Jack Ma, el hombre más rico de China y propietario del gigante comercial Alibaba, ha donado medio millón de mascarillas a España en su lucha contra el coronavirus. Por lo visto, la donación del magnate asiático (quien por cierto sigue siendo militante del Partido Comunista) se ha producido gracias a la intermediación del rey Felipe VI, que ha agradecido oficialmente al fundador de Alibaba su generosidad con el pueblo español.

No deja de tener su aquel que en medio de la que está cayendo con la investigación judicial abierta en Suiza contra el rey emérito, Juan Carlos I, por el turbio asunto de las supuestas comisiones del AVE a la Meca, la ayuda contra la peste del Covid-19 nos llegue precisamente de un señor rico que ha fundado una sociedad cuyo nombre recuerda inevitablemente a aquel otro Alí Baba, el personaje del fabuloso cuento de Las mil y una noches lleno de camelleros, asaltacaminos y bandoleros del desierto. Para quien no haya leído el relato, Alí Baba es un pobre leñador de Persia que un buen día ve cómo una banda de cuarenta ladrones penetra en una cueva en la que al parecer se guarda un magnífico tesoro y cuya puerta se mueve al grito de “¡Ábrete, Sésamo! ¡Ciérrate, Sésamo!” (todo aquel que haya sido niño alguna vez recordará la frase inmortal). Encierra una chocante cabriola del destino que el nombre de la empresa china que va a ayudarnos en nuestra desesperada batalla contra el microbio letal nos recuerde a los españoles un triste y reciente episodio −el de las andanzas empresariales del rey emérito en tierras árabes−, que maldita la gracia.

El caso es que la donación sanitaria del gerente de Alibaba se ha consumado “gracias al apoyo de Su Majestad el Rey y en estrecha colaboración con los ministerios españoles de Sanidad, Consumo y Bienestar”, según un comunicado de la Fundación Jack Ma. Ahora bien, ¿quién es ese misterioso chino multimillonario que empezó llevando y trayendo a turistas en su bicicleta y que ha terminado levantando un imperio que ni la dinastía Ming? Al parecer, Felipe VI y Jack Ma se conocieron en enero de 2018, durante la participación del monarca español en el Foro de Davos (todos los caminos conducen a Suiza). El opulento escenario, donde se reúnen las mayores fortunas del planeta, ya da que pensar. Aquello no es precisamente una reunión de misioneras y oenegés solidarias donde se habla de cómo acabar con el hambre y las plagas del mundo ni de cómo salvar a las ballenas de la extinción, sino una especie de gran y selecto club de ricachos que están pensando en ganar pasta a todas horas.

Jack Ma o Ma Yun (tal es su verdadero nombre) fue el primer empresario de la China continental en salir en la Forbes, esa revista en la que para poder aparecer en la portada, como todo el mundo sabe, hay que tener algo más que un bazar de productos de baratillo. En cualquier caso, este asiático diminuto y de rostro afable es considerado el chino más rico del mundo con una fortuna estimada de casi 40.000 millones de dólares (céntimo arriba, céntimo abajo) y ostenta el puesto número 21 del ranking en la prestigiosa publicación.

Alibaba iba viento en popa cuando, en el año 2007, Jack Ma recibió un aluvión de críticas por practicar la pesca de tiburones, cuyas aletas son muy preciadas en economías asiáticas. Ya vamos sabiendo que por aquellas tierras los pobres (bolcheviques comunistas o no) comen de todo, como demuestra esta pequeña gripecilla asiática que nos llega ahora por culpa de algún hambriento que se merendó un asado de murciélago o de pangolín. Quizá, quién sabe, si gente como el tal Jack Ma hubiera repartido un poco más su riqueza entre los miserables y parásitos de aquel lado del planeta, permitiendo que comieran cosas decentes, nos habríamos ahorrado esta broma pesada. La enfermedad, a menudo, suele ser hermana de la pobreza, no lo olvidemos.

La cuestión es que tras la repulsa mundial por la matanza de tiburones, el bueno de Jack Ma anunció que él y su familia “renunciaban a la sopa de aleta de tiburón ahora y para siempre”. Y de paso se hizo ecologista para que no hubiese ninguna duda de su buena fe. Con todo, esto de la caza de animales protegidos nos recuerda, inevitablemente, a aquel safari maldito de Botsuana, donde nuestro emérito se dio el festín con otro animal en desaparición, el majestuoso elefante. Pero no removamos que luego nos llaman antipatriotas.

Aficiones y filantropías aparte, el señor Ma ha protagonizado polémicas declaraciones, como cuando defendió las jornadas laborales de 12 horas para los chinos que trabajen como ídems en su empresa tecnológica. Es decir, currar desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche durante 6 días a la semana. Al final de esa jornada maratoniana –que él mismo ha bautizado como “regla 996”− un obrero asiático que llega exhausto a su casa (o choza) come murciélago, pangolín y lo que le echen, ya que las piernas le tiemblan y no hay un dios confucionista que se meta en la cocina a batir huevos para una tortilla española.

Tras la polémica de la jornada laboral (una propuesta muy comunista, sobre todo viniendo de alguien que seguramente se baña en champán en su mansión de Nueva York de 23 millones de dólares) llegó otra polvareda tragicómica. En cierta fiesta para sus empleados (cuando este hombre monta un sarao paternalista nunca van menos de 80.000 trabajadores, con lo cual suele petar el bar) aconsejó a todos que llevaran una vida familiar plena y que practicaran el “669” (haciendo un juego de palabras con su famosa idea empresarial, la “regla 996”). Es decir, “tener sexo seis veces, seis días a la semana”. El ‘9’ en chino significa largo, poco más hay que añadir respecto al chiste verde y neoliberal de mal gusto.

No cabe duda de que el tipo tiene su sarcasmo: trabajar hasta morir y el resto del día fornicar para olvidar las penas y no pensar en huelgas o manifestaciones revolucionarias. De modo que este es el gran filántropo que con la intermediación de nuestro rey nos trae material sanitario del otro lado del mundo. Todo un caballero que primero envenena el mundo con su riqueza desmedida y después viene a ponernos las vendas, paños calientes y tiritas. Y aquí habría que preguntarse si nuestra Casa Real no habrá pasado de los cuentos árabes a los cuentos chinos. Al menos cabe esperar que las mascarillas no sean de todo a cien.

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