Paradójicamente, Rodrigo Echenique Gordillo, exvicepresidente del Santander y expresidente del Popular, fue el que mejor ha retrató a Ana Patricia Botín cuando en su declaración en la Audiencia Nacional dijo que «la presidenta está en sus cosas de presidenta». Son las palabras que mejor representan la labor de la señora Botín tratando de aparecer en todas las summits (cumbres), meetings (reuniones) y gatherings (a Ana Patricia le encanta todo lo que suene inglés, «you know?») junto a los verdaderos grandes emprendedores y «gurus» del mundo empresarial que han creado, y no heredado, sus propias compañías (los Elon Musk y Tesla, Jeff Bezos y Amazon, Bill Gates y Microsoft, Steve Jobs y Apple, Richard Branson y Virgin, etc.), en la creencia de que eso le dará un gran prestigio y una gran imagen mundial entre la opinión pública.

Sin embargo, todos los que conocen el mundo de las grandes empresas y las finanzas, y especialmente dentro del mismo Santander, saben, aunque no lo dicen públicamente, que está donde está simplemente por haber heredado el cargo por su apellido y no por sus dotes, méritos o su licenciatura en artes y ciencias (Bachelor of Arts/Science), título que fue señalado por la revista Forbes.

En el Santander se ha impuesto por los Botín, desde años atrás, un sistema de sucesión dinástica entre familiares que entran en el Consejo de Administración sin la experiencia exigida a un consejero de uno de los bancos más grandes de la eurozona.

Ejemplo de ello fue la entrada de Ana Patricia Botín en el Consejo de Administración en 1989 cuando apenas tenía 29 años, o la de su padre en 1960 con sólo 26 años. Otros hermanos de la actual presidenta entraron por el simple hecho de apellidarse Botín: Emilio en 1989 con 25 años y Javier en 2004 con 30, llegando a coincidir al mismo tiempo hasta cuatro miembros la familia en el consejo: Emilio Botín abuelo, sus hijos Emilio y Jaime y su nieta Ana Patricia, tras el abandono de Emilio Botín abuelo le sustituyó su nieto Emilio –hijo de Emilio y hermano de Ana Patricia- volviendo a ser cuatro los Botín en el consejo.

El mismísimo Financial Times (FT) criticó el nombramiento de la actual presidenta de la entidad cántabra mediante un sistema de sucesión dinástica, en su artículo Santander: empresa familiar, en el que manifestaba que las dinastías familiares pertenecían a la historia de la banca europea, no a su futuro.

El periódico económico de la City fue más allá, en su artículo La sucesión de Santander pone de relieve los problemas de planificación de Europa, criticando la labor de Ana Patricia Botín y su demasiado ambiciosa incursión en la banca de inversión y la caída de beneficios de Santander UK durante sus cuatro años de mandato.

FT, además, puso de manifiesto que la familia Botín no tenía una participación significativa en el Santander que le permitiese nombrar a su presidente a “las bravas” sin someterse al debido proceso de selección como cualquier otro presidente de una empresa cotizada.

En conclusión, el Financial Times criticó duramente la falta de planificación y transparencia en la sucesión del Santander por parte del consejo y la inexistencia de búsqueda, selección y propuesta de candidatos alternativos.

No obstante, para que Ana Patricia Botín presuma de ser la presidenta ejecutiva del Santander por todo el mundo, el banco ha tenido que desechar o desperdiciar a grandes banqueros que han pasado por la entidad y han sido despreciados por el descomedido afán de los Botín de no ceder el control del banco y mantener a toda costa la presidencia ejecutiva por sus presuntos privilegios colaterales.

Nombres como Ángel Corcostegui Guraya, Antonio Mota de Sousa Horta-Osório, Andrea Orcel o Javier Marín Romano han desempeñado una importante labor en el Santander y en otros bancos demostrando su valía. Sin embargo, se vieron obligados a abandonar el banco por la falta de promoción a lo más alto y al temor de los Botín de perder los poderes ejecutivos del banco.

Ángel Corcóstegui podría ser el primer ejemplo de una de las oportunidades desperdiciadas por los Botín de colocar a verdaderos banqueros ejecutivos, que habrían llevado al Santander a lo más alto y evitado que el valor de la acción marcara mínimos de 1,43€ en septiembre de 2020 con pérdida del 80% de su valor desde la toma de posesión de la presidencia por Ana Patricia Botín y que en el ejercicio 2020 haya presentado unas pérdidas de casi 9.000 millones de euros.

En febrero de 2002, a los escasos dos años de la fusión del Santander con el Banco Central Hispano, tras las batallas internas por el poder entre los rojos del Santander y los azules del Central Hispano, Corcóstegui, vicepresidente y consejero delegado del recién creado BSCH, dimitió con 51 años de sus cargos, en los que había sido recientemente ratificado, ante la imposibilidad de desempeñar sus funciones libremente sin las interferencias del «ejército rojo» de Emilio Botín que quería hacerse con el poder omnímodo de la entidad fusionada.

La dimisión de Corcóstegui le costó a las arcas del Santander, es decir a sus accionistas y no a los Botín, una compensación de 108 millones de euros y un complemento de la pensión de 1,8 millones anuales que suman los 125 millones, compensación de la que el Tribunal Supremo diría que «transgredían ostensiblemente la ética» y que «podían repugnar socialmente».

Lo curioso de la jubilación de Corcóstegui con 51 años fue que el Santander le impuso una condición de no asumir funciones ejecutivas ni de consejero en otra entidad financiera durante 10 años, cuando lo habitual es un plazo de 2 años. Es evidente que si se dejó marchar a Corcóstegui con 51 años y se le impuso un periodo de no competencia durante 10 años es porque se le consideraba un ejecutivo brillante que de fichar por otro banco podría hacerles la competencia. ¿Por qué los Botín dejaron marchar a Corcóstegui, ingeniero de caminos y Doctor en finanzas y Master por la Wharton Business School, con una gran experiencia y reputación en el sector tras su exitoso desempeño en el Chase Manhattan Bank, Banco Vizcaya, el BBV y el Central Hispano? La respuesta a tan inexplicable salida de un ejecutivo como Corcóstegui con sólo 51 años de edad, una dilatada experiencia y una prometedora carrera por delante, no podía ser otra que para dejar el camino libre a Emilio Botín y a su hija Ana Patricia en el Santander.

El coste era lo de menos con tal de continuar manejando y disponiendo a su antojo de la información y arcas del banco para poder seguir haciendo presuntos negocios paralelos a costa del banco sin ningún ejecutivo que se opusiese a sus designios y tuviese aspiraciones de hacerse con la dirección ejecutiva del banco sustituyendo a Emilio Botín cuando cumpliese los 72 años, como se había acordado en el pacto de la fusión del BSCH.

Un banquero verdaderamente brillante que se quedó por el camino obligado a abandonar el banco para que la familia Botín continuase el frente del Santander fue el portugués Antonio Horta-Osório, Licenciado en Administración de Empresas por la Universidad Católica de Portugal y Master con premio especial por la prestigiosa escuela de negocios INSEAD.

Su trayectoria profesional es difícilmente igualable, habiendo trabajado en Citibank, Goldman Sachs en Nueva York y Londres, habiendo desempeñado los cargos de consejero delegado del Santander de Negocios en Portugal, consejero delegado y presidente del Santander Brasil y Santander Portugal, vicepresidente ejecutivo de Santander España.

Después fue consejero delegado de Santander UK, asentando el Abbey National Bank, tras su adquisición por el Santander, e integrándolo con los negocios de Alliance & Leicester y de Bradford & Bingley (también comprados por el Santander en el Reino Unido). Sin embargo, pese a todo su trabajo y sus éxitos, se tuvo que marchar del Santander a finales de 2010, con 46 años por la imposibilidad de promoción. El Economista llegó a titular «Horta-Osório, el banquero que se separó de los Botín para llegar a lo más alto de las finanzas».

Tras abandonar el Santander, pasó directamente al británico Lloyd´s Banking Group al que llegó tras su intervención por el gobierno, saneándolo y devolviendo más de 21.000 millones de libras a los contribuyentes británicos con plusvalías de 1.000 millones, convirtiéndolo en la entidad líder de la banca minorista en Reino Unido, con una rentabilidad por encima de sus competidores. Tras 10 años en el Lloyd´s, en abril será nombrado presidente del banco helvético Credit Suisse, con 56 años por sus acreditados méritos profesionales y no por ser el hijo del jefe.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero en algunos casos necesarias. Mientras Horta-Osório se disculpó ante todos los empleados del Lloyd´s por el daño reputacional que había causado a la entidad por un escándalo en su vida privada, la familia Botín, en más de 70 años de presidencia en el Santander y tras constantes escándalos muy graves por la presunta comisión de presuntos fraudes fiscales y blanqueo de capitales, no han pedido nunca disculpas a sus empleados ni accionistas por el grave daño causado a la reputación del banco.

Otro banquero desperdiciado por los Botín ha sido, sin ninguna duda, el italiano Andrea Orcel, licenciado “summa cum laude” en economía y comercio por la Universidad de Roma, MBA por el INSEAD, habla italiano, español, inglés, francés y alemán. Su dilatada trayectoria profesional transcurre en Goldman Sachs, Boston Consulting Group, Merril Lynch, Bank of America y UBS.

Asesoró, como banquero de inversión, al Santander en sus principales operaciones de compra de diferentes bancos como el brasileño Banespa, el Abbey National Bank (actual Santander UK), el holandés ABN Amro (del que, tras su reparto con otras entidades –Fortis y RBS-, se quedaría sólo con el brasileño Banco Real), el británico Alliance & Leicester, el americano Sovereign o el polaco Zachodni.

Orcel, tras ser presentado como consejero delegado del Santander en septiembre de 2018, no llegó a tomar posesión de su cargo porque Ana Patricia Botín se lo impidió por miedo a que peligrase su presidencia ejecutiva. La indiscutible valía de Orcel se demuestra con su próximo nombramiento como consejero delegado del banco transalpino UniCredit.

Otro de los desperdiciados por el Santander fue Javier Marín Romano que, tras sustituir a Alfredo Sáenz como consejero delegado y después de haber sido ratificado en el cargo tras la inesperada y repentina muerte de Emilio Botín, fue defenestrado por Ana Patricia Botín, con 48 años y 11 millones de prejubilación. Tras abandonar el Santander, en 2016 sería nombrado consejero del Banco Vaticano (IOR) y en 2018, con el fondo Warburg Pincus, crearía Singular Bank del que es actualmente su consejero delegado.

A los anteriores, se les suma Alfredo Sáenz Abad que se vio obligado a abandonar su puesto de consejero delegado del Santander por una condena por estafa procesal en el «caso Harry Walker».

En el Santander no se explicaron cómo Emilio Botín no utilizó sus influencias y manejo de la Justicia en España, del que supuestamente alardean en la entidad para que Sáenz no fuese condenado y obligado a cesar en su cargo. Los más suspicaces mantienen que fue para no tener que jubilarse y cederle la presidencia del Santander manteniendo así el banco en manos de la familia Botín. Pese a todo, Sáenz no se fue de vacío, se llevó 88 millones.

La lista sería interminable, pero muy notable fue el caso del recientemente fallecido Francisco Luzón que, con experiencia en el Banco de Vizcaya, BBVA y en la presidencia de Argentaria y tras ser el gran responsable de la expansión del Santander en Latinoamérica, era el candidato para suceder a Alfredo Sáenz y después a Emilio Botín. Consecuencia de ese deseo de ascenso fue invitado a abandonar el Santander con 64 años y 66 millones en el bolsillo más un complemento de 2,8 millones anuales.

No hay más que comparar la preparación, carreras profesionales, logros y méritos de los banqueros mencionados con los de la actual presidenta del Santander. Sumen cantidades y calculen lo que ha costado al banco y a sus accionistas mantener a los Botín en la presidencia ejecutiva del Santander.

La entidad cántabra difícilmente conseguirá, con su actual presidenta, ser el mejor banco como era el deseo del abuelo de Ana Patricia Botín, con una política eminentemente nepotista que desperdicia a los mejores para mantener en la presidencia ejecutiva a un miembro de la familia Botín.

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