paranoide es una forma de interpretar la realidad y la Historia que “si en épocas pasadas se circunscribía a sectores políticos de la extrema derecha y se situaba en la marginalidad, en la franja lunática de la atmósfera cultural, hoy en día se ha extendido y se ha convertido en lengua franca, donde ya no hay ningún acontecimiento que se dé en la realidad, véase la pandemia de la covid-19 o los atentados del 11-S o el 11-M, que no sea interpretado con los elementos propios del conspiracionismo, cuestión que ya no se ciñe solo a los sectores de la extrema derecha, sino que también abarca a sectores de cierta izquierda”.

El ensayo es también un viaje por la historia, la literatura, la filosofía, las cloacas de la epistemología y de la retórica política, pero sobre todo es un análisis de los momentos convulsos que ha vivido y vive la humanidad. Si algo hemos aprendido es que en tiempos de crisis y convulsión las teorías de la conspiración florecen como setas. Guerras, catástrofes naturales y pandemias son el mejor caldo de cultivo para este tipo de corrientes de pensamiento que no dejan de ser la nueva contracultura llegada para terminar de ahondar en la caída del imperio de Occidente.

Según Gallo, la pandemia del covid-19 nos ha demostrado cómo en esos momentos de confusión histórica las creencias sobre un poder oculto que conspira contra el ser humano provocan auténticos cataclismos mundiales. Tenemos bien recientes los bulos que algunos gurús de las redes sociales y tuiteros varios han tratado de difundir a propósito de la plaga, como que el virus ha sido creado en laboratorios de multinacionales farmacéuticas, que es producto de la guerra bacteriológica, que todo es culpa de las torres 5G, de Bill Gates, de los jerarcas comunistas chinos e “incluso de algún iluminado que mencionó a los extraterrestres”, ironiza el novelista.

Quizá la primera gran teoría de la conspiración vio la luz entre 1347 y 1353, coincidiendo con la peste negra. La enfermedad mataba por miles y no había ciencia para explicar lo que estaba sucediendo. El terror, la violencia y la superstición se extendían por toda Europa y lo más fácil era atribuir la hecatombe a un castigo divino o al demonio aliado de las brujas que conspiraba contra el proyecto de Dios en la Tierra. Miles de mujeres fueron acusadas de hechicería y muchas terminaron en la hoguera, aunque nunca se sabrá el número exacto de ejecuciones, en las que el Tribunal de la Santa Inquisición jugó un papel determinante. Ciertamente, el problema que se le plantea a la humanidad es de la máxima gravedad, sobre todo porque la tóxica epidemia de conspiranoia y negacionismo va creciendo y captando cada vez más adeptos. Las nefastas leyendas y cuentos delirantes se materializan, se hacen realidad y lo acaban pudriendo todo, desde la historia que se revisa a la luz de las más disparatadas teorías (ahí está Vox, que niega que Franco diera un golpe de Estado), hasta la ciencia (Trump ha aconsejado beber detergente para curar el coronavirus y algunos grupos antivacuna, homeópatas y naturistas creen que el covid se cura tomando vitamina C, aspirando infusiones de frutas del bosque, bebiendo el propio orín o con baños de sol).

Desde Karl Mannheim y Karl Popper, son numerosos los filósofos que han estudiado el fenómeno del conspiracionismo. Richard Hofstadter se centró en el estilo paranoide de ciertos candidatos políticos del ala más conservadora de los republicanos en Estados Unidos. Incluso Umberto Eco dedicó parte de su obra a analizar la cuestión y consideró las teorías de la conspiración como una de las catorce características imprescindibles de lo que denominó UR-Fascismo o Fascismo Eterno. Por supuesto, la literatura se ha acercado también al tema conspiracionista proporcionando un material precioso para un sinfín de obras, tanto en novela como en teatro. William Burroughs consideró la conspiración como una adicción; algunas obras de Thomas Pynchon (La subasta del lote 49 y Arco iris de gravedad) están plagadas de conspiracionismo; a Don DeLillo se le considera “El chamán jefe de la escuela paranoide de la ficción”, sin olvidar a Norman Mailer y David Foster Wallace. “Y en el centro de todos, Philip K. Dick, que en una de sus novelas, Tiempo desarticulado —que inspiró la película El show de Truman—, fue capaz de sintetizar el pensamiento conspiratorio, donde la realidad es la propia conspiración que subyace bajo el cúmulo de sensaciones que recibimos en el día a día”, explica Gallo. El autor leonés cree que para luchar contra cualquier “constructo conspirativo” que se nos presente “debemos conducirnos debatiendo objetivamente sobre los hechos; confrontando todas las versiones, sin creer en nada ni en nadie y verificándolo todo sobre la base de las mejores fuentes, ya sean testigos directos, testimonios indirectos fiables, documentos, informes y comunicados”. O tirar de la sencilla fórmula empleada por la Interpol para reprimir las estafas: “Estate atento, sé escéptico y mantente a salvo”.

1 Comentario

  1. El extraño mundo de la conspiración está muy pero que muy extendido. Sin ir más lejos el señor Manel Mas en los artículos de opinión de este diario, bajo el título ¿Cuál es el problema real de España? desarrolla una teoría conspirativa, según la cual los problemas de España y Cataluña están causados por la existencia de un grupo, una élite ociosa relacionada con el poder central, que viven del dinero que España roba a los catalanes. Cuyos miembros conspiran para evitar cualquier cambio en el modelo territorial para así poder seguir viviendo del dinero robado.

    No se pierdan el cuento; tiene todos los ingredientes de las mejores teorías conspiranoicas.

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