Cirugía, tumores

El doctor Rodrigo Rocamora, jefe de la Unidad de Epilepsia del Hospital del Mar, ha presentado en Barcelona una técnica pionera de cirugía láser en nuestro país, con la que pretende llamar la atención de sus colegas de oficio: “Enviarnos a los pacientes que tengan hamartomas hipotalámicos”. Y es que, gracias a esta nueva tecnología láser, se pueden operar epilepsias y tumores cerebrales, que en muchas ocasiones aparecen por culpa de una enfermedad rara como la que ha dado a conocer el doctor Rocamora.

Hasta ahora, el hamartoma hipotalámico era una enfermedad muy difícil de intervenir debido a que el hipotálamo, que entre otras funciones se encarga de regular la temperatura corporal y ordenar conductas agresivas o de apareamiento, se encuentra en lo más hondo del cerebro. Sin embargo, con la nueva cirugía láser es posible operar una gran variedad de enfermedades –epilepsias, lesiones múltiples, esclerosis tuberosa, displasias cerebrales, angiomas o meningiomas– a causas de su capacidad para eliminar focos epilépticos y tumores malignos y benignos de una forma menos agresiva, segura y rápida que con otras técnicas.

“Esta técnica cambia el paradigma del tratamiento de una epilepsia, pues podemos destruir de forma segura y efectiva lesiones localizadas en un lugar del cerebro peligroso para una cirugía abierta”, ha afirmado el doctor Rocamora. “Además, permite combinar diversos tratamientos en una intervención, con lo que el paciente se ahorra nuevas cirugías y otras operaciones”, ha añadido el doctor Gerard Conesa, jefe del Servicio Mancomunado del Hospital del Mar y del Hospital de Sant Pau.

Los usuarios pueden ser tanto niños como adultos, aunque los pacientes deben cumplir una serie de requisitos, el tumor o lesión debe estar localizado y no puede exceder de los 3 centímetros. Para comprender por qué esta cirugía láser genera tal entusiasmo entre la comunidad médica y los enfermos con estas patologías es interesante comprender una técnica que suma la destreza de tres especialidades, neurocirujanos, anestesiólogos y neurorradiólogos.

La intervención comienza en el quirófano, donde los neurocirujanos hacen las incisiones oportunas para introducir en el cráneo del enfermo una sonda láser de 1,65 milímetros. Los médicos cuentan con la ayuda de un robot que se llama ROSA. Una vez ubicada la sonda, el paciente, anestesiado, pasa a radiología donde se introduce en la máquina de las resonancias magnéticas para comprobar, gracias a las fotografías que se toman de su cerebro, que la sonda está situada justo en la zona que debe tratarse. Zona en la que el neurorradiólogo lanza disparos de energía con un sistema llamado Visualase que quema el tejido deteriorado. De esta forma es como el doctor Jaume Capellades, jefe de la Unidad de Neurorradiología, “Se ha convertido en neurocirujano”, han bromeado ante la prensa sus compañeros. Capellades ha explicado que el grado del tejido quemado se evalúa con una fotografía que se toma con la resonancia magnética que mide la temperatura. “De esta manera, tenemos una gran precisión antes de cada disparo”, ha afirmado. Las descargas eléctricas pueden repetirse las veces que haga falta. El proceso de ablación no dura más de 5 minutos.

El riesgo para el enfermo, igual que ocurre con la cirugía abierta, es que en dicho proceso se rompa un vaso sanguíneo causando un edema. Aunque con este material, el diámetro de la lesión es mínimo, ya que oscila entre los 5 y los 20 milímetros.

De momento, el Hospital del Mar ha efectuado tres operaciones, el 24 de enero, el 20 de febrero y el 6 de marzo. Los tres recibieron el alta en apenas 48 horas después de la intervención. Los dos primeros tenían epilepsia y el tercero un hamartoma como del que habló el doctor Rocamora. El hospital tiene previsto operar a diez pacientes cada año.

En Norteamérica esta técnica ya se practica desde hace quince años. Pero en Europa, donde prevalece el sistema sanitario público, aún resulta muy novedoso. De hecho, de la veintena de pacientes tratados, tres son los del Hospital del Mar. El coste y los trámites burocráticos explican este aterrizaje tardío.

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