(Dibujo: Jaume Prat)


Lo primero que hago por la mañana al empezar mi jornada laboral es escribir en un bar donde, cuando entro, ya no tengo ni que pedir. Me conocen los camareros el propietario y algunos clientes habituales. Uno de ellos, la semana pasada, se me plantó delante para decirme que me contaría una historia de arquitectura que seguro que yo no sabía. Me habló de los templos egipcios, que se orientan este-oeste pero no en función del sol. Pensar eso sería lo fàcil. El este, por donde sale, es la vida. El oeste es la muerte y allí se enterraban los sacerdotes. Efectivamente, desconocía el dato. Nada mejor que escribir algo sobre ello para reflexionar.

El físico Jorge Wagensberg publicó en 2002 una recopilación una recopilación de aforismos titulada Si la naturaleza es la respuesta ¿cuál era la pregunta?, entre los cuales se cuenta uno de mis favoritos: Antes fue el huevo. Pero no era de gallina.

Siempre que reflexiono aparece un tema que, lejos de lo que pueda parecer, tiene más repercusiones para nuestra vida diaria (a través, obviamente, de la cultura) de lo que pueda parecer: los inicios abstractos de la arquitectura. El ser humano se diferencia de cualquier otro ser vivo de nuestro planeta por su autoconsciencia. Es decir, sabemos que estamos aquí aunque a menudo nos cueste saber por qué. Este conocimiento lleva asociada una voluntad de afirmación, de hacerse un lugar. De aquí él título de una famosa conferencia del filósofo Martin Heidegger: Construir, habitar, pensar. En este orden. Construir para afirmar que estamos aquí. Construir empleando unas geometrías que no estén en el entorno. Geometrías que, por tanto, no tienen nada de abstracto contra lo que pueda parecer. Son geometrías por oposición. Si la naturaleza no hace líneas rectas, el hombre sí. Si la naturaleza usa geometrías complejas, fragmentadas, autorreplicantes, el hombre usará geometrías sencillas que, cuando tenga que estudiarlas, originarán las matemáticas, que permitirán crear leyes para complicarlas y, eventualmente, descubrir la lógica subyaciente en estas formas aparentemente caprichosas que nos plantea nuestro entorno.

Creo que primero fue la orientación este-oeste y luego lo que simboliza. Primero fue el huevo, pues. Como primero fueron las cuadrículas abstractas con que colonizamos los territorios y después su uso. Una cuadrícula es un posicionamiento, una declaración de intenciones. Entonces aparecen la geometría y la ingeniería y las regulaciones. La arquitectura, en este marco, nos recuerda todo esto y pone los símbolos y actúa transversalmente unificando el uso y la función y la representación.

Nos aproximaremos a esta afirmación en dos tiempos.

El primero son nuestros templos. El cristianismo no tan sólo hereda la orientación este-oeste y la torna canónica, convirtiéndose por el camino en una religión solar que permita absorber buena parte de los cultos de la cuenca mediterránea y expandirse por todo el mundo: también codifica la vida y la muerte de la misma manera que los egipcios. Los niños son bautizados en una pila de agua bendita ubicada en una pequeña capilla al lado de la puerta principal del templo, a este. Allí donde nace el sol se ubica el dispositivo que permitirá que se nazca a la vida religiosa. Los cementerios solían estar, y en muchos casos todavía están, en los ábsides de las iglesias. Tras él para la gente del pueblo, dentro los prohombres. La vida reposa donde reposa el sol.

Y dos: las distribuciones de las casas (y de los pisos), incluso hoy en día, están codificadas según patrones abstractos y simbólicos que aparentemente no tienen nada que ver ni con cómo vivimos ni con qué necesitamos. A falta de la posibilidad de escoger la orientación de la casa, su distribución (como mínimo la canónica que todo el mundo conoce) suele hacerse en función de los ciclos día-noche. Teniendo en cuenta, incluso, que los horarios y los hábitos de ruido y las necesidades de intimidad de los diversos usuarios son muy diferentes. Pero no: las distribuciones se agrupan en función del día y la noche. En las zonas de día se distinguen dos lugares: uno de reunión (el comedor) y otro de congregación (el estar). En el primero la idea es verse las caras. En el segundo, agruparse alrededor de un elemento simbólico. Primero el fuego, que en muchas casas era el único punto de calor, y, ahora la televisión.

Hay muchas maneras de optimizar distribuciones en una vivienda. Su aplicación es lenta, no tanto porque estas maneras no sean conocidas como por la resiliencia que tienen estas maneras tan probadas, aunque vayan en contra de la practicidad. Esto es común en todas las culturas. En Rusia, y en muchos otros países ortodoxos, los iconos se disponen en un rincón, en una esquina que se ha sacralizado. En Japón las casas tienen un pilar sagrado, reminiscente del rincón de los antepasados. Aquí solemos disponer de una habitación tan absurda como el recibidor, donde se suele disponer aquello que nos identifica: fotos de familiares, un recuerdo querido, símbolos religiosos para quien crea, etcétera. Este recibidor, en algunos países protestantes, toma la forma de un mueble de diseño específico para que se vea desde la calle como si de una representación de la familia se tratase.

Esta es una de la gracias de la arquitectura. No puede ser perfecta, ingenieril, óptima, porque necesitamos esta capa simbólica, seamos conscientes de ello o no. Es lo que nos hace humanos. La arquitectura no trata de abstracciones aunque las use: trata con la vida y con todas sus contradicciones. Supongo que esto es lo que me quería contar el señor del bar.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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