Nada, nada que hacer. De ese “nada que hacer” y de la necesidad de juntarnos, hace unos pocos miles de años surgió la diferencia entre los humanos y otros animales: en torno a la hoguera, ya alimentados y ante el crepúsculo y sin nada que hacer, apareció la narración, semilla del mito, de la religión, de la fantasía, del arte y de la creatividad. El humano crea con la mente… cuando no tiene nada que hacer. El aburrimiento es una concentración de energía esperando la astilla que la haga estallar. Hasta la ciencia (¡eureka!) necesita sus pequeños paréntesis.

No obstante, el humano recrea más que crea, pues, cuando crea, más bien modifica lo existente. Así, previamente, es necesaria la observación. Esta, como uno de los pilares de la supervivencia, puede ser innata e irreflexiva: los rastros delatan la futura víctima de un depredador, pequeños detalles distinguen las hojas comestibles de las que no. Pero hay otra observación que va más allá de la supervivencia, y es la que se da en los humanos que viven en sociedad: la de la vivencia. Es la observación social de cómo reacciona el otro, qué emociones tiene, y da lugar a la empatía y la simpatía, dos motores de la evolución social que empujan, también, algunas dosis del altruismo que nos ha permitido progresar.

Para que la observación sea productiva más allá de un momento puntual, para que retoce sobre sí misma como la reflexión, hemos de acercarnos de nuevo a ese nada que hacer. La mente y el cuerpo ocupados suelen invadir toda concepción de espacio y lugar, dejando poco margen al pensar. Así, para la reflexión es necesario que el pensamiento encuentre un hueco, desprovisto de tareas, donde apoyarse. Es decir, prosaicamente, un poquito de nada que hacer. Digamos que ese engorroso mejunje de soledad y aburrimiento, y sin perder la concentración, es como agua de mayo.

Imaginen al lagarto, quieto, bajo el sol, tendido sobre una piedra caliente. Pero si movemos un dedo, sale disparado. O el gato que dormita perezoso y ¡zas! caza una mariposa incauta que se ha acercado en demasía. Aunque sean ejemplos de lo innato, soledad y nada que hacer no son incompatibles con la conciencia del mundo que nos rodea. Pero, perpetuamente ocupados como estamos, no hay espacio donde apuntalar esa observación social y, por ende, empatía y simpatía se debilitan. No hay espacio que ensanchar a base de imaginación y creatividad si no hay vacío que ocupar. Y no hay espacio para el nada que hacer si todo está ocupado. Sí: estamos, literalmente, ocupados. No simplemente entretenidos (que también) sino que nuestro ser está ocupado por algo ajeno, de fuera a nosotros.

Siempre hay algo que parece más importante, que está dispuesto a ocupar el lugar de la observación y que quiere hacerse con todo el espacio, ignorando el resto o el mundo circundante o, mejor, forzándonos a que lo ignoremos. Es igual de qué tema hablemos. Siempre tendremos el “procés”, o después la Covid, o la monarquía ladrona y corrupta, después elecciones aquí o allá, después Trump o un atentado acullá. Tanto da. El que prefiera mirar a otro lado tendrá ese penalti no pitado, la Liga la Champions el Mundial, o la final de la NBA, carreras de F1 o motos, Roland Garros, Wimbledon. Es igual. La última serie (zas, ocho temporadas, ocho años) o el último concurso, la vida del famoso tal, el chismorreo aquél. Un nuevo juego en el móvil, que también puede ser navegar por la web, chatear continuamente, colgar centenares de fotos en Instagram o el twitt que no falte, abundante abanico de opciones para cubrir espacios, taponarlos, no sea que nos precipitemos por el nada que hacer y nuestra mente observe, piense, reflexione y se dedique a crear o recrear.

Solamente el que observa ve el mundo que le rodea, y solamente si piensa críticamente imagina que puede ser diferente a cómo se le muestra. No hablamos simplemente de arte o de pensamiento abstracto: la injusticia, primero hay que verla; pues, si no se ve, no hay injusticia que exista. ¿Una sociedad injusta deja de ser injusta si nadie aprecia su injusticia? La respuesta, no es tan sencilla. Para darla, como mínimo requiere un observador. Pero si alguien denuncia, debe hacerlo ante alguien que escuche: y una sociedad entretenida en el algo que hacer perpetuo, no escucha, no observa, y se debilitan la empatía y la simpatía. La injusticia puede recorrer las calles con vestidos muy diferentes, incluso atractivos. Pasados sus 90 años, la poeta Joana Raspall, se preguntaba: <<De gota en gota, / no m’acostumaria / a la injusticia?>>. Creo que la traducción es innecesaria.

Desconozco si hay alguna ley física o mecánica que postule lo siguiente: <<un “defecto por exceso” se produce cuando un mínimo incremento de mejora causa la pérdida de la ganancia acumulada>>. Imaginen esa tuerca que apretamos y apretamos pero que llega un momento en que, al apretar un poquito más, salta y perdemos todo aquello que habíamos enroscado. En este caso, suele ser un defecto de forma, pero a veces es un defecto de uso y, en algunos casos, me temo que una ley a cumplirse. Vean los medios de comunicación, internet, móviles, redes sociales, espectáculo, noticiarios, etcétera… parecen toda una acumulación de datos que tienden al “defecto por exceso” en la relación social y la necesaria observación que permiten la empatía y simpatía, semillas de la denuncia de la injusticia social. La pregunta sería si, a día de hoy, el Sistema que nos envuelve, con unos pocos agraciados y muchos entretenidos, va a permitir encontrar esos espacios de nada que hacer. Esos espacios que son, al fin y al cabo, los pequeños huecos donde apoyamos nuestra libertad personal, esa libertad desde la que observamos el mundo y vemos las injusticias, desde la que jugamos a imaginar y crear mundos mejores; en definitiva, todo aquello que nos ha hecho evolucionar como especie hasta el día de hoy.

Físicamente, y exceptuando el cerebro, el ser humano no es que sea un portento de animal. Desnudos, mucha lucha no podemos presentar ni a un cocodrilo ni a una morsa enojada. Además, solemos creer que el mundo es tal como lo percibimos, pero nuestra capacidad de percepción es casi ridícula. Comparen nuestra capacidad olfativa con la de un perro o la auditiva con la de un gato. Comparen nuestra capacidad visual con la de un águila o con todo el espectro que nuestro sistema ocular no distingue como visible (ultravioleta, infrarrojos, etc). Ha sido, pues, nuestra capacidad de pensamiento, de imaginar, y nuestra cohesión social, lo que nos ha permitido adaptar casi todo un planeta con sus seres vivientes hasta convertirlo en nuestra morada y sustento. Que el sistema utilizado en estos últimos miles de años fuera en provecho de unos pocos, ha funcionado porque los humanos no eran muchos: había espacio y recursos para desechar, contaminar, destruir, desforestar, derrochar, etcétera. Ahora ya no. Ahora casi ocupamos cada rincón y, en pocos años, empezará a faltar espacio, agua potable, energía, comida, bosques o selvas generadores de oxígeno, etcétera. Alegremente, o no, pero siempre ocupados en atrapar la zanahoria, el ser humano corre hacia el borde de ese precipicio.

A veces, las acciones necesitan de un vacío donde apoyarse, que decía el sabio chino. Nosotros no somos ni chinos ni taoístas, pero atareados y ocupados no vemos ni los ejes ni el espacio que los aguanta ni la rueda que nos pasa por encima. Otro sabio, este japonés, abogaba por vivir únicamente el momento presente, entregándonos a la contemplación mientras flotamos a la deriva como una calabaza en el río. Tampoco somos japoneses ni tendemos mucho al zen, pero sí parece que flotemos a la deriva sobre un río condenadamente muy manriqueño, entregados más al entretenimiento que a ninguna contemplación, tal vez sea para evitar divisar la desembocadura.

Ese humano que como una calabaza estaba navegando con el móvil o dejándose llevar por la corriente continua de la tele, pongamos que apoltronado en un sofá, se detiene un momento y observa el ficus benjamina que tiene a un lado. Cierra los ojos y piensa: ¿he visto el ficus? Ah, pero ¿qué parte? Evidentemente, desde el sofá no ha dado un giro de 360 grados alrededor del ficus. También, desde su punto de observación, unas hojas tapan a otras. Y no se olvida, tal humano, que bajo la tierra del tiesto las raíces no son menos ficus que las hojas o el tallo. Así pues, ¿ha visto el ficus?

Algunos dirían que ha visto un símbolo del ficus en su cerebro, hecho con retazos de lo visto y de aquello que sabe o recuerda de los ficus. Otros dirían que se conforma con haber visto porciones del ficus (de este ficus) y que decir que lo ha visto es una cuestión de comodidad en la transmisión del mensaje, vaya, que es una cuestión lingüística sobreentendida. Y otros dirían que lo que ha visto es una de las tantas posibilidades que nos ofrecen nuestras sensaciones, gracias a una percepción limitada, y que fijamos una abstracción que no coincide con la realidad del ficus. Incluso, alguno habrá que señale al ficus como una sucesión de eventos entrelazados y no como un hecho, y hasta demuestre que el ficus no existe. De hecho, es muy divertido y nos podríamos pasar horas así, dándole vueltas al humano que ha visto (o no) el ficus. Y de esta diversión, de esta riqueza variopinta, surge el valor de cualquier vida humana respecto a las otras, aquello que nos iguala a todos como prescindibles e imprescindibles a la vez: la diferencia como patrimonio, las alternativas como mejor vía.

Volvamos al ficus. La humanidad, al parecer de uno, ha llegado a evolucionar tanto gracias a que algunos humanos se han detenido a analizar unas hojas, otros la raíz, otros la idea de ficus, otros la idea del símbolo ficus, y otros la palabra ficus mientras aquellos lo regaban o lo pintaban al óleo o se lo imaginaban diferente. Este ficus, más o menos, también nos ha conformado a nosotros mismos, pues ni salimos de la nada ni creamos de la nada (aunque sí gracias a la nada). Pero, ostentando el poder de hacerlo, bastantes han querido llevarse el ficus a su casa, creyéndose con este derecho, más de pernada que de simple propiedad.

La política, uno supone que es la gestión de todas esas diferentes miradas, análisis, hipótesis, experimentos, opiniones y datos alrededor de ese ficus, con el fin que dure el máximo de tiempo y en las mejores condiciones. Más cerca de gestionar alternativas que de las grandilocuencias de iluminados. No obstante, sumidos todos en un torbellino de distracciones y entretenimientos (desde el espectáculo camuflado a la necesidad imperiosa de satisfacer necesidades que no lo son), parece que la política se deba y oriente a servir a esos pocos que, lejos de contentarse con llevarse el ficus a su casa, lo quieren trinchar en aras de un efímero y absurdo provecho. Cabe pues, y es simple opinión, cierto refrenamiento que permita el nacer de esos espacios vacíos, ese “nada que hacer”, que desocupe y libere una mente cautiva atrapada en la vorágine de sucesos sin más sentido que propiciar la vorágine misma. Cabe plantearse si la gran revolución no nos la dará la tecnología, sino el uso que hagamos de ella, y que lo más rompedor, el temor de los que se nutren del Sistema, es que nos salgamos de tal vorágine de datos y sucesos y nos apoyemos en los vacíos resultantes para imaginar, y tal vez crear, otros sistemas mejores, más justos, que aquello que se nos muestra. El riesgo es que, gota a gota, nos acostumbremos a la injusticia hasta el punto que seamos incapaces de verla, de discernirla, incluso llegando a ser parte de ella sin saberlo.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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