by Walter Benington, for Elliott & Fry, vintage print, 1920s

El COVID-19 prácticamente ha conseguido paralizar las economías occidentales y las consecuencias de este hecho se harán notar tras la vuelta a la normalidad, sobre todo porque ese regreso será escalonado porque lo primero que ha de priorizarse es la salud ante los intereses económicos de las élites financieras y empresariales.

Los costes sociales de esta pandemia no pueden ser asumidos nuevamente por las clases medias y trabajadoras del mundo, tal y como ocurrió en la crisis de 2.008 y en su recrudecimiento en 2.012 en la Eurozona. No es asumible que se disparen los niveles de desigualdad o que, a consecuencia de este parón económico, vuelvan a incrementarse el número de millonarios en un 700% mientras aumenta exponencialmente el número de personas que vive por debajo del umbral de la pobreza extrema.

Por esta razón, la actitud adoptada sobre todo en 2012 de aplicar una serie de políticas restrictivas o austericidas supondría el fin del mundo tal y como lo conocemos porque los pueblos quedarían absolutamente sometidos a los intereses de las élites, mucho más de lo que están ahora. Eso no lo pueden permitir los gobiernos, sean del signo político que sean.

Ha llegado el momento de aplicar más las teorías keynesianas que los postulados neoliberales de Milton Friedman. Keynes proponía aumentar el gasto público porque será la única fórmula para llegar al pleno empleo que, a su vez, genere un círculo que sirva de trampolín para creación de nuevos puestos de trabajo y, de este modo, llegar al punto de equilibrio. En un momento como el actual, las políticas expansivas de gasto público son las únicas válidas para superar la crisis de un modo justo y sin dejar a nadie atrás. Es decir, todo lo contrario a lo que proponen los neoliberales, es decir, reducción del peso del Estado hasta el mínimo y priorización del libre mercado.

El punto de equilibrio está en que las políticas expansivas complementen al mercado para que las empresas puedan crear empleo de calidad que genere consumo interno y, por tanto, incremente los puestos de trabajo.

Esto lo ha entendido a la perfección el Gobierno de Pedro Sánchez. El ministro José Luis Ábalos, en su comparecencia en Moncloa de ayer, advirtió que habrá que realizar una mayor intervención en la economía por las graves consecuencias que se están generando por la pandemia del coronavirus y la paralización de las actividades empresariales.

Ábalos fue muy claro al afirmar que «no hay lugar para las ortodoxias ideológicas. Esta crisis precisará que los gobiernos asuman un papel más activo en la economía». Para recalcar un mensaje tan contundente dijo que «esto no es sólo una apreciación personal o del Gobierno, es un diagnóstico extendido incluso desde las tribunas ideológicas del liberalismo». Es decir, que esta aplicación de los postulados keynesianos no es un capricho o una imposición ideológica, sino que está basada en la coherencia con lo que necesitarán tanto la clase trabajadora como los empresarios.

El ministro de Transportes incidió en el objetivo de esas medidas a adoptar: «minimizar los costes y hacer un reparto justo de ellos entre actividades, sectores económicos, sectores sociales y generaciones», es decir, que no paguen las consecuencias siempre los mismos. 

Habrá, evidentemente, sectores que, en principio, saldrán más beneficiados de ese intervencionismo económico por parte del Estado como, por ejemplo, la banca. Sin embargo, con un buen control de los fines para los que se utiliza el dinero público esos beneficios que puedan obtener los bancos redunden en la creación de empleo, generación del consumo interno, incremento de las exportaciones y mejora de la productividad.

Para que esto sea posible es necesario que la Unión Europea, la culpable de que en el sur de Europa aún haya millones de ciudadanos y ciudadanas no se hayan recuperado de la crisis de 2012, elimine las políticas de austeridad y de control del déficit al menos en dos décadas porque la crisis que está provocando esta pandemia será mucho más dañina que una crisis bancaria o financiera.

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