domingo, 25julio, 2021
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Babyboom

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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Las chicharras avisan de que el sol es justiciero. Son casi las ocho de la tarde y aun así caminar entre encinas se hace insufrible. Ha calculado mal. El cierzo, que remusga, muy de cuando en vez, le ha dado una impresión de frescor que no se corresponde ni con la estación, ni con la hora del día. Hace calor. Mucho calor y el paseo se está convirtiendo en un infierno en lugar de surtir el efecto de válvula de escape.

Atenógenes, pasea todos los días. Es lo único que le han dejado. A sus 58 años, no puede trabajar, porque desde hace cinco años que cerró su última empresa, nadie quiere contratarle. El estrés y la preocupación le han provocado una hipertensión que le ha dado varios sustos. Primero en forma de ataques de ansiedad y más tarde en un infarto del que salió gracias a que estaba en la sala de espera del ambulatorio. Ahora, ya no puede comer casi de nada, no puede hacer esfuerzos intensos y aunque nunca ha sido de beber, ni siquiera puede tomarse una cerveza. Con ese panorama los paseos por el campo son el único placer que aun conserva. Pero con este calor, como le dé una insolación, se acabó lo que se daba.

Agotado por el bochorno, ha llegado a la fuente de los curas. Allí ha bebido dos largos tragos de agua fresca y se ha sentado a descansar un rato bajo el frescor del sauce llorón que crece y se alimenta de sus abundantes aguas. Pegado al enorme tronco de más de un metro de diámetro, hay un pequeño poyo hecho con una de las ramas del sauce que un rayo desmembró hace varios años y un par de mojones de hormigón, de los que pusieron en la concentración y que ya nadie respeta. Aún tiene casi una hora de camino para llegar a casa. No le preocupa la hora, porque aún es de día, pero sí el calor que le ha dejado agotado en la primera parte del camino.

Sentado bajo el gran sauce, se da cuenta del sonido de las cigarras. Un sonido que le ha acompañado todo el camino pero que había sido imperceptible para Atenógenes. Cierra los ojos y, para relajarse, comienza a recordar cosas. Es una terapia aprendida tras las crisis de ansiedad. Se acuerda de su niñez, cuando tras salir a la escuela, había que ir a buscar al pastor que venía con el rebaño y ayudarle a apartar las de su padre que tenían la lana de la cadera pintada de color púrpura. Luego, llevarlas al corral, echarles el pienso en las canales envuelto en paja de algarrobas. Se acuerda de que, los sábados, había que sacar la basura. De las madrugadas de verano cuando le levantaban a las cinco de la mañana para ir a acarrear. De los picores insoportables tras haberse pasado tres horas metiendo la paja de cebada en el pajar.  Del baño posterior con agua fría, porque a esas alturas de septiembre, ya no hacía calor como para ir al río, y no había caldera, porque tampoco tenían agua corriente en casa.

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Recuerda su traumática salida de la escuela. Algunos de sus compañeros y amigos, se fueron a la capital a seguir estudiando en el instituto. Él sin embargo, aunque le hubiese gustado, tuvo que salir a trabajar. Su padre le había colocado de aprendiz en un almacén dónde trabajaba un tío suyo. El salario, una miseria, se lo quedaba su tío que lo había acogido en casa, para pagar la manutención. Luego aquel taller de tractores, también de aprendiz, pero al menos allí, le pagaban lo suficiente como para pagarse una pensión, e ir a la escuela de formación profesional por las noches dónde podía complementar lo que aprendía durante el día.

Nunca ha tenido buena suerte en la vida. Salvo con Ermisinda que lleva cuidándole desde que ambos tenían veintidós años. A los tres meses de hacerle mecánico en el taller de tractores, se casó. Dos meses después, un infarto acabó con la vida de su jefe y con el taller. Los hijos no quisieron seguir el negocio del padre y la lonja dónde estaba ubicado valía una fortuna.

Unos días después, un amigo, le metió en la empresa de ascensores dónde trabajaba. Allí estuvo otros cinco años. Después vinieron, primero la fábrica de galletas y más tarde la de componentes para coches, donde pasó treinta y cinco años, toda una vida.

Abre los ojos, y emprende camino de vuelta a casa. No va calmado en absoluto. Los recuerdos, le han hecho feliz durante un rato, pero le han llevado, de nuevo, a una situación de ansiedad terrible. Tiene 58 años. Treinta y nueve años cotizados, más los tres del subsidio para mayores de 55. No va a encontrar trabajo jamás, y cuando se jubile obligatoriamente, la seguridad social le va a quitar un mínimo del 13 % de una base ya de por si mermada con cálculo en el que entrarán los años de subsidio.

Toda una vida trabajando, desde los 14 años, para que los chupatintas que trabajan para los lobbys, le acaben amargando los últimos años de su vida.

*****

Babyboom

¿De qué sirve tener un gobierno supuestamente de izquierdas, si en lo económico (y casi en todo lo demás) se comporta como el peor de los gobiernos de derechas?

Mi generación, los que nacimos en los primeros años sesenta del pasado siglo, ha sido la generación más castigada de esta supuesta democracia.

Nos diezmaron con la heroína en los ochenta. Una heroína, que todo el mundo sabía dónde comprar, que, en barrios como San Blas, en Madrid conformaba cientos de metros de regueros humanos (como hormigas) desde la boca del metro a casa del camello y dónde, sin embargo, la policía decía no poder actuar, y que ha llevado al convencimiento de muchos de los que vivimos aquello de que, esa pasividad policial, ante el delito flagrante, junto con los focos dónde se concentraban los mayores problemas de consumo y muerte, Euskadi, Cataluña, y los barrios marginales de Madrid, Sevilla o Valencia, tenía un trasfondo político detrás. Hay que recordar que los problemas comenzaron con los albores de los primeros años ochenta después de un lustro de manifestaciones e inestabilidad en las calles, asesinatos cometidos por los fascistas franquistas incluidos, reclamando libertad política y derechos laborales y sociales y un cambio profundo en el sistema.

Muchos de los miembros de mi generación, entre los que yo no me incluyo, llevan trabajando desde los catorce años. Muchos de ellos, además, llevan cotizando desde entonces. Cuando empezábamos a mejorar socialmente, vino zarpazo del tráfico de hachís, que acababa casi siempre en la heroína. Los que nos salvamos porque no quisimos entrar en la rueda de la droga, hemos levantado la economía de este país, con nuestro sudor, con nuestras cotizaciones e impuestos. Cotizaciones con las que los políticos de turno, en lugar de usar los impuestos que deberían haber cobrado a los ricos, utilizaron para pagar pensiones no contributivas que solucionaran la injusticia del hambre y la necesidad de muchos de nuestros mayores a los que el sistema franquista había dejado en la cuneta. Impuestos con los que sufragamos la educación pública y privada concertada, la sanidad universal, las autopistas, la llegada de la telefonía a la mayor parte de la geografía española y a que los pueblos y los extrarradios de las grandes ciudades tuvieran agua corriente y luz eléctrica sin cortes casi continuos. Impuestos con los que hemos contribuido, sin pretenderlo, a las cajas B, a las cuentas en Suiza y a los más de 240.000.000.000 de Euros en corrupción, principalmente de ese PPartido que se cepilló en seis años 66.815 millones de la caja de las pensiones. Todo ello con la colaboración del principal partido del gobierno actual.

Toda una vida trabajando para que los demás, nuestros hijos y nuestros mayores, tuvieran una vida mejor. Toda una vida laboral truncada, en muchos casos, más de los que debería por este sistema de hijoputismo que hemos consentido, que los ha dejado sin trabajo pasados los cincuenta y cinco años, con la consecuencia de que jamás van a volver a entrar en el mercado laboral. Toda una vida de trabajo y esfuerzo, viendo como nuestros hijos volvían a casa víctimas del desempleo y los desahucios, y ahora, cuando llega el momento en el que podríamos disfrutar de cierta tranquilidad económica y social, los de siempre, los que se presentan a las elecciones en nombre de los ciudadanos para acabar apuñalándolos por la espalda, haciendo el trabajo sucio a los lobbys que, cuando acaben su función de ruina social en el gobierno, los sentarán en sus consejos de administración con jugosos bonus por reuniones a las que ni siquiera les obligarán a asistir, aduciendo interés general, que no tienen a la hora de aplicar una fiscalidad progresiva, le pegan el hachazo a las pensiones, sabiendo que la mayor parte de nosotros, no podremos llegar a los requisitos exigidos para cobrar el 100 % por el que hemos trabajado, como digo, desde los 14 años, primero porque no hay trabajo para nosotros y segundo porque estamos tan cascados sanitariamente que será un milagro si llegamos a cobrar cualquier parte de la pensión.

Mientras que a uno de los sectores para los que trabajan estos políticos que se dicen socialistas, se les permitía no pagar ni un euro de impuestos por sus beneficios durante la crisis, a mi generación, nos han recortado las pensiones hasta en tres ocasiones, cada vez con más dureza. Pero es que las siguientes, ni siquiera van a poder cumplir los requisitos mínimos para su acceso.

Mientras la libertad sea poder sentarse en una terraza de bar o exigir que nuestros hijos puedan moverse en libertad infectando a medio país de coronavirus, mientras lo primordial sea si Morata debe o no jugar en la selección y que España sea campeona de Europa, mi generación y con ella todos los que vienen detrás, estamos abocados a la pobreza y al sufrimiento.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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