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Aspirar a vivir más de setenta años es sencillamente inmoral

Francisco Tomás González Cabañas
Licenciatura en Filosofía (USAL) (1998-2001). Licenciatura en Psicología (UP) (1998-1999)- Licenciatura en Ciencias Política (UCA)(1999-2000) y Licenciatura en Comunicación (UCES) (2000-2001) Desistió de culminar los mismos y continúo formación autodidacta. Publicó su primera Novela “El Macabro Fundamento” en el año 1999. Editorial Dunken. Publica su segundo libro “El hijo del Pecado” Editorial Moglia. Octubre de 2013. Publica su tercer libro, primero de filosofía política, “El voto Compensatorio”, Editorial Ediciones Académicas Españolas, Alemania. Abril de 2015. Publica su cuarto libro, segundo de filosofía política, “La Democracia Incierta”, Editorial SB. Junio de 2015.
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“¿Hay que amar al género humano en su totalidad o es éste un objeto que se ha de contemplar con enojo, un objeto al que ciertamente se desea todo bien (para no convertirse en misántropo) pero sin esperarlo jamás de él, por lo cuál será mejor apartar de él la vista? La respuesta a esa pregunta depende de que se dé de esta otra: ¿hay en la naturaleza humana disposiciones de las cuales se puede desprender que la especie progresará siempre a mejor, y que el mal del presente y del pasado desaparecerá en el bien del futuro?” (Kant, I. “De la relación entre teoría y práctica en el derecho internacional, considerada con propósitos filantrópicos universales, esto es, cosmopolitas”. SK. VIII, 307. Editorial Gredos. Madrid. 2010)

Se acopian, en cantidades industriales  las propuestas tecnocráticas, los discursos políticos y ciertas investigaciones académicas, con un barniz de sensibilidad social, que postulan, infructuosamente y hasta el hartazgo, discursividades vanas, supuestamente tendientes a paliar males como la desigualdad y la injusta distribución de recursos, como posibilidades, que generan los escandalosos índices de pobreza, marginalidad e indignidad humana.

Sistémicamente se han propuesto diferentes, complejas como sencillas, articulaciones metodológicas, implementadas, muchas de ellas, a lo largo de la historia que variaron alguna décima insignificante, del índice mayor y vergonzante que nos sentencia a ser la única especie que no conforme con ver morir y ser partícipe necesario de la muerte de nuestros semejantes, nos consideramos atribulados de razón y humanidad, ante el desparpajo nunca tratado de las pobrezas flagrantes que hacen que tantos otros tengamos estómagos rebozantes y algunas que otras ideas que circundan nuestras bien alimentadas mientes.

Nos creemos con derecho a la angustia existencial por descubrir que morimos, que alguna bendita vez, esta experiencia, fatua en su cabal sentido, acaba, así como comenzó, sin más a los únicos efectos que mediante esa supuesta aceptación, que en verdad nunca es tal, no reconozcamos límite alguno, preciso y taxativo que transidos nos impelen y demandan que armonicemos nuestro ser individual con la comunidad de la que necesaria como obligadamente somos parte y que sin embargo, tozudamente, no queremos escuchar ni mucho menos atender.

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Este fallo, esta variación, este accidente, que se produce de tanto en tanto, no tiene otra finalidad que no sea la de ser rechazada, con abjuraciones, para sostenernos en la imbecilidad de lo humano.

Creemos, sin otra argumentación que la intuición de la que nada se sostiene, que como tantas culturas en diversas partes y momentos de la tierra (que hicieron cumplir como regla escrita o no escrita un precepto de tal magnitud y naturaleza), el humano per se, no debe aspirar a vivir más de una determinada cantidad de años, que en la actualidad occidental delimitamos en setenta como punto matemático entre un conjunto de países en relación a la expectativa de vida que ostentan o detentan.

Pretender y actuar en consecuencia, es decir vivir más allá de este límite fijado, como cualquier otro que implique incluso otro rango de edad o de exclusión (es decir no promover ni instar a que nadie muera o cese después de cierta, edad, sino que el estado del que forma parte no lo siga sosteniendo como hasta entonces, o que en su defecto pague una suerte de impuesto por la pretensión egoísta) no es más ni menos que atentar contra la única posibilidad real de tener un mundo mejor, real y posible.

La cantidad inusitada de argumentos para sostener con palmaria obviedad que sí no tomamos conciencia que el fijarnos un límite semejante para vivir, social y grupalmente, en consonancia con nuestra razón de ser humanos, es de carácter imprescindible y urgente, no tiene límite ni parangón, ante el rechazo que generará, como sostuvimos, por nuestra propia incapacidad de reconocernos en nuestras limitaciones que percuden precisamente o que hacen imposible que seamos realmente humanos o con sentido colectivo o solidario.

Desearía que dejara de existir, aquello por lo cual justificamos nuestros miedos, que transformamos en agresiones, en daño, en indiferencia, en odio, en rechazo, escrito y hablado.

Por lo único que me sostuve al momento de forjar esta idea, este bastión de lo humano, en aquel entonces, era por una falsa construcción de que eso se me había impuesto, me sería resarcido, en un tiempo no muy lejano, una suerte de aplauso general, de reconocimiento internacional por la preocupación filántropa de pensar en lo que no me hubo de suceder, la marginalidad y la pobreza

Tenía la necesidad de creer, sentía que un equilibrio hecho a mi medida y semejanza, me otorgaría tiempo más tarde, parte de toda la felicidad que nunca me dejaron probar. En tales ensoñaciones me conformaba que tan solo fuera una mínima parte, que llegara con prontitud, ante el tiempo dedicado y el rechazo cosechado, travestido en indiferencia cuando no en insulto gregario.

Fui transcurriendo en el tiempo, despojándome del trauma, teniéndolo en latencia, más luego, adentrándome en él, para que supurara lo que tuviese que supurar, para que dejara de doler, de una buena vez. Tal vez baje su intensidad, me acostumbré o terminó, lo cierto es que sume abriles como si nada hubiese ocurrido.

No fui enteramente feliz, en algunas ocasiones sí, pero esperando aquello, la compensación, la recompensa, por todo lo otro, que había soportado, que había tolerado, a lo que me había recompuesto, sin ánimos de venganza ni sed de revancha.

Que cese la sensación, esa misma, que hizo esto de mí. Que cese de una buena vez, ocurriendo lo que tenga que ocurrir para ello, el resto, ya no importa, nunca ha importado.

Que esta idea o propuesta de lo humano, reciba, de cabo a rabo, todas y cada una de las consideraciones, como de los silencios palmarios que deba recibir, ya es hora que nos dejemos de jugar a lo humano y que nos impongamos un límite que nos diga, “hasta aquí hemos llegado, me sobran setenta años.”

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