Cierto: desde que han subido las temperaturas es todavía más difícil tolerar la mascarilla. Se pega a la boca, una no puede respirar bien, provoca sudor, encima a las que llevamos gafas se nos entelan los cristales y entonces… entonces ni respiramos, ni vemos bien. Un rollo, sí.

Pero es que pienso en mi amigo de la bodega de vinos, que estuvo dos meses sin poder abrirla y tuvo que gestionar subsidios para los trabajadores: alguno, me decían a inicios de junio, todavía no había cobrado nada. Y en mis amigas, que llevan con la cafetería cerrada desde hace tres meses y medio y con sus trabajadores en casa. Pienso en las decenas de familias cuyos hijos e hijas no habíamos logrado contactar pasados casi dos meses de estado de alarma en el Distrito. Pienso en las mujeres que han estado encerradas casi tres meses en sus casas, aisladas y sometidas a violencia sistemática ejercida por los maltratadores con los que han tenido que convivir en situación todavía más extrema. Pienso en sus hijos y en sus hijas: víctimas de gritos, de desprecios, de insultos, de golpes a diario, sin poder salir a la calle y olvidarse de la casa durante el tiempo de colegio y de barrio. Pienso en las colas de personas, en las avenidas más comerciales de mi ciudad, esperando la suerte de no quedarse aquel día sin bolsa de comida. Pienso en las centenas de familias que mi amigo me contaba semanalmente que iban a pedir ayuda a la asociación del barrio. Pienso en mis compañeras de universidad, que durante tres meses han vivido en stress permanente por tener que sostener un trabajo precario a través de la pantalla, el cuidado de sus hijos e hijas pequeñas, la casa y la frustración de no ser maestras de enseñar a leer y a sumar. Pienso en las y los que han perdido encargos profesionales durante el estado de alarma y todavía no saben qué cobrarán los próximos meses. Pienso en los sueños detenidos durante semanas de las y de los adolescentes: de quererse, de sentirse, de reírse. Pienso en la soledad de nuestras personas mayores: en las visitas, en los besos, en los abrazos que no han recibido durante todo este tiempo.

Pienso en lo común: por eso tapo mi nariz y mi boca cada día tanto tiempo como puedo cuando estoy en espacios comunes con otras personas. Y cuando voy por las calles y es evidente que no podré estar a metro y medio de las personas con las que me cruzo. Porque no quiero que volvamos a vivir todo aquél destrozo comunitario, humano. Todo aquél destrozo de vidas concretas, una a una, que suman la comunidad que somos.

Hace unas semanas Rita Segato recordaba en un conversatorio junto a otras tres mujeres feministas argentinas lo fundamental de la distancia, de la separación, del sentido de desdoblamiento entre la casa de dentro y la casa de fuera: recordaba cómo habíamos perdido eso durante las cuarentenas, en el mundo entero, y cómo sin casa adentro (comunidad) no puede haber casa afuera, o no puede hacerse bien la casa de fuera. Ahora, que volvemos a tener la casa adentro: la posibilidad de estar con nuestra gente, con la que nos nutre para estar en el mundo, ahora que volvemos a tener la de dentro y la de fuera, beber de un modo distinto de la casa de dentro sería la oportunidad de poder hacer una casa de fuera distinta: un sistema económico distinto, ¡que nombre de una vez por todas que sin vida no hay dinero! Un orden de las cosas distinto, que ponga en el centro la importancia de la relación para no perder el sentido del tiempo como nos ha sucedido durante las cuarentenas, durante los confinamientos, y como sigue sucediendo y sucederá todavía en tantos lugares del mundo.

Pero es que… no sé si sucederá todo esto, porque no veo besos por las calles o en los bares, pero narices sí: narices veo muchas. Como si haber estado en casa hubiera sido un castigo inquebrantable, y no la necesidad del cuidado de lo común, y ahora salir a las calles fuera la posibilidad de volver a señalar el territorio: el “aquí estoy yo más chulo que nunca”. Como si no hubiera sucedido a nadie el despido, el subsidio, la bolsa de alimentos, la violencia, el aislamiento tormentoso, la soledad, el contar el tiempo de la gente mayor y calcular los besos y la vida pendientes.

Cada vez que veo una nariz o una boca al aire en lugares de relación y de convivencia humana me doy cuenta de la cantidad de tentáculos que tiene el patriarcado: ese no saber cuidar de lo común y, sin embargo, arrebatarse el poder de decidir lo común. Ese no saber calcular que sin casa adentro, sin comunidad, no habrá una casa afuera humana y amable a la vida. A todas las vidas, no sólo a las privilegiadas. No solo a las que se arrebatan el poder. Ese sólo mirarse a sí mismo y sacar a exhibir… ¡lo que sea!, ¡aunque sea la nariz!

Apúntate a nuestra newsletter

Artículo anteriorOcaso de Putin
Artículo siguientePuigdemont está creando un nuevo partido político
Feminista e Historiadora, docente universitaria y técnica de planes de formación y de proyectos de intervención para la transformación del mundo: para que el universal masculino deje de ser la medida. Como historiadora estudio la práctica política de mujeres que vivieron hace siglos, sobre todo en América Latina, y propongo que a las mujeres nos sobra historia y nos falta memoria: aquella que el patriarcado ha querido borrar. Desde hace unos años he colocado en uno de tantos espacios posibles de la administración pública mi práctica política. Soy de las que piensa que existe política femenina y política masculina.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre