Tras analizar el papel de Luis de Guindos durante la crisis económica y financiera, además de ver cómo puso al Banco Popular como un objetivo a derribar, ahora llega el momento de ver cómo desde las instituciones se utilizó la operación del Banco Pastor para debilitar al Popular de cara a que, en el futuro, fuera adquirido por otra entidad. En realidad, fue una verdadera trampa. ¿La venganza de Luis de Guindos?

En 2011, a finales de año, tras anunciar la venta al Popular, José María Arias, presidente del Banco Pastor, manifestó que la oferta de la entidad presidida por Ángel Ron no era económicamente la mejor que había recibido, pero que había factores que le habían inclinado a aceptar la oferta: se trataba del mantenimiento en La Coruña del Pastor, con su propia ficha bancaria, aun siendo parte del grupo del Popular; Arias seguiría siendo Presidente del Pastor, o, como se jactaba, «el único banquero gallego que podía pasearse libremente por La Coruña». Además, se había garantizado tres puestos en el consejo del Popular, que constaba de 15 miembros.

Arias pensaba que Ron, gallego de Santiago pero sin su pedigrí nobiliario, sería manejable y que se transformaría en un instrumento de su ambición: convertirse en el Presidente del grupo del Banco Popular y extender su reinado mandando en uno de los grandes del IBEX.

En ese tiempo, el Popular mantenía una fuerte actividad con las pequeñas y medianas empresas y era una institución respetada. Después de varias conversaciones con el Banco de España, los responsables del Popular estaban convencidos de que comprar el Pastor era mejor opción que comprar una Caja, al Pastor le beneficiaba el hecho de haber estado sometido a la disciplina de mercado y que PwC era el mismo auditor que el que tenía Popular.

La idea que subyacía con la integración era no perder el arraigo a Galicia, por lo que se le pidió a Arias que al menos uno de los consejeros que iba a designar fuese un independiente de prestigio. Pero no encontró a nadie para el puesto y, para sorpresa general, hizo una propuesta de nombramiento ciertamente curiosa.

Analicemos esa propuesta. Así, un consejero sería la propia Fundación Barrié, algo lógico, pero sorprendentemente, estaría representada por Ana Varela, una directiva de mediano nivel en el Pastor a la que Arias había llevado a la Fundación que él presidía. Volvía a verse la confusión de intereses que reinaba en el viejo Pastor, en el que nadie se atrevía a toserle al presidente y que ahora tenía su reflejo en la designación de una representante para el Consejo en nombre de la Fundación, que suscitó airadas críticas entre las directivas y los directivos del viejo banco gallego. Era, en definitiva, una persona que debía su posición a Arias, una extensión de él mismo.

El independiente de prestigio que permitiese visualizar el arraigo en Galicia del Pastor y del Popular no apareció. Nadie quería ir de la mano de Arias, lo que no dejaba de ser chocante en un país en el que algunos miembros de las élites se pelean por ser consejeros de cualquier empresa. Aparicio Valls, secretario del Popular, manifestó a varios consejeros su perplejidad por la incapacidad de Arias de proponer a alguien aceptable.

Sorprendentemente Arias se sacó de la chistera a José «Pitu» Gracia, un catalán conocido en el mundo de los negocios por ser uno de los más agresivos asesores de Joaquín Rivero, el inmobiliario que había forjado un imperio desde una pequeña compañía, Bami, hasta llegar a controlar Metrovacesa, con todos los líos que se conocen y que se intuyen.

La propuesta de Pitu Gracia no gustó en Popular. Tras una larga negociación se admitió un nombramiento transitorio, por poco tiempo. Así, Gracia abandonaría su puesto en el Consejo a principios de 2014, tras haber sido nombrado en 2012. El puesto de Gracia no fue cubierto por Arias, que se quedó con dos representantes en el Consejo.

¿De dónde había salido Pitu? ¿Por qué lo propuso Arias? Lo veremos en próximas entregas.

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