Imagen de La Sexta.

Los diferentes grupos, partidos, entidades que conforman el entramado soberanista, al entrar en la discusión con el Estado y su estructura jurídica, a mi parecer, han cometido el error de pensar que el saber está hecho para acrecentar nuestro acomodo en el mundo. Cuando, parece adecuado pensar, que el saber está hecho para romper, para cortar, para desembarazarse de algo. Cuando aprendemos algo por fin nos hemos liberado de toda una serie de incomodidades que nos tenían de algún modo limitados innecesariamente.

Lo sensato hubiera sido no entrar en la discusión de cuando es el juicio, de si es competente este tribunal u otro, si la ley se interpreta adecuadamente o si se retuerce. ¿Por qué? Porque es evidente que lo que se ha hecho con los líderes independentistas es aplicar el derecho penal del enemigo y, por ende, se les niega el derecho a que sus infracciones sean sancionadas dentro de los límites del derecho penal liberal, esto es, de las garantías que hoy establece el derecho internacional de los Derechos Humanos.

Raúl Zaffaroni nos advierte que es imposible la incorporación del concepto de «enemigo» en el Derecho Penal, salvo que se pretenda el aniquilamiento del Estado de Derecho y su reemplazo por la versión absolutista y totalitaria del mismo. «La admisión jurídica del concepto de enemigo en el derecho, siempre ha sido, lógica e históricamente el germen o primer síntoma de la destrucción autoritaria del estado de derecho».

Llegados a este punto sólo nos queda la acción política ejercida con radicalidad democrática. La política es intentar ordenar la cosa pública, los asuntos de todos. La vida pública es difícil y valiosa y como cosa valiosa siempre está amenazada por la degeneración. La principal amenaza para que las cosas se degeneren lleva el nombre de violencia. La violencia tiene muchas formas, muchas modalidades. Una de ellas es la retórica: el lenguaje utilizado no para decir lo que se cree sino básicamente para engañar.

Lenguaje y democracia van estrechamente unidos. Existe desde siempre una batalla entre el lenguaje significativo y el lenguaje como simulacro. Y aun así lo central en el lenguaje es el entendimiento, es decir, el hecho extraordinario que dos personas puedan entenderse. Cuando una persona se dirige a otra, el hecho de aquello que guía esa acción sea precisamente el querer hacerse entender. No necesariamente (eso vendrá luego o no vendrá) el acuerdo.

Lo esencial del lenguaje no tiene que ver directamente con el acuerdo, sino con la posibilidad de entenderse. Uno quiere hacerse entender y queriendo hacerse entender, por el otro, ya está tratando a ese otro como sujeto, como sujeto capaz de entenderle a uno. Evidentemente ahí hay algo muy valioso que es esa intención extraordinaria de querer hacerse entender.

Pero lo más hondo de la democracia de todo lenguaje tiene que ver con algo diferente, con algo que ya está también implícito en está intención de querer hacerse entender y que consiste precisamente en el hablar franco, en la franqueza, en la sinceridad. ¿Pero qué significa hablar de forma sincera? Hablar siendo sincero significa dirigirte al otro queriendo ser tú aquello que dices. Estar todo tú en aquello que dices.

No hay manera de irse fuera. La idea importante: no hay manera de mirar desde fuera. Lo que se ve nunca aparece en lo que se dice.

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