En el número 31 de la larga y estrecha calle San Hermenegildo de la ciudad que llamamos Mad Madrid hay una puerta blanca; muy blanca, como recién pintada o lacada; la puerta. Sólo una puerta. Ninguna indicación, sólo a la izquierda un círculo amarillo, un punto amarillo en cuyo interior hay dos mayúsculas dibujadas: BP.

Ese es el sitio. Llamo al timbre que hay debajo del punto amarillo. Nadie abre la primera vez que voy hasta allí. La segunda sí, la segunda vez que llego hasta el número 31 caminando, y buscando el amparo de la sombra, desde el metro de Bilbao cuando empujo el rectángulo blanco situado bajo el punto amarillo con las dos letras negras en su interior, suena un timbre y se abre la puerta.

-Hola.

Una sonrisa, pelo negro, traje negro. No es como la esperaba, aunque en realidad no la esperaba de ningún modo, no me había imaginado de ningún modo a Lorena Carbajo, la propietaria y alma mater de Bala Perdida. Ni siquiera había escuchado su voz, creo, pero no estoy seguro porque el guasap produce la sensación de que sí hablamos con las personas, aunque con frecuencia en verdad sea que no. Noto que tampoco yo soy como ella esperaba.

José Ángel Mañas y Lorena Carbajo. Bala Perdida editorial.

 

Entro. El local es perfecto. Ni demasiado pequeño ni demasiado grande. Todo está nuevo y al mismo tiempo tiene un alma vieja: es un edificio antiguo. En la gran librería muy pocos libros. Apenas está comenzado a andar, existir, la editorial Bala Perdida.

Uno de esos pocos libros, pero repetido muchas veces (estamos en una editorial) es Ciudad rayada, para mí la obra maestra de mi amigo y colega José Ángel Mañas, la razón por la que estoy allí, ver el libro, tocarlo, cabecear aprobadoramente ante la calidad y el mimo de la edición. El gran Mañas, el chico Kronen, el hombre incansable; por supuesto ha sido él quien me ha puesto en contacto con Lorena. La veo moverse en su bonita cueva de editor. Es joven, es energética, es nerviosa. Está llena de ilusión.

Comenzamos a hablar: de la novela de Mañas, de editores, escritores, amigos y conocidos en común, de su sueño de montar una editorial, de balas perdidas y rolling stones, de sueños rotos y de sueños intactos, aún intactos y capaces de hacerse realidad.

Pasamos más de una hora hablando. Miro a la joven editora, me voy acostumbrando a ella; me gusta. Ese entusiasmo. Esa limpieza de puerta blanca.

Salimos juntos a tomar algo en un bar que ella conoce. Aún está cerrado al público aunque tiene las puertas abiertas. Me sugiere otro bar, pero niego con la cabeza: no. Tengo que irme, me gusta irme de los sitios, de los encuentros, cuando estoy bien, muy bien, en el momento de máximo esplendor. La acompaño hasta la calle de la Palma y luego sigo caminando hasta el metro de Tribunal. Es verano. Hace calor. Busco el consuelo de las sombras de los edificios en la calle estrecha, mi sombrero de ala corta protegiéndome de la luz.

Pienso en Bala Perdida mientras camino. En Lorena, su propietaria: nimbada de alegría de vivir, del deseo de hacer grandes cosas.

Tras una puerta blanca, en el número 31 de la larga y estrecha calle San Hermenegildo de la ciudad que llamamos Mad Madrid. Bala Perdida, la editorial.

 

https://balaperdidaeditorial.com/

 

(Mecanografía: MDF)

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Javier Puebla ha sido galardonado con diversos premios, tanto en prosa –Nadal, por Sonríe Delgado, y Berenguer, por La inutilidad de un beso– como en poesía: El gigante y el enano: V Certamen Vicente Presa. En 2010 recibió el premio Cultura Viva por el conjunto de su obra. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año: El año del cazador; 365 relatos que encierran una novela dentro. En 2005 fundó el taller 3Estaciones y la editorial Haz Mlagros. Cineasta, escritor, columnista y viajero: ejerció funciones diplomáticas en Dakar durante cuatro años, y allí escribió Pequeñas Historias Africanas, Belkís y Blanco y negra. Gusta de afirmar en las entrevistas que nació para contar historias, y quizá por eso algunos de sus artículos parecen relatos o cuentos.

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