Miguel Ángel Blanco tenía apenas 29 años cuando fue secuestrado y posteriormente asesinado con dos tiros en la nuca por ETA. Este crimen sirvió para movilizar a la sociedad vasca y de toda España en un clamor contra las prácticas terroristas. Fue el principio del fin de ETA, pues por primera vez las víctimas salían a la calle a llorar, y los terroristas tenían que callar y sentir la presión social del rechazo.

Antes de Miguel Ángel la situación era muy distinta: los funerales por la victimas se hacían en silencio, a escondidas y en grupos reducidos de familiares y amigos íntimos, por supuesto sin presencia institucional ni de políticos.

El 13 de julio se cumplirán veinte años de su ominosa muerte, y lo que debería ser motivo de homenaje y recuerdo para honrar a las víctimas se convierte en disputa, confrontación, rencor… y, ¡lo que faltaba!: disputas entre partidos políticos para sacar provecho.

No seremos mejores si no aprendemos de los errores del pasado. Fueron los ciudadanos quienes dieron lecciones, quienes inclinaron la balanza hacía la razón y la justicia, con gestos que quedarán para la historia como las multitudinarias concentraciones por toda España, más aún en el País Vasco, con las palmas de las manos levantadas hacia arriba pidiendo la liberación de Miguel Ángel, o las velas encendidas durante todas las noches que duró su secuestro, simbolizando la esperanza, o los propios ertzaintzas descubriendo su rostro por vez primera, representando el adiós al miedo.

Que todo aquello que unió a la sociedad para vencer a ETA y al terror no se desvanezca en un suspiro, que la clase política esté a la altura y honre como se merecen a las victimas, a todas, sin excepción.

Ellas, las víctimas, no tienen por qué pagar las ofuscaciones políticas. Que lo que las víctimas han conseguido unir, no lo separe la política.

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