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W. K. C. Guthrie

Aristóteles de Estagira fue el discípulo favorito de Platón durante más de dos décadas; quizá nadie, por tanto, entendió su legado como él y, sin embargo, parece que habiendo tenido en alta consideración a su maestro, afirmó considerar más amiga a la Verdad. No estaba totalmente de acuerdo con él. No olvidemos que el Estagirita fue esclavista, privilegiado por su tutorado Alejandro Magno, o que viviseccionaba esclavas para estudiar la evolución de sus fetos… pero un genio. Soliviantemos a los cultos diciendo en poco más de un par de páginas por qué es el pensador más actual de la Antigüedad.

Todo conocimiento es práctico, técnico o teórico, afirma, esto es: lo que tiene que ver con la acción humana o praxis; lo que requiere de aprendizaje o técnica para ser ejecutado; y por último aquellos conocimientos que en principio responden al apetito natural de saber del humano, a su curiosidad, es decir aquéllos en los que el sujeto es espectador, un contemplador (“Theoreîn” en griego es lo que hace alguien viendo una obra de “théatron”); incluye aquí la Teología o Filosofía Primera, llamada Metafísica por la posteridad… un contemplativo.

Guardemos esta clasificación. En un famoso pasaje, habla Aristóteles de los deseos indicando que pueden ser sobre cosas posibles o imposibles y pone como ejemplo de esto último la inmortalidad; lo tenía claro, para él toda la parafernalia platónica era una teoría interesante envuelta en una bella metáfora, poco realista. La “forma” tiene su utilidad conceptual, pero si a uno le duele una muela: quiere que le curen la muela, no la “forma” de la muela. Adelantándose al nominalismo medieval, Aristóteles pretende despegar la calificación “real” de todo lo que no sea “existente” en el mundo del sentido común, cotidiano; a la pregunta de “¿Qué existe?” la única respuesta posible es: seres individuales concretos, este ordenador, esta mesa…

Distinto es preguntarse qué hace “real” a un objeto existente, a un ente. Postula el Estagirita que el “ser” se dice de muchas maneras, es relativo, depende de la perspectiva… En todo ser individual hay una parte que cambia sin alterar lo reconocible de ese ser y otra que permanece; “materia” es el sustrato alterable, “forma” eso que permanece y lo sigue caracterizando; todo ser es una sustancia compuesta de materia y forma, es “hilemórfico”; los sentidos nos muestran el todo conjunto, ni la materia ni la forma por separado son perceptibles, una materia sin forma (“prima”) puede ser imaginada pero es un imposible, pues no sería nada concreto, sería indefinida; la forma, como aquello que define al compuesto, también la puedo imaginar, pero en este caso el intelecto sí se puede formar un concepto, una definición que explique lo esencial de ese ser. Nótese cómo nos ha deslizado como imperfección lo material y como perfección lo formal…

Qué es pues “sustancia”: ¿lo que muestran los sentidos o lo que colige el intelecto? Pues tan verdad es lo uno como lo otro, el compuesto es una sustancia auténtica, pero podríamos decir que la sustancia sin la materia es su esencia, lo que le hacer existir como un ser único inconfundible con otro, lo que de alguna manera responde a la definición de sustancia igualmente, pues entendemos ésta como lo verdadero. Es decir, qué sería sustancia entendida como realidad verdadera: pues depende si es desde el punto de vista del sentido común o del intelecto, si damos prioridad al compuesto o a la forma sin la materia, a los sentidos o a la razón.

Nada inmaterial puede existir, pero tampoco la materia es lo que define a una realidad sino su forma. Si nos fijamos, Aristóteles lo que hace es introducir el formalismo platónico en cada uno de los seres del cosmos, dejando a un lado su escatología mítica. Pero asumía así su magisterio más de lo que hubiese admitido.

Lo real es sustancia: para los sentidos el compuesto, para el intelecto la esencia. Pero la materia es la fuente de cambio consustancial a cada cosa, y nada cambia sin un culpable, una causa. El devoto embriólogo Aristóteles sabía que: primero, sin pareja sexual real no hay embarazo (salvo palomita); y segundo, que si no hay actividad por las partes, movimiento, tampoco; y tercero, que hay un vínculo entre progenitores y descendencia, una no pare un “i-phone” sino otra persona; y cuarto, que suele haber un algo por lo cual sucede la reproducción… Material, eficiente, formal y final son los tipos de causas que convergen en todo fenómeno para que ocurra, pero no hace falta ser muy sutil para ver el hilemorfismo al fondo otra vez, y de nuevo lo material es imperfección y lo formal es el sentido, la finalidad, el qué y el por qué, teleología: nada sin causa y ésta es un programa que se ha de cumplir. Orden.

Visto el mundo así, todo lo que existe está en disposición permanente de cambiar. El movimiento es eso, el flujo desde lo que potencialmente puede ser algo a lo que en un momento determinado ya es, “dýnamis” o posibilidad y “en-érgeia” o estar hecho, incompletud y perfección. Pero cuidado, Tomás de Aquino lo pervirtió justo aquí porque nunca lo entendió: lo que explica la realidad es la disposición al cambio (“héxis”), eso es el movimiento, propensión, nada es estable en el Universo, todo está en un movimiento permanente: es un error absoluto definir el movimiento aristótelico como el paso de la potencia al acto… la corrupción de su pensamiento. El movimiento, la disposición al cambio, es la característica definitoria de lo real: la actualización incompleta de lo movible. Esta definición sí es exacta, porque la perfección es una tendencia, una finalidad (“La Naturaleza es sentido”, “télos”, dice literalmente), nada está actualizado totalmente salvo que paráramos el transcurso del tiempo, un imposible. Cuando dice que nada está en potencia y acto a la vez se refiere un sólo tipo de transformación, de programa, no se puede ser niño y viejo a la vez pero sí niño actual y abono para plantas potencial…

Las realidades se mueven (cambian) de un lugar a otro, o en sus cualidades, o en cantidad o pueden convertirse en otras, pero todo siguiendo un plan, un programa: ese niño podría llegar a ser madera… tras muchos cambios sustanciales, cuantitativos, cualitativos o locales… Cuatro movimientos, cuatro causas, cuatro elementos, cuatro humores… la disposición al cambio la determinan las potencialidades de lo material y su programa formal: en cada instante nuestro intelecto puede captar la ejecución final de ese programa, el intelecto percibe perfecciones acabadas, ya en lo final (“en-teléjeia”), pero “inexistentes”, los sentidos muestran un mundo que no para, pues lo potencial se actualiza sin parar y, a su vez, esta realidad ya está actualizándose de nuevo, nada hay estable que sea perceptible.

Éste es el mundo sublunar, de la generación y la corrupción, de los movimientos compuestos y no regulares… El mundo supralunar es de éter, el quinto elemento, el origen del movimiento y por tanto de la vida, éter que se mueve en círculos perfectos (eternidad)… recuerden la “Harmonia Mundi” pitagórica… el cielo es exacto porque su movimiento es estable y sempiterno. Nada ocurre sin causa; por ello, decir que esa cadena de causas hacia un origen de todo no tiene fin sería admitir una contradicción, que no hay una causa de la causa, la única respuesta es que ha de haber una causa primera que a su vez sea incausada, algo que mueve a lo demás sin ser movido por otro, ésta es la idea del Motor Inmóvil (dejamos a los eruditos explicaciones más técnicas sobre cuántos son, cómo están jerarquizados…). ¿Recuerdan que era parte del conocimiento teórico la teología o estudio de lo divino? He aquí al dios, a la divinidad aristotélica, una conclusión teórica fruto de nuestra curiosidad, una clave del sistema físico para cerrar su lógica interna, pero este dios de la Filosofía nada tiene que ver con la religión, con el culto, es sólo un concepto para definir la realidad.

Para que lo entendamos mejor: si pudiéramos percibir el cosmos entero como un objeto sería un compuesto de materia y forma; sólo el intelecto nos permitiría aislar conceptualmente lo inmaterial, porque ambos principios no existen en lugar alguno por separado; lo divino es el orden, lo formal, el sentido y el movimiento eterno con el que sucede la totalidad de lo existente, el intelecto respira lo divino como una consecuencia de la estructura de su propio entendimiento… pero ¿podríamos afirmar la existencia separada de Dios? Spinoza sí lo entendió; Santo Tomás de Aquino ni pudo olerlo, esto explica por qué Aristóteles era considerado un enemigo de la fe (ateo) hasta que Santo Tomás y Guillermo de Moerbeke lo corrompieron y pasó a ser la base de la teología cristiana a partir del siglo XIII. Potencia, Acto, Dios es la causa y se acabó; un Universo estático, pobre, simple, caprichoso, mecánico o milagroso si cabe, el Aristóteles cristiano de mentira; frente al dinamismo, el orden, la física entendida como racionalidad… el Aristóteles verdadero, equivalente a la Física actual en actitud.

Un detalle más para acabar, apliquen todo esto a la ética; nada ni nadie es bueno ni malo, la moral carece de sentido, todo lo que un humano haga puede ser lo uno o lo otro, “Nadie es mejor ni peor por lo que desea sino por cómo ejecuta lo que desea”. La virtud (“areté”, aquello que lleva al cumplimiento de su función a algo) también es una disposición o un hábito, un modo de ser, en movimiento, nadie podría ser calificado como virtuoso salvo que estuviera muerto y ya no tendría sentido; tenemos la posibilidad de hacer lo peor o lo mejor, el ser humano se hace virtuoso con cada acción, cada decisión; de ahí nuestra responsabilidad: elegir o desear no son lo mismo, el deseo vimos que puede aspirar a lo imposible (infructuoso) pero la elección incluye deliberación e intención… la sabiduría está detrás de la ética, no los valores: eso sería simple moral.

Aristóteles describe un universo muy parecido a la de la Física actual, un cosmos eterno (lo del Big Bang hedía a Creador) que es un “perpetuum mobile”, que admite preguntas sobre la génesis, el por qué, la belleza o la justicia… y tiene algunas respuestas, aunque sólo sean una construcción teórica de la curiosidad humana. Este Universo divino, según se mire, sin el veneno de la Creación ni de sus límites en el espacio ni el tiempo, es autárquico, quizá no necesitemos saber mucho más… sino liberarnos del infantilismo trascendentalista.

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Francisco Silvera. Huelva, 1969. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid (tesis: Obra y edición en Juan Ramón Jiménez. El «poema vivo»; Premio Extraordinario de Doctorado). He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor de instituto, de filosofía, hasta donde lo permita el gobierno actual. Director del Festival Internacional de Música Ciudad de Ayamonte (2002 y 2003). Coordinador de los actos del Trienio Zenobia-JRJ 2006-2008. Asesoría musical para la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (2003-2013). Consejo Asesor Literario de la Diputación Provincial de Huelva (2002-2013). Colaboro semanalmente con la prensa escrita en Huelva Información. Junto a Javier Blasco, he codirigido Obras de JRJ, en 48 volúmenes para Visor; he publicado varios ensayos en torno a su concepto de «obra»: -Copérnico y Juan Ramón Jiménez. Crisis de un paradigma (2008) -El materialismo de Juan Ramón Jiménez. (JRJ excavado: alma y belleza, 1900-1949) (2010) -Juan Ramón Jiménez en el Archivo Histórico Nacional: Vol 2. MONUMENTO DE AMOR, ORNATO y ELLOS (2011) -Poesía no escrita. Índices de Obras de JRJ, junto al profesor Javier Blasco (2013) Lejos de tener vocación de cuentista, sí me encuentro cómodo en la prosa corta, lo que me hace deambular entre el relato, el microrrelato, la estampa o el poema en prosa. Veo poco más que comercio en la literatura actual; suelo experimentar con la forma. Mis libros: -Las apoteosis (2000) -Libro de las taxidermias (2002) -Libro de los humores (2005) -Libro del ensoñamiento (2007) -Álbum blanco (2011) -Tenebrario (2013) -De la luz y tres prosas granadinas (2014). -Libro de las causas segundas o Las criaturas (2014, Epub) -Mar de historias. Libro decreciente (2016). -Libro de los silencios (2018) -Pintar el aire (2018, en colaboración con el pintor Miguel Díaz) He publicado cuentos en diversas revistas y he sido recogido en varias antologías, como Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea (2007), editada por la profesora Teresa Gómez Trueba; Microrrelato en Andalucía (2007), edición del crítico Pedro M. Domene, y más recientemente en Velas al viento. Los microrrelatos de La Nave de los Locos (2010) o Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, ambas por Fernando Valls (2012). En el blog literario de este crítico se pueden encontrar textos míos. Mis artículos en: quenosenada.blogspot.com.es. Libro de los silencios ha sido galardonado por el jurado del XXV PREMIO DE LA CRÍTICA ANDALUZA de 2019 en la modalidad de relatos.

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