“Señoría, ¿ese abogado que me pregunta es el abogado del señor Puigdemont?”, interpeló al juez un desafiante Aznar, tratando de desviar la atención, durante el juicio por los sobresueldos del PP. Ante la impertinencia, el magistrado le aconsejó que dejara de hacer insinuaciones que no venían a cuento sobre los enemigos de España y le invitó a ceñirse a la caja B del partido. “Yo no me dedicaba a buscar cajas fuertes”, respondió finalmente, con arrogancia, el ex presidente del Gobierno. El letrado en cuestión era Gonzalo Boye, que representa a una de las acusaciones populares en el procedimiento contra el Partido Popular y que también es el defensor del ex presidente de la Generalitat, hoy fugado en Bélgica.

La escena no hacía otra cosa que poner de manifiesto que Aznar, lejos de mostrarse intimidado por el tribunal, se sentía tranquilo, fuerte, impune. A esas alturas de su declaración como testigo por videoconferencia, estaba claro que al tío de las Azores este vodevil de Bárcenas apenas le suponía una leve molestia, todo lo más le robaba media hora de su partida diaria de pádel. La declaración de Aznar ha sido un caso práctico de amnesia y negacionismo que debería enseñarse en todas las facultades de Derecho. Nunca cobró donativos del PP, jamás vio ni autorizó los famosos “sobres marrones” y en ningún momento tuvo conocimiento de la doble contabilidad denunciada por el extesorero Bárcenas, que estos días sigue tirando de su manta infinita.

Cualquier honrado ciudadano en el lugar de Aznar hubiese temblado de miedo. No es pecata minuta ni plato de buen gusto que la Justicia lo llame a uno a declarar para preguntarle sobre asuntos tan graves como el cobro de comisiones, las gratificaciones en B, en definitiva, sobre el mangoneo que los altos cargos del PP se llevaron durante décadas, concretamente desde el Pleistoceno Superior de nuestra democracia, cuando las trapacerías del caso Naseiro, el primer gran asunto de corrupción del Partido Popular que estalló poco después de la llegada de Aznar a la presidencia del partido en 1989.

Sin embargo, lejos de ponerse nervioso, el expresidente ni siquiera movió un músculo facial ni pestañeó, aunque eso tampoco es fácil afirmarlo con rotundidad, ya que se había colocado la mascarilla bien alta, casi a la altura de la frente, para que los abogados no pudieran analizar su expresión mímica, un elemento esencial en cualquier interrogatorio. Prácticamente, al testigo solo se le veían los ojos, esos ojos que un día convencieron a los españoles de que Sadam Husein quería envenenarnos con sus armas de destrucción masiva, esos ojos con los que Aznar es capaz de fulminar a un sociata que se atreva a insinuar que el 11M no fue cosa de ETA. De esta manera, aunque el expresidente sea más inocente que un ángel del portal de Belén en todo este embrollo de los papeles de Bárcenas, la sensación que producía era exactamente la contraria: totalmente enmascarado y con el rictus severo que dejaba entrever su mirada de duro del Oeste recordaba más bien a uno de esos villanos con antifaz de los cómics de la Marvel.

Extraña que a un señor que está en su casa en pantuflas, detrás de la pantalla del ordenador y sin nadie al lado, se le permita dirigirse a un tribunal camuflado tras una mascarilla contra el coronavirus. ¿Por qué se le concedió esa ventaja que no hubiese gozado ningún otro testigo? Prebendas y privilegios del poder. ¿Por qué sus señorías no le conminaron a quitarse la careta, como es preceptivo según la ley? Simple y llanamente porque Aznar es Aznar y todavía infunde miedo reverencial en la judicatura.

El caso es que las reiteradas peticiones de los abogados de las partes para que el hombre de la guerra de Irak diera la cara cayeron en saco roto y al final se le aceptó la FFP2 y el argumento de que él es un hombre cumplidor con las normas sanitarias. Como si a Aznar le importaran mucho los protocolos de las autoridades y el intervencionismo del Estado bolchevizante. Recuérdese aquella ocasión en la que, ante una campaña contra el abuso de alcohol al volante de la DGT (el famoso “no podemos conducir por ti”), Aznar se burló de todos diciendo aquello de “¿y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí?”, pidiendo que “le dejaran beber tranquilo”. De modo que Aznar nunca fue un dechado de civismo solidario.

Al final, el presidente del tribunal lo despidió con un “muchas gracias señor Aznar y perdone las disculpas por haberlo tenido que hacer por la tarde”. Solo le faltó decir aquello de López Vázquez de “a los pies de su señora”.

Quizá el mal efecto que producía ante la cámara un Aznar enmascarado llevó a Mariano Rajoy a optar por jugárselo a todo o nada y comparecer sin mascarilla, a pelo, como un valiente. Dos enmascarados ante los jueces en una sola tarde era demasiado, incluso para dos miembros del partido más corrupto de Europa. Por supuesto, el expresidente gallego también lo negó todo: “En mis cuarenta años en el PP no he oído a ningún dirigente ni militante hablar de la caja B. Son los papeles del señor Bárcenas, que él tendrá que explicar”, alegó el hombre de los trabalenguas imposibles. Media España asistió a su comparecencia telemática, más por si soltaba algún chascarrillo de los suyos que por lo que pudiera aclarar sobre los famosos “sobres marrones” que iban y venían por Génova, que de eso nunca sabe nada.

No obstante, enseguida se vio que si alguien necesitaba la mascarilla con urgencia ese era Rajoy, y no por guardar la distancia de seguridad para no pillar el bicho de Wuhan, sino porque al poco tiempo de comenzar el interrogatorio empezaron a aflorarle sus característicos e inoportunos tics faciales, primero el de cejas, luego el de nariz y el de mandíbula prognata, que no transmiten precisamente seguridad en sí mismo y sinceridad. Cada vez que el expresidente se acercaba a la pantalla del ordenador para jurar y perjurar que jamás ha visto a ningún compañero trincando un sobre en B, la ceja se le movía sola, delatoramente, a la virulé. La gente del cine y la televisión sabe que a un actor que no aguanta un primerísimo primer plano hay que rodarlo siempre de lejos, en panorámicas o todo lo más en planos medios, porque de lo contrario no resulta convincente. Lamentablemente para él, Rajoy ya no tiene asesores que le saquen su mejor perfil y esta vez tuvo que enfrentarse solo ante el peligro ante los servidores de la Justicia. ¿Convenció a España de que no sabía nada de los fatídicos sobres? No parece.    

Al final, los dos ex presidentes del Gobierno se despidieron amablemente de sus señorías, que se disculparon por haberles hecho perder el tiempo. Faltó poco para el besamanos.

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3 Comentarios

  1. Panorámica es un movimiento de la cámara sobra alguno de sus ejes, no confundir con plano largo, por si interesa.

    • Tiene usted razón pero también lo tiene el autor del artículo porque tal y como dicta la RAE: En cine y fotografía, panorámica es: Fotografía o sucesión de fotografías que muestran un amplio sector del campo visible desde un punto.

  2. Asnar, con su cara de gravedad con la que respalda su apellido, de nuevo con pose de catedratico, rebuznando y tomando a la gente por imbéciles. Lo lamentable que algo de razón tiene, tuvo millones de votos. De funcionario de Hacienda a oligarca financiero, después de pasar por el gobierno y privatizar (eufemismo para ocultar lo real = ROBAR lo público).

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