La tumba de Antonio Machado en Collioure (Francia)

«¿No ves, Leonor, los álamos del río / con sus ramajes yertos? / Mira el Moncayo azul y blanco; dame / tu mano y paseemos».

 

Este año se cumple el octogésimo aniversario del fallecimiento del poeta sevillano Antonio Machado en Collioure, una pequeña población francesa de los Pirineos Orientales de menos de 3.000 habitantes.

El poeta llega a esa localidad gala el 22 de enero de 1939 −evadiéndose de Barcelona, donde residió los últimos días de la guerra civil− y fallece el 22 de febrero a los 63 años. Cruza al país vecino con su madre, Ana Ruiz, y su hermano José, para evitar las represalias de quienes les empujaron a salir de su España. Corto fue el alivio de Machado porque murió un mes más tarde. Y doña Ana, unos pocos días después, el 25 de febrero de ese mismo año de 1939. Una última fotografía muestra el féretro que contiene su cadáver apoyado sobre dos sencillas sillas de comedor, cubierto por una bandera republicana y velado por militares fieles a la República.

El poeta Antonio M. Herrera, con motivo de este 80 aniversario, escribió un poema titulado Sobre dos sillas que ilustra literariamente y con gran acierto y arte aquellos desgraciados momentos.

“Ese féretro velado por ropa militar

con arrugas de derrota y de exilio,

cubierto por una bandera tricolor

ganada por derecho de coherencia;

ese féretro tachonado, sobre dos sillas

de un fortuito hostal que mira al mar,

es la desnuda nave que ya vaticinó

el hombre que vivió la austeridad como equipaje”.

La vergüenza de un olvido

Durante este largo período de tiempo, 80 años, ninguna autoridad española estatal, autonómica o local, ni ninguna institución de la cultura o el arte, fundación o universidad, ha sido capaz de repatriar los restos de Don Antonio y llevarlos a Soria para que definitivamente descansen junto a los su amada esposa, Leonor Izquierdo, tal como fue su voluntad. La tumba se encuentra en el cementerio soriano de El Espino y en su lápida reza una inscripción: “A Leonor, Antonio”

Esta vergonzosa situación pone de manifiesto, una vez más, el tristemente tradicional y detestable desapego de este país hacia sus mejores hijos. No parece que Francia fuera a poner dificultad alguna para permitir y facilitar el regreso de los restos de Antonio Machado. Precisamente un país, Francia, que tan admirablemente trata a sus ciudadanos más destacados y que incluso tiene la reconocible y generosa costumbre de prohijar a aquellos extranjeros que residieron en su demarcación y que triunfaron, como es el caso de Pablo Picasso y Luis Buñuel, entre tantos.

Ese tradicional desapego público tuvo este mismo año una nueva edición por parte del concejal de Cultura del Ayuntamiento de Soria Jesús Bárez (PSOE) al rechazar la posibilidad del retorno del poeta a Soria: “El traerlo a España generaría además ciertas tensiones. Es verdad que en un momento dado Machado dijo que le gustaría estar cerca del Duero, pero hoy por hoy esta persona que buscó siempre la reconciliación de todos los españoles también decidiría estar en Collioure”. No se entienden muy bien estas manifestaciones porque se atribuye −pretendidamente a una persona fallecida hace casi un siglo, y sin fundamento alguno−, una voluntad (“también decidiría estar en Collioure”) y además denotan atrevimiento, ligereza y una total falta de respeto hacia quien nunca expresó tales voluntades. Las declaraciones irresponsables, insensibles e injustas del edil, además, se produjeron un 22 de febrero, aniversario del fallecimiento de Machado. El tiempo, a veces, no lo borra todo, menos mal.

Antonio, Leonor, el Duero y el amor

En diciembre de 1908, Machado se aloja en una pensión regida por Isabel Cuevas y su marido Ceferino Izquierdo, sargento de la Guardia Civil jubilado. El poeta ejerce de profesor de francés en un instituto soriano y prontamente se enamora de la hija mayor de los propietarios del establecimiento, Leonor. Habría que esperar unos meses, hasta que su pretendida cumpliera 15 años −él contaba 34−, y así poder obtener la edad para casarse, un matrimonio que tiene lugar el 30 de julio de 1909 en la Iglesia de Santa María la Mayor de la misma población en la que habitan.

Y son felices, quizás contra la percepción de muchos, y crean una gran unión llegando ella a apasionarse por el trabajo poético de su marido. Pero como en otras tantas ocasiones la dicha en la vida don Antonio jugó en contra del tiempo.

¡Lo que la muerte ha roto / era un hilo entre los dos! 

En junio de 1909 los Machado se trasladan a París gracias a una beca que la Junta para Ampliación de Estudios concedió al poeta para la ampliación de estudios de filología francesa. Pero el 14 de julio de 1911 Leonor sufre una hemoptisis con expulsión de sangre por la boca. Los médicos franceses le diagnostican tuberculosis, de casi imposible curación en aquellos años.

Regresan a Soria confiados en que los aires del Moncayo alivien su enfermedad pero no es nada más que una ilusión porque la joven esposa muere en agosto de 1912 con solo 18 años. Casi coincidente con la publicación de la primera edición de Campos de Castilla que Leonor había visto y compartido en su creación.

El dolor de Antonio Machado es tal que pide su traslado a Baeza (Jaén) a casi 600 kilómetros de Soria. Tras perder a su esposa, Machado escribe unos muy bellos poemas en su recuerdo. «Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar».

«Una noche de verano / estaba abierto el balcón / y la puerta de mi casa / la muerte en mi casa entró. / Se fue acercando a su lecho /-ni siquiera me miró-, / con unos dedos muy finos / algo muy tenue rompió. / Silenciosa y sin mirarme, / la muerte otra vez pasó / delante de mí. ¿Qué has hecho? / La muerte no respondió. / Mi niña quedó tranquila, / dolido mi corazón. / ¡Ay, lo que la muerte ha roto / era un hilo entre los dos!».

El tiempo, a veces, no lo borra todo. Ahora, en este mes de agosto de 2019, atravesando la Dehesa de Soria y disfrutando de la ribera del Duero −“dame / tu mano y paseemos”−, el recuerdo emocionado de Antonio y Leonor no borra la vergüenza y la falta de conciencia de un pueblo hacia quienes tanta gloria le dieron. Pero cada uno es como es y somos como somos.

3 Comentarios

  1. A muchos nos gustaría ver en El Espino las tumbas juntas de Antonio y Leonor, pero no podemos olvidar la España de la que somos hijos y esa España que expulsó a Don Antonio sigue sin reconocer el genocidio del fascismo español. Don Antonio Machado con su ausencia nos recuerda cada día esa deuda pendiente para con los luchadores de la libertad y la democracia.

    Mientras tanto disfrutemos de las riberas del Duero, las vistas del castillo y el dulce paseo por la dehesa

  2. No comprendo que motivos hay, para no repatriar los restos de Machado y otros españoles fallecidos en el extranjero, por motivos de la guerra civil.

  3. Sr. Domínguez, lo primero, un afectuoso saludo y después, mi osadía me empuja a completar la última frase de su artículo. «Pero cada uno es como es y somos como somos. Por eso nos va como nos va»

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