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Bendita vacuna… ¿Maldita vacuna? (I)

Javier Pérez Soriano
Profesor de Secundaria. Licenciado en Química. Técnico Superior de Prevención de Riesgos Laborales y Máster Universitario en PRL. Formador de Formadores en Seguridad y Prevención de Riesgos Laborales. Autor del portal www.prevenciondocente.com
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análisis

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Cuando comenzó la pandemia, se veía a la vacuna como el preciado maná que nos sacaría de una más que probable larga travesía por el desierto, como efectivamente así podemos denominar al período que ha transcurrido desde marzo de 2020 hasta hoy. Había un amplio abanico de posibilidades que utilizaban mecanismos diversos para hacer frente al virus. Esto suponía una mayor garantía, ya que si una no funcionaba bien, lo podrían hacer las otras. Bendita vacuna.

Recuerdo las charlas que daba al profesorado al comienzo del curso, en las que comentaba las distintas opciones de vacunas en su fase de ensayo clínico, a la vez que indicaba que una de las que más esperanzas generaba era la de Oxford, hoy conocida como AstraZeneca. Ya en aquella época empezó a venderse la medida de la vacunación, no como una capa más de protección, sino como la solución definitiva que nos devolvería a la normalidad, y todo ello sin advertir de los posibles riegos como contratiempos, reacciones adversas o efectos secundarios que podrían entrañar unas vacunas que, desarrolladas en tiempo récord, se han puesto rápidamente en el mercado por cuestiones obvias.

Cuando al personal esencial, como cuerpos de seguridad del estado, autonómicos y locales, cuerpos de protección civil y emergencias, profesorado, se nos dijo que nos iban a inocular la vacuna AstraZeneca, pocos querían ponérsela, porque por aquellas fechas ya se le llamaba de manera inmisericorde «la mala», dado que, según los estudios, tenía menor efectividad que la llamada «buena», la Pfizer. Solo algunas voces en aquel tiempo alertábamos de que «la peor vacuna es la que no se pone» y que «era un privilegio ser de los primeros colectivos en vacunarse». En ese ambiente comienza la vacunación con imágenes que abrirían todos los informativos de esos primeros días.

Todo parecía que volvía a la calma, pero de buenas a primeras la situación da un giro copernicano al aparecer episodios inusuales de trombosis «raras», que alarman a las personas inoculadas y a la opinión pública en general. A partir de ahí, comienza un auténtico despropósito, debido a una mala comunicación y a una cadena de decisiones desacertadas que todavía hoy perduran.

Con la aparición de los primeros trombos, la actuación inicial de las administraciones fue tratar de tapar dicha reacción adversa y elaborar una campaña de lavado de imagen de la vacuna en pleno proceso de vacunación. Todavía recuerdo perfectamente la vulneración de derechos que se produjo con mi compañera de Marbella, que perdió la vida por uno de esos trombos, de la que, sin ningún pudor ni recato, y conculcando todos sus derechos, se publicaron en prensa su nombre, el resultado de la autopsia preliminar y la filtración de la existencia de unos supuestos antecedentes que eran difíciles de detectar, todo con la finalidad de que quedara claro que su muerte no tenía nada que ver con la vacunación. El fin último era remar a favor del viento, pasando por encima de quien hiciera falta si era necesario; sin embargo, la situación vuelve a dar un nuevo giro inesperado, y de buenas a primeras varios países, encabezados por Alemania, paralizan el proceso de la vacunación con AstraZeneca, porque esos trombos tan inusuales y difíciles de relacionar hasta entonces con la vacuna, ya comienzan a dejar de serlo. Llegados a este punto, la Agencia Europea de Medicamentos se toma un tiempo para estudiar la posible causa-efecto de la vacunación con dichos casos.

Y así, la situación pasa del blanco al negro de un día para otro. Cuando en principio, a falta de los datos de su eficacia en personas mayores se recomienda su uso en menores de 55 años, ahora, sin que ningún otro estudio clínico haya cambiado las recomendaciones, se decreta inyectarla en mayores de 60 años, comenzando así de manera inmediata su inoculación para que no se pierdan las vacunas almacenadas en los frigoríficos. Posteriormente, se reanuda también la vacunación en los menores de 55 años tras el informe favorable de la Agencia Europea de Medicamentos, en base a que los beneficios de la vacuna superaban a los riesgos, pese a que se reconocía la causa-efecto de la muerte por trombosis con la vacunación. Al mismo tiempo, en esa fecha, vuelve a salir a la palestra en los medios de comunicación mi compañera de Marbella. Otra vez hacen revivir a la familia el suceso y, en este caso, la autopsia ya declara que su muerte está asociada al proceso de vacunación, y que las patologías previas que antes parecían existir desparecen por arte de magia. Ahora hay que remar en dirección opuesta, porque en una nueva vuelta de tuerca se vuelve a detener la vacunación en menores de 55 años con la vacuna AstraZeneca, que ahora ha cambiado de nombre a Vaxzevria para intentar regatear a la polémica que va asociada a la marca. Esta nueva paralización se hace con la finalidad de comenzar a realizar un estudio por parte del Ministerio de Sanidad a través del Instituto de Salud Carlos III, con el objetivo de comprobar la efectividad de la combinación de AstraZeneca con Pfizer.

El resto de la historia, que es la más reciente, ya la sabemos: un estudio basado en solo 600 personas para decidir qué se hace con los aproximadamente otros dos millones de vacunados que recibieron la primera dosis de AstraZeneca; personas que no querían inocularse la primera dosis de dicha vacuna, pero que ahora exigen su segunda; no pedir consentimiento al vacunado para romper la pauta de vacunación acorde a la ficha técnica de cada vacuna, pero sí hacerle firmar de manera expresa para poder mantenerla; recomendaciones de la EMA y diecisiete sociedades médicas llevando la contraria al Ministerio, que hace suyo el informe de la Carlos III; deslealtades institucionales por parte de algunas comunidades autónomas al retorcer el sentido de lo aprobado en el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, o un «problema de comunicación» de este organismo al transmitir las instrucciones a cada comunidad, y entre medias, dos millones de personas declaradas esenciales con desconfianza, inquietud e inseguridad, que sin tener formación específica sobre la materia en la mayoría de los casos, tienen que decidir, recibiendo informaciones contradictorias, qué vacuna eligen como segunda dosis. Ante toda esta incertidumbre, muchos de ellos ahora mismo están pensando «¡maldita vacuna!».

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1 Comentario

  1. Buen artículo. La travesía de sus protagonistas lo dice todo. ¿Hace falta más? No estaría mal uno en la misma línea, apuntando a los efectos para la salud, a todo plazo, del uso continuado de mascarillas.

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