Cuando ya no sabes distinguir entre el original y la copia es porque algo grande ha pasado. Cuando ambas figuras se superponen en concordancia es porque prima la calidad y la maestría. Es lo que ha logrado sin duda el Premio Príncipe de Asturias 2014, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), con su pseudónimo Benjamin Black, que solo sale a la palestra para plantear historias negras, con un misterio siempre que resolver, pero con un estilo literario de altos vuelos, nada hallarán aquí de ese coser y cantar del que los asiduos del subgénero noir abusan con tanta frecuencia.

Y no es porque el aclamado autor irlandés considere de segundo plato la novela negra, sino por un afán de distinción de dos mundos literarios perfectamente compartimentados. Ahora, en contra de lo acostumbrado, el premiado autor de novelas como El mar (2005) o El libro de las pruebas (2014), abandona su conocido Dublín de mediados del pasado siglo para irse muy lejos en el espacio y el tiempo: a la Praga de 1599.

Bajo el pseudónimo de Benjamin Black, Banville ha dado vida a la serie protagonizada por el doctor Quirke, publicadas entre 2007 y 2017 y compuesta por los títulos El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, En busca de April, Muerte en verano, Venganza, Órdenes sagradas y Las sombras de Quirke.

Pero probablemente el reto más interesante en el que se ha embarcado Banville con su inseparable Black ha sido hasta ahora La rubia de ojos negros. Esta novela de 2014 sirvió para resucitar al mítico detective Philip Marlowe, por encargo expreso de los herederos de su creador original, Raymond Chandler. El reto lo saldó con nota, no se podía esperar menos de un autor con incontables galardones y posicionado desde hace años para alzarse con el Nobel de Literatura.

Tal es la inseparable importancia del pseudónimo de Banville en su trayectoria literaria que el jurado del Premio Príncipe de Asturias lo reconoció “por su inteligente, honda y original creación novelesca” y por “su otro yo, Benjamin Black, autor de turbadoras y críticas novelas policiacas”.

Los lobos de Praga sorprende a todos: en el lejano siglo XVI, Black viaja a la corte del Sacro Emperador Romano, el excéntrico Rodolfo II, sobrino de Felipe II. En ese contexto, un joven alquimista erudito, bastardo del príncipe-obispo de Ratisbona, llega al frío invierno de la Praga de 1599 para hacerse un hueco entre los altos cargos con el deseo de hacer fortuna. Pero una noche de borrachera tropieza con el cadáver de una joven tirada en la nieve con un profundo corte en el cuello. El emperador no duda en encomendarle la misión de desvelar el crimen.

Qué duda cabe que Los lobos de Praga será sin duda la novela que sirva para escenificar el acercamiento de original y sosias

El propio Banville reconoce que Los lobos de Praga es una fantasía histórica, aunque concreta que “es cierto que la vida en la corte de Rodolfo II era totalmente fantasmagórica”, añade. También advierte al lector para que separe los personajes históricos de los inventados por la mente del irlandés. “El emperador Rodolfo por supuesto existió, por extraordinario que fuese, y lo miso John Dee y Edward Kelley. Elisabeth Jane Weston era la hijastra de Kelley, y en los años siguientes en Praga fue muy admirada como poeta: merece una novela para ella sola”, explica Banville.

Abriendo el foco, qué duda cabe que Los lobos de Praga será sin duda la novela que sirva para escenificar el acercamiento de original y sosias, después de haber caminados ambos ‘autores’ por caminos perfectamente reconocibles y distinguibles. Aquí podemos hallar al Banville amante del detalle, de lo estético, de la belleza de la palabra, del ser dotado para la narración excelsa. Al mismo tiempo, el ritmo de la intriga se lo debemos al más clásico Black, sin duda.

La elección de Praga como escenario histórico de su nueva novela no es casual. Todos conocen la veneración que el autor irlandés siente por la capital checa. En su personal y conmovedora Imágenes de Praga deja constancia de su entregado amor a esta ciudad centroeuropea.

En la trama, y como acostumbra la genialidad creativa del irlandés, el misterio no pasa a un segundo plano pero queda perfectamente solapado en equilibrio por la maravillosa recreación histórica que hace Black de aquella corte de cortesanos, enanos, jorobados, nigromantes, haciendo un todo unificador que eleva Los lobos de Praga a una de las mejores obras de Black, y por supuesto también de Banville.

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