Sami Modiano

Sami Modiano espera a que lleguen todos los alumnos y cubran los asientos del auditorio de la Biblioteca Nazionale. Es alto, elegante y no aparenta los ochenta y ocho años que asegura. Le sonríe a cada uno de los que se le acercan entre el murmullo general. Envuelve los puños de los otros con sus dos manos, y cada saludo pareciera una despedida única. Lo presentan, el público lo recibe con un largo aplauso y él hace un gesto que no vi antes, pero en el que queda claro que abraza a la audiencia. Y comienza:

Nací en la isla de Rodes, que entonces era italiana, en 1932. Mi familia estaba compuesta por mis padres, mi hermana y yo, y nuestra gran familia era la comunidad judía de Rodes. Todos nos conocíamos y nos ayudábamos, y por nuestra situación geográfica, hablábamos varios idiomas indistintamente. Tuve una infancia muy feliz, me gustaba mucho ir a la escuela. Un día de 1938, en tercer grado, el maestro nos dio una tarea para hacer en casa. Al día siguiente, el maestro me llamó y yo fui, contento, pensando que quería interrogarme y que esa tarde habría vuelto a casa, orgulloso, con una nota alta porque había estudiado. Pero no fue así.

Sami, sei espulso. Non puoi più venire a scuola.

Yo no entendía, e inmediatamente pregunté por qué. Al escuchar la respuesta me negué a creerlo, tenía ocho años y le respondí al maestro que yo no era diferente de mis compañeros de clase.

Mi hermana y yo tuvimos que dejar la escuela, es decir que mi educación formal terminó en ese momento. Mi padre fue obligado a abandonar su trabajo, y nuestra familia y comunidad comenzó a empobrecerse. Mi madre, que sufría del corazón, falleció en 1941. Mi padre hacía grandísimos esfuerzos para traer algo de comer a casa. Mi hermana Lucia, una chica bellísima y pocos años mayor, al darse cuenta de que yo no estaba satisfecho con la comida, me daba una parte de su pequeña porción. En 1943 hubo una gran confusión y la isla fue ocupada por Alemania.

El 18 de julio del año siguiente, piden que los jefes de familia se presenten con sus documentos en una especie de cuartel, para un simple control. Mi padre va, junto con los otros, asegurándonos que volvería esa misma noche. Pero no volvió. Quienes volvieron a nuestro barrio al día siguiente fueron los alemanes, que nos ordenaron que nos presentásemos con nuestros objetos de valor “porque podrían ser útiles”. Así hicimos: tuvimos que dárselos, es decir que nos los robaron, y nos explicaron que iríamos a trabajar fuera de Rodes porque saben, estamos en guerra y necesitamos mano de obra.

El 23 de julio de 1944 nos llevaron al puerto, y sin darme cuenta entendí que los nazis no nos consideraban seres humanos. Fuimos transportados en barcos de carga de animales, en los que había cinco baldes de agua y uno vacío en los rincones del piso de madera en los que no había excrementos de cerdos o vacas. Cinco baldes de agua para quinientas personas, en un viaje que duró tres días. Tres días en los que la mayor parte de nosotros viajó de pie. Ancianos, mujeres embarazadas o con bebés recién nacidos tenían el privilegio de sentarse en ese piso asqueroso. Era julio, pleno verano. Algunos hombres jóvenes rodearon los baldes de agua para racionarlos equitativamente entre todos. Al segundo día, mi padre cedió su sorbo de agua a una señora muy viejita, y los más jóvenes siguieron su ejemplo. Un balde vacío para toda esa gente: yo tenía doce años y con todo lo que vi, olvidé el significado de la vergüenza, del pudor. La viejita a la que mi padre le había dado su agua estaba realmente débil y uno de nosotros, que era médico, se sentó junto a ella (con ella haciendo qué, más que estarle cerca). La señora falleció, y los nazis nos gritaron, en alemán, que debíamos arrojar el cadáver al mar. El olor allí era insoportable.

Yo tenía doce años pero podía razonar, y le agradecí a Dios que mi madre haya muerto antes y no participe de este viaje.

Agradezco que mi madre tenga una tumba.

El primero de agosto llegamos a El Pireo, en Grecia. Éramos dos mil personas y un joven, que había visto unas botellas de agua cerca de donde estábamos concentrados, corrió a buscarlas: lo mataron a tiros inmediatamente.

La segunda parte del viaje comenzó el 3 de agosto de 1944. Un tren larguísimo, de madera, con cuatro ventanillas por vagón, y en cada vagón había casi cien personas. Aquí estábamos cómodos, había montañas de forraje y de nuevo, cinco baldes con agua. Cómodos, una manera de decir. Diez días sin comer y prácticamente sin beber una gota de agua. Una vez por día, abrían las puertas de los vagones y arrojábamos los cadáveres de todo el tren. El calor nos ahogaba. Asomados por las ventanillas rectangulares, íbamos leyendo los nombres de las estaciones para deducir qué trayecto hacíamos. Un mes de viaje en condiciones infrahumanas, sin comer, sin higiene, sin poder siquiera enterrar a nuestros compañeros.

El 16 de agosto nos detuvimos en una estación diferente: largos alambres de púas y una especie de grandes galpones, cobertizos cerrados. Nos hicieron bajar, nos manteníamos juntos, ninguno quería separarse. Frente a las filas que separaban hombres y mujeres, mi padre se resistía a dejar a mi hermana. El resultado fue que lo molieran a golpes y le quitaran a Lucia, a quien mandaron a la fila de las mujeres. La fila de las mujeres terminaba frente a una mesita en la que un médico, cuyo nombre en ese momento no conocíamos, indicaba derecha o izquierda. A una madre le arrancaron al bebé de los brazos – aún escucho sus gritos, sofocados por los golpes. Mujeres embarazadas, ancianas, niños: todos a la izquierda, a una construcción de ladrillos. Mi padre no me soltaba la mano.

Otros italianos nos explicaron que debíamos desnudarnos, nos raparon el cuerpo y nos desinfectaron con una esponja. Se duchan las mujeres, luego nosotros. Nos dieron una especie de piyama de tela y un rudimentario calzado de madera. Le tatuaron a mi padre una cosa en el brazo – yo pongo el mío después, como si tener tatuado casi el mismo número nos mantuviera cerca. Él lo tuvo tatuado durante un mes. Yo todavía lo tengo. Éramos números.

Éramos números.

Colocaban a las mujeres en el lager A y a los hombres en el lager B. Cada lager era enorme, con veinte secciones numeradas. Cada sección comenzaba por la cocina, luego por los espacios con las literas y al fondo, las letrinas. En cada sección había un jefe, que era polaco, y para que los nazis les concedieran este privilegio, los jefes tenían que demostrar ser peores que los mismos alemanes. Mi padre fue a la sección 15, yo a la 11. Preguntamos adónde habían ido aquellos a los que ya no veíamos.

¿Cómo, no vieron esas cinco chimeneas?

Al llegar a Birkenau se entraba al galpón, y el jefe designaba un lugar para dormir. A los lados, las camas tenían tres pisos, y en cada cobertizo entraban 1.500 personas. Las camas eran simples tablones de madera, nada de almohadas o frazadas. A las cuatro de la mañana, el jefe despertaba a todos – y todos los días eran idénticos. Las 1.500 personas teníamos una hora para utilizar las letrinas antes de volver. Formábamos en fila, nos llamaban por número y debíamos responder en alemán. A las seis, entraban los nazis con un plan de trabajo prestablecido y comenzaba la explotación. Quienes re rehusaban eran asesinados in situ: la muerte se debía ser una cosa habitual. A las seis de la tarde volvíamos al lager, luego de doce horas de trabajo. Pero antes de entrar, nos hacían ver los veinte o treinta cuerpos ahorcados de los que se habían escondido.

¿Por qué tengo que complacerlos? Una pequeña carrera hacia los alambres de púas y me fulminarán de inmediato.

Varias veces tuve que desenganchar a mis compañeros del alambrado, quitarles el piyama y llevarlos a los hornos crematorios.

Luego, el jefe distribuía 1kg de pan entre ocho personas y un poco de agua sucia, que llamaban sopa. Cada noche iba al galpón 15 a ver a mi padre.

Una vez, me acerqué al alambre que nos separaba del lager de las mujeres. Necesitaba ver a mi hermana. Pero encontré una muchacha delgadísima, rapada, y no quería aceptar que esa fuera Lucia. Pero era. Nos saludamos con un gesto. Al día siguiente, cometo el error de decírselo a mi padre. Le pedí que viniera conmigo, pero él no quiso ver cómo redujeron a su hija. Quería recordarla como la había dejado.

Al día siguiente, envolví mi pequeña rodaja de pan en un pedazo de tela y se la pasé, arrojándola sobre el alambre de púas. Ella lo abrió, hizo algo que no conseguí ver, y me arrojó otra cosa: al abrir el trozo de tela encontré mi rodaja de pan y la suya, como cuando estábamos en Rodes. Dos días después, Lucia no se presentó a nuestra cita.

Mi padre, que cada noche me insistía para que me fuera a descansar porque la explotación era verdaderamente extenuante (no había fines de semana, naturalmente), me pidió que me quedase con él un momento más. No me siento bien, mañana no vas a encontrarme. Voy a ir al ambulatorio.

Ir al ambulatorio equivalía a pedir que te mandaran a la cámara de gas.

Al poco tiempo me transfirieron al lager D, en el que conocí a un chico de Roma. Nos contamos nuestras historias, nos ayudábamos mutuamente con palabras y nos dábamos ánimo. Nos hicimos amigos, de alguna manera. Para diciembre, con el ejército ruso cerca, los nazis pasaron a ser aún más terribles, las cámaras de gas no bastaban y me obligan a cubrir de madera las fosas comunes para prenderlas fuego. En diciembre, mi cuerpo era un esqueleto. A los golpes, me llevaron hacia afuera (nunca sabré cuántos grados bajo cero tuve que resistir con mi cuerpo débil y un piyama sucio) y comenzamos la marcha de la muerte: nos mudaban de campo, el calzado de madera sobre la nieve. Alrededor de nosotros, trozos de cuerpos desparramados – uno no puede imaginarse lo que los nazis eran capaces de hacer.

Habré hecho un par de kilómetros, pero mi cerebro funcionaba intermitentemente. No tenía fuerzas. Me tiré a la nieve, esperando que me liquidaran. Dos prisioneros judíos, que no conocía, me arrastraron para llegar a Auschwitz – yo estaba esperando un tiro, no una ayuda. Al llegar, me abandonaron sobre una montaña de cadáveres. No sé cuánto tiempo pasó, pero me desperté y conseguí refugiarme en un galpón, casi agonizante. En un momento abrí los ojos y vi a una soldada rusa, que me abriga. Luego supe que era doctora y que ayudó a mucha gente en esos días – a varios nos salvó la vida.

Cuando conseguí recomponerme, me pregunté por qué. Por qué yo. Sentía la culpa de haber sobrevivido, es un dolor que no pueden imaginarse. Nadie puede imaginarse qué siente un sobreviviente. Tengo mis depresiones, mis pesadillas, mis silencios. Todavía estoy en Birkenau – tenía catorce años cuando me salvaron.

Yo me detengo aquí. Y los saludo deseándoles toda la suerte y todo el bien en sus proyectos. Pero ustedes, alumnos de la escuela, tienen un compromiso importantísimo: hacer que esto no suceda nunca más. Nunca más.

Sami Modiano se levantó, saludó a las decenas y decenas de alumnos que se acercaron con sus libros y los firmó. Al dedicarlos, preguntaba por los estudios, por la familia y pedía darle un beso a tus hermanos y a tus padres cuando vuelvas a casa hoy.

Yo crucé los jardines de la Biblioteca Nazionale y me subí al metro con una extraña sensación de agradecimiento y libertad.

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