Elecciones vascas y gallegas, patrón compartido. Las raíces a escena. El amor por el país. El pequeño, claro. En términos más o menos inclusivos, o menos que más, si toca la cepa excluyente y supremacista, que de todo hay en el zoco electoral. Pero el nexo de unión es imperativo, no se negocia: la identidad, esa gran farsa. La que vendría determinada por el árbol genealógico que supuestamente nos cose a la tierra, como si nuestra condición de ciudadanos o de trabajadores brotara de ahí abajo, de las raíces, o peor, de una esencia mística suspendida en el ambiente. Veinte km al sur podrían habitar un hatajo de extranjeros impresentables, con los que no hay que redistribuir ni medio céntimo. La identidad colectiva ya no es la de la clase social, ¿qué se habían pensado?. Y quien tenga dudas, que lea a nuestro columnista de cabecera. No me vengan ahora con nostalgias obreristas. Qué me cuentan de la clase social, de los trabajadores. No. Una niña transexual de 15 años es el nuevo sujeto revolucionario. Y el delimitador de identidades colectivas, la demarcación administrativa autonómica. ¿Arbitraria, dicen los fachas centralistas?  No, no… eterna.

Ahí están los nacionalistas pata negra en Galicia luchando contra el franquismo de Feijóo, mientras el presidente espera paciente la siguiente mayoría absoluta. Sobre la política lingüística pocas quejas, la obra de la inmersión es del PP y en eso todos de acuerdo. Con aquiescencia litúrgica, amén. No se tocaría una coma de gobernar los otros, como hace años. Ir más allá es difícil, porque está todo hecho.

En el País Vasco, todo preparado para que las derechas vuelvan a sacar un resultado espantoso, ya saben. Acuérdense de lo que dijo uno de tantos tuiteros progresistas de cuyo nombre prefiero no acordarme. ¡El trifachito no saca nada en Euskadi! ¡Toma ya! En esos lares, no hay muchos fachas de los que preocuparse, gana el agente profesional de la cosa nostra. El PNV. De izquierdas de toda la vida… pues no mucho, pero bueno. Da igual. Para absolver de los vicios reaccionarios, basta con estar en las coordenadas del nacionalismo étnico. Allí todo vale. Que te funde un racista como Sabino Arana, bien está. Que durante décadas saques réditos políticos al terrorismo de ETA, justo y necesario. Que enarboles la bandera más reaccionaria que uno pueda imaginar, la de bloquear cualquier posibilidad de redistribución con los trabajadores del resto de España, de acuerdo. Que practiques la corrupción administrativa soterrada o explícita, y el clientelismo más descarado, adelante. Y para todo lo demás, el cupo. Claro que en eso último, de nuevo, omertá en el mejor de los casos. Porque cuanto toca hablar, es para el jolgorio de la hagiografía colectiva. Aplaudiendo todos con las orejas. También los supuestos no nacionalistas. Y es que criticar un privilegio que nos beneficia en detrimento de todos los demás no da votos. Los resta. No me den el coñazo con la historia esa de la igualdad. Ahora se lleva la lógica del terruño, de las raíces. Primero los míos, luego los míos, y para terminar, los míos. La redistribución y la solidaridad no salen a cuenta electoral.  

¿Y la izquierda? Ausente, como suele. La nominal, ambicionando una ilusoria alternativa a la hegemonía del PP gallego, mediante un multipartito en el que las vindicaciones identitarias sean centrales. Vaya con la izquierda. La misma que tiene claro, en la primaria ecuación de siempre, que como España es algo ante lo que mantenerse de perfil, en el mejor de los casos, o directamente impugnar como nación contaminada de franquismo o quintaesencia de todo lo facha, corresponde relacionarse con los nacionalismos periféricos con una mezcla de cooperación activa y devoción. A tal fin, vale todo: por aquí un irresponsable placet a mantras tan disparatados como que la lengua proporciona una visión del mundo compartida, por allá la no menos desquiciada idea de que en torno a la identidad cultural es posible delimitar un demos autoconstituido y diferenciado del resto de miembros de la comunidad política. Y por tanto, quien participa de esa identidad cultural, lingüística a veces, otras directamente racial/étnica, es acreedor de un derecho a vivir aparte.

Y si no a vivir aparte, al menos a recibir algo a cambio de semejante hecho diferencial. Cuando ya se tiene ese algo a cambio, como en el caso de la relación bilateral con el Estado que supone el concierto económico – y la derogación íntegra de cualquier rescoldo de igualdad y solidaridad que ese privilegio comporta – a lo menos que se aspira es a blindarlo. He ahí el PSE-EE ambicionando volver a oficiar de corifeo preferencial del PNV, pero también a Iturgaiz y Arrimadas vindicando el foralismo como verdadera piedra filosofal contra los nacionalistas. ¡Qué gran idea! Frente al nacionalismo etnicista e insolidario, un ración de derechos históricos igualmente insolidarios. Pero sin ruptura, claro. Como gustoso peaje para que a nadie se le pase por la cabeza emular el prusés catalán. Como si en época del Plan Ibarretxe no hubiera habido concierto económico. Como si un privilegio que centrifuga la solidaridad interterritorial y la redistribución con quienes más lo necesitan fuera en alguna coyuntura no ya aceptable, sino directamente digno de encomio y reivindicación.

¡Y ay de quién piense lo contrario! Fachas, so fachas. Y esa es la moraleja, regalar el concepto igualitario de España a los fachas, tiene narices la cosa.

A los otros nacionalistas, los de la esencia patria, los del brindis carpetovetónico al final del discurso. Los que persiguen en sus sueños más calenturientos los virus chinos, los que dicen a tal y cual político que se vayan a su país por no cumplir el estatus de los orígenes. Los patriotas fetén que cuando hay que votar en el Congreso sobre la tributación de trasnacionales tecnológicas en España, votan en contra. Los que llevan en su programa el desmantelamiento del sistema público de pensiones, ¡qué gran idea un sistema de capitalización en un país en el que la abrumadora mayoría de la población no puede ahorrar nada con los sueldos de miseria que se estilan! Los de la liberalización generalizada del suelo. Los que encargan a economistas austríacos su programa económico para defender una nación sin Estado. Los que pintan los impuestos como un robo, y la educación como una potestad primigenia y casi absoluta de las familias en la que el Estado no tiene nada que decir – como si los criminales del tiro en la nuca, los que acaban de llenar de pintura el panteón de Fernando Buesa, no tuvieran hijos y la misma voluntad de siempre de adoctrinarlos en su religión sanguinaria, el nacionalismo etnicista -.

A esos, precisamente, se les está regalando la autopista de defender un Estado sin componendas confederales, sin relaciones bilaterales con las autonomías, sin privilegios ni asimetrías constantes. Esa es la gran irresponsabilidad de nuestro tiempo.

Un tiempo bastante oscuro en el que para triunfar electoralmente más vale que presentes un certificado de pureza de sangre, de limpieza de orígenes, en el que te identifiques con la patria de las uniformidades identitarias, en la que todos sienten como uno sólo. En la que el territorio ya no es político, sino esencialista y místico, un territorio preexistente a la comunidad política, eterno e inalterable. Un tiempo en el que la nación política que se acuñó de la mano de la izquierda contra el privilegio de origen es cosa de reaccionarios, y los privilegios de origen que siempre han sido el santo y seña de los reaccionarios se han convertido en el rasgo innegociable de cualquiera que se reclame progresista. Palabra, por cierto, que cada vez me hace temblar más cuando la oigo…

Nos queda la certeza, ante esta liturgia imperativa de los orígenes, de que hoy resulta más saludable que nunca reclamarse mestizo, impuro, y mandar a los devotos de las raíces, a los feligreses de las identidades, a tomar por saco.  

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

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