Arturo Vidal, jugador del FC Barcelona, celebra el año nuevo disparando cohetes en el culo de un amigo y colgando el vídeo de la hazaña en Instagram. El grupo de “célibes involuntarios” (incels), organizado en Estados Unidos, anuncia una revolución de hombres misóginos que reclaman su derecho al sexo y arremeten contra las mujeres que no quieren yacer con ellos. Una ministra de Brasil afirma sin rubor que “el niño viste de azul y la niña de rosa”, mientras Pablo Casado, entregado ya a la ideología simplona y vacua de Vox, anuncia medidas legales para terminar con un problema gravísimo: el 0,01 por ciento de las denuncias falsas por violencia machista.

Un ambiente raro, casi surrealista, flota y se extiende por todo el mundo, hasta tal punto que quizá, por qué no, estemos no ya ante el final de la historia, como proclamaba el filósofo aquel, sino ante el inicio de una nueva era, el umbral de un nuevo tiempo, el imperio de la estupidez. Sí, señoras y señores, el año 2019 será definitivamente el de la consagración de la cultura de la zafia mediocridad. Lo cretino, lo memo, lo necio, está de moda, se impone, es trending topic. También lo grotesco, lo esperpéntico, lo friqui. Y lo peor de todo es que a la gente le va la marcha. El mundo se ha subido al carrusel de la gilipollez sin fin. Trump dispara sus idioteces en Twitter y baja la Bolsa de Nueva York o estalla una guerra en Oriente Medio. Putin escupe una sentencia tuitera y regresamos a la Guerra Fría. Bolsonaro junta cuatro letras mal escritas y sin sentido en su muro de Facebook y América Latina prende en llamas al instante. Las redes sociales demuestran todo su poder destructor en manos de los cuatro majaderos que gobiernan el planeta. De la decadencia de Occidente hemos pasado a un barrizal de ideologías bobas y extremas que anticipan el desastre global mientras la gente de Vox engrasa su propio arsenal de embustes, tonterías y manipulaciones. Las mujeres no mueren a diario a manos de sus parejas, la violencia de género es una conspiración de esta democracia feminazi y bolchevique. Abascal no inventa nada. Es el mismo juego de siempre desde que Göbbels, otro tronado histórico, dijo aquello de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Las nobles ideas se marchitan; los viejos valores humanistas se ridiculizan; la democracia está demodé y la izquierda es un bicho del jurásico atrapado en ámbar. Todo es un inmenso chiste malo con siete mil millones de humanos soltando carcajadas sin sentido y burlándose de su propia autodestrucción. A Platón lo han echado a patadas de las escuelas. Ya nadie ve películas de Bogart y Bacall. El Quijote es tan antiguo como una pintura rupestre que nadie entiende y el latazo de Beethoven se reedita como reguetón para darle algo más de gracia. Gobierna la desinformación, el fake, el meme tonto y el totum revolutum. Desaparecen los periódicos en papel, la única manera civilizada, segura y honesta de transmitir información. De todo ese magma de mierda ideológica brotan como setas los charlatanes, salvapatrias e iletrados con falsa titulación que embaucan a la gente con sus engañosos crecepelos. También nuevos partidos políticos basados en la confusión, la rabia contra el sistema y la promesa de un paraíso imposible. Una época negra del pensamiento humano asoma de forma inquietante en el horizonte. La jerga ultratecnológica, globalizante e incompresible, se convierte en lenguaje universal: milenials, followers, brand impact, market research, start-up, target… Nadie escucha a nadie y todos hablan creyendo saberlo todo y sin haber leído una mala noticia del Marca. Hemos construido un mundo de cuñados instalados en una Torre de Babel chapada con pantallas de plasma.

El siglo XXI, que iba a ser el de las luces, los viajes espaciales y la eterna juventud, quedará sepultado bajo la tierra árida y medieval del Califato de ISIS, el pánico al desastre nuclear, la basura que lo invade todo y el cambio climático negado por los nuevos gurús de la estupidez. Vuelven el egoísmo nacionalista, el machismo cavernícola, el fanatismo de todo tipo, el odio entre pueblos, el racismo, la guerra… A la cultura la ha devorado el mercado. Solo se venden novelas que dan dinero. Solo se pintan cuadros que baten récords en Sotheby’s. Los niños no saben quién es Moby Dick, les ha salido una extraña alergia a los libros, esa cosa tan aburrida, mientras se enganchan al embrujo de la tablet, los videojuegos de acción que los vuelve temblorosos hiperactivos y las apuestas on line.

En pocos años tendremos una sociedad de incultos, ludópatas, hedonistas y balbuceantes, si no hemos llegado ya a esa terrible distopía. Beberemos garrafas de orín embotellado para curar el cáncer. Quién gobierne el país importará un bledo. Lo que le ocurra al planeta será intrascendente. Media humanidad disfrutará de una gran comedida de humor negro basada en la muerte de la otra media por hambre. Habrá gigantescos campos de refugiados hasta donde alcance la vista; muros de hormigón como montañas inexpugnables; alambradas y guetos. Un manto oceánico sembrado de hermosos y bravos cadáveres de ébano. Un holocausto de tal magnitud que las cámaras de gas de Auschwitz quedarán como una anécdota menor de la historia. Dicen que los coches volarán en pocos años, como en Blade Runner. Vehículos conducidos por pirados, ansiosos y narcotizados seres que se estrellarán unos contra otros en el último carnaval de los chiflados. Llegaremos a Marte y los defensores de que la Tierra es plana negarán que hemos estado allí. Nos colocarán un chip en el trasero a modo de cohete, como al amigo de Arturo Vidal, y conectarán nuestras neuronas a Google. Entonces, ahora sí, quedaremos convertidos en avatares, sombras eléctricas, seres condenados a una extraña pesadilla de neón.

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