Hace muchos, muchos años, en un país muy cercano, una tremenda sequía asolaba los campos. Los habitantes estaban tan preocupados por la falta de alimentos, que ni el pillaje era efectivo porque ya ni siquiera había nada que robar. Desolados y desesperados por la continua falta de lluvia, pues hacía más de cuarenta lunas que apenas si se veían nubes en el cielo y en las raras ocasiones en que el cielo se oscurecía, solo el ruido y el fuego surgían de la tormenta, decidieron reunirse en corro en un bargareto que además servía de granero comunitario y solicitar piedad a la madre naturaleza. Algo debían de haber hecho mal para sufrir esa tremenda hambruna. Así, en posición de corro, con las manos unidas, la cabeza gacha y el ánimo por los suelos, pasaron más de diez horas sin que al salir de nuevo al exterior, se viera ni una sola nube en el horizonte. A pesar del fracaso, como no tenían nada mejor que hacer y a la sombra se estaba mejor, día tras día seguían cogiéndose de las manos, persistían en el círculo y continuaban con la cabeza mirando al suelo. Día tras día, sin que las nubes hicieran acto de presencia. Agotados, marchitos por la deshidratación y la escasez de alimentos y con todas las esperanzas perdidas, un día, cuando ya llevaban buen rato suplicando a la madre tierra un poco de lluvia, escucharon un gran trueno, al que siguió el intenso sonido de las gotas contra la paja del techo de la choza. Por fin estaba lloviendo y lo hacía con intensidad. Alguien se dio cuenta de que la única situación que había cambiado con respecto al resto de ceremonias era que un perro se había infiltrado en la tena y se había acurrucado contra uno de los machones que sujetaba una de las doce vigas del tejado de la choza. Estuvo lloviendo siete días y siete noches seguidas, hasta que el perro, recuperado por los cuidados de un niño que se colaba por las noches en el pósito, decidió que ya era hora de salir en busca de aire fresco. El día que escampó, fue el momento en el que el perro decidió marcharse. Alguien insistió en que era el perro el que les había traído la lluvia. Así que salieron al campo a buscarlo. Y lo encontraron. Y ataron al pobre animal al machón dónde había estado durante los siete días de lluvia. Y le montaron una caseta para que se sintiera mejor. Y comenzaron a llevarle comida. Cuando la comida era un exceso, comenzaron con los regalos. Que si un collar nuevo, que si un plato de oro dónde echarle de comer.  Con el tiempo tiraron la caseta y le hicieron una especie de altar donde colocar los presentes que cada vez eran mayores pues la sequía ya solo era un recuerdo lejano. Cuando murió el perro, trajeron un cachorro de la misma raza para sustituirle. Las cosechas eran abundantes y las lluvias en su justa medida y siempre a tiempo. Las donaciones aumentaron de tal manera que tuvieron que nombrar a una de las personas del reino para que se dedicara a su administración. Pasaron las lunas y el segundo perro también murió de viejo. Ya pocos se acordaban de por qué el perro estaba allí. Sin embargo, trajeron otro perro de la misma raza que los anteriores. El granero fue derribado y en su lugar se construyó un templo de piedra donde alojar al perro. Y le llevaron una perra para que tuviera descendencia. Tuvieron que aumentar los administradores. Ahora ya eran cuatro. Estos tutelaban las ofrendas que traían al perro y comenzaron a desviar parte de ellas para su uso particular. Como nadie estaba libre de la enfermedad o de sufrir un accidente, la codicia hizo que esos administradores, utilizaran los fondos desviados para hacerse con las tierras de los desfavorecidos. A cambio y como favor, les dejaban trabajar en ellas por una parte mínima de la cosecha. En la cuarta generación, ya nadie sabía por qué el país adoraba a un perro que vivía ahora en un palacio con un montón de sirvientes y con nueve síndicos que hacían y deshacían, invertían, compraban, vendían e incluso expropiaban en nombre del dios perro. Aunque, en realidad, ellos eran los beneficiarios.

Pasadas miles de lunas, de nuevo, las lluvias comenzaron a llegar con parvedad. Cada vez más espaciadas hasta que volvieron a marchitarse los campos y a secar los manantiales. Por aquel entonces, la diosa perra, solo había tenido un cachorro. El dios perro murió y el cachorro que debía sustituirle enfermó y también murió. Un anciano al que todos tomaban por un loco, les advirtió de que el perro estaba allí para evitar la sequía. Pero nadie le hizo caso. Hasta que la sequía se hizo normalidad. Pasaron las lunas y seguía sin llover. No encontraban ningún perro como los anteriores. A veces, tras largos periodos, llovía torrencialmente inundando campos y barrancos. Los síndicos explicaban entonces que el espíritu del perro velaba por el pueblo.

Algunos de los habitantes del país, se preguntaban para qué tenían nueve servidores de un dios perro que estaba demostrado que no traía la lluvia o que si la traía, todo lo destrozaba. Pero los regentes no estaban dispuestos a perder el poder y el patrimonio que administraban.

Con la sequía generalizada, aumentaban los críticos contra un patrimonio que no ayudaba a la gente y que solo servía para que los síndicos ejercieran el poder despóticamente. Pero los procuradores, con su poder y sus influencias, luchaban con todas sus fuerzas para que no hubiera ningún cambio.

Los desmanes y la poca empatía de los poderosos, ganaban adeptos en su contra. Algunos de los más pobres eran los que más creían en la necesidad de seguir adorando el altar vacío donde antes siempre había un can.

Los poderosos, seguían advirtiendo de las penurias y de la sequía que traería eliminar el altar del dios perro, a pesar de que ya casi nunca llovía, y hacían lo posible por silenciar a los díscolos.

Pronto, la sobreexplotación de los acuíferos, el uso intensivo de la agricultura y las roñosas lluvias, hicieron que el país se convirtiera en un desierto. El dios perro se mostraba cada vez más, como un fraude. Aun así, los síndicos seguían proclamando la necesidad de seguir sosteniendo la idolatría del dios perro como método infalible para atraer la lluvia.


Anforas Tóxicas

“La corrupción no es un mal del sistema, sino el sistema en si mismo”

Jonathan Martínez

Hace unos días Juan Carlos Escudier nos contaba en este artículo, que “uno de los grandes problemas de este país son sus jarrones chinos. Se trata de unas porcelanas muy ariscas y engreídas que piensan que con ellas se rompió el molde y que todo lo que vino después es vidrio de mercadillo de muy mala calidad. …” Y no le falta razón. Pero puestos a comparar, un jarrón chino es un objeto único y bonito, que adquieres por una millonada y que, una vez expuesto, ya no solo no te provoca gastos, sino que, de necesitarlo, podrías venderlo y recuperar tu inversión o incluso aumentarla. Sin embargo, estos a los que llamamos jarrones chinos, se comportan más como un hijo al que le has pagado la carrera a base de privaciones, de no gastar ni un euro en caprichos, de usurparte horas de descanso, de sueño y de vida, alargando interminablemente las jornadas de trabajo y que, una vez que te has arruinado para que acabe los estudios, se engancha a las drogas y todos los días llega a casa, te grita, te agrede y te roba aquello que pueda malvender para comprar una dosis. Y encima, tienes que pagar los estropicios millonarios que el niño ocasiona fuera de casa.

No sé por qué, profesionales honestos en este cada día más fétido oficio del periodismo, dedican horas a expandir las diatribas de un tipo como Cebrián, cuyo principal mérito en su vida es haber conducido a la quiebra técnica al grupo editor que le dejaron precisamente como jarrón chino, y que en su engreimiento acabó creyéndose dueño y señor y provocando el desplome de la empresa que le dio fama y poder.

A estas “porcelanas ariscas” nadie debería hacerles caso. En primer lugar, porque los dos principales peltres (no llegan ni a loza), tendrían que estar dando cuenta de sus numerosas fechorías en lugar de sermoneando al gobierno de la nación. Uno, el infiltrado franquista que se hizo con las riendas en Suresnes para, a base de dinero de la CIA y la influencia del canciller alemán, usurpar el voto de los que habían padecido la represión luchando contra el franquismo, debería estar “cantando” ante la justicia, si no por la creación de los GAL, que según Santiago Aparicio (cronista, doctor en credibilidad, en políticas y sociología y atlético de pro) ya venía de antes, si al menos por lo que hicieron cuando él estaba al frente del gobierno y por la dilapidación de fondos reservados en manos de vulgares truhanes asesinos.

El otro, el amargado irradiador de odio, el insufrible ególatra mentiroso y vanidoso, el Rey Sol de las Vistillas, el falangista que hizo de la calumnia el modus operandi en la política, el que llegó a la presidencia del gobierno por demérito del anterior, el que nos llevó a una guerra indecente en Oriente Medio buscando un puesto en las enciclopedias y que, sin embargo, acabó en una masacre con 191 muertos en aquel fatídico 11M, el que se rodeó de catorce adláteres que convirtió en ministros, doce de los cuales acabaron imputados, implicados o fueron partícipes de los sobresueldos, si España no fuera un estado fallido con instituciones feudales como un poder judicial que escapa a cualquier control de la ciudadanía, estaría purgando en cualquier Soto del Real las fechorías al frente del partido corrupto, del gobierno y de los numerosos casos en los que murieron españoles como el Yack 42, la Guerra de Irak o el 11 M.

Pero en esta España de los indeseables, dónde la prensa en papel vive de las subvenciones y de que sus dueños, la banca, no ejecuten sus numerosas deudas, dónde palafreneros juntaletras indecentes y golfos son elevados a la categoría de opinadores televisivos, cualquier famosillo, famosete, o político puede sentar cátedra por muy indeseable y ruin que sea. Todo ello, por supuesto, si la opinión, la cátedra o la diatriba sirve a los intereses de quiénes llevan décadas (cuando no siglos) empoderado, imponiendo su voluntad sin cortapisas y viviendo de la explotación de la pobreza de los que realmente levantan el país a base de trabajo, sudor e impuestos que no pueden, como ellos, evitar.

En todas las épocas y en todos los regímenes se criminaliza al antisistema. Y más si se convierte en peligroso. Durante los últimos cuarenta y dos años de posrégimen franquista los gobiernos de la nación han ejercido de fiscales de los poderosos y legislado para su beneficio. Desde los Pactos de la Moncloa, a las sucesivas reformas laborales y de pensiones, pasando por la entrada en la OTAN y el desmantelamiento del tejido industrial de España, todo fue para que esos poderes ocultos (y no tan ocultos) pudieran incrementar sus fortunas o, como en el caso de la iglesia, vivir copiosamente del estado, sin tener que trabajar, pagar impuestos o dar cuenta de sus numerosas fechorías como la pederastia.

Durante el último decenio, y a partir del 15 de mayo de 2011, empezaron a barruntar que el sistema que tanto beneficio les produce, estaba en decadencia y por primera vez, desde 1931, corría peligro de reversión. De ahí los numerosos intentos de que el PSOE se uniera en gobiernos de coalición con los defensores del hijoputismo de logo naranja y la estrategia de acoso y derribo a la formación que dirige Pablo Iglesias.

Quizá porque se pasaron de rosca en las presiones, acabando convenciendo a Pedro Sánchez de que si no se imponía, él sería uno más de los albaceas de usar y tirar, quizá porque un servidor esté equivocado y realmente Sánchez sea un socialdemócrata y no una operación de maquillaje, el caso es que este acabó pactando con los morados y con ello, encendiendo todas las alarmas del sistema.

Cuando el grupo PRISA, ese que debe casi doscientos millones de euros entre otros al Santander, ataca sin piedad a Pablo Iglesias, cuando del hombre que llevó a la quiebra a su empresa indica una y otra vez la necesidad de un gobierno de concentración entre PSOE y PP, cuando el que se lleva dos millones de euros del erario y se dedica a desprestigiar a los demás sin dar cuenta de los GAL, compara al gobierno con el camarote de los hermanos Marx, lo que están haciendo es intentar ejecutar el principio de Arquímedes en una barca varada en una fosa séptica dónde la mierda ejerce el principio de las arenas movedizas y no el de los fluidos. Todo vale con tal de salvar un régimen que tiene tremendas bocas de agua. El más grande en la línea de flotación: la monarquía. Un régimen que está siendo abofeteado desde el gobierno a base de querer hacer pagar impuestos a las empresas (los grandes bancos, Inditex, El Corte Inglés, y las empresas del IBEX pagan una cuarta parte del porcentaje de los impuestos que cualquier ciudadano por cuenta ajena) y de evitar que el trabajo esclavo siga siendo permitido. Un gobierno que ha impactado con mortero contra la esclavitud laboral cuando ha establecido una paga para pobres que impide que tengan que trabajar de sol a sol para llevar a casa lo mismo que el estado les va a dar sin tener que moverse de ella.

Por primera vez en muchas décadas, esta camarilla que dirige las tramoyas desde el palco, están siendo conscientes de que esto se les puede venir abajo. Y por supuesto, si pueden, no lo van a permitir.

Cuando la CEOE insiste en que no se puede tocar la Reforma Laboral, que hay que rebajar impuestos a las empresas, reducir las cuotas empresariales a la Seguridad Social y dedicar subvenciones a los empresarios, cuando exponen que hay limitar aun más las trabas para el despido libre, lo que están haciendo, como siempre es salvaguardar sus intereses, que precisamente no son los de la mayoría.

Y da igual si este sistema ha demostrado con creces que solo crea desigualdad galopante, hambre y desolación para la mayoría y una panacea para los pocos que manejan los hilos, porque los que tienen el poder y los medios de manipulación, seguirán insistiendo en sus bondades por más que la realidad nos diga que 1 de cada 4 españoles es pobre de solemnidad y que las colas sean kilométricas para obtener una bolsa de comida, que por cierto, no reglan los ricos sino los que tenemos conciencia social, cada vez son más numerosas.

Dejar de ver la Televisión, de comprar esos panfletos subvencionados y de difundir las mierdas de los fascistas, es nuestra primordial arma para lograr que no consigan sus propósitos. Si queremos un mundo mejor, lo primero es acabar con estos patriotas de hojalata que tienen su patrimonio a buen recaudo en paraísos fiscales, que se dedican en Europa a intentar imponer restricciones laborales y de derechos a cambio de los fondos europeos destinados a la lucha contra la COVID. Que pretenden seguir explotando los servicios públicos, mientras los desatienden para mejorar sus beneficios. Que pretenden seguir usando la ingeniería fiscal para evadir impuestos y que los trabajadores sigan teniendo que malvivir de sus limosnas que llaman sueldo, a cambio de jornadas interminables, derechos inexistentes y contratos encadenados.

Los jarrones chinos son desagradables si tienen la porcelana con aristas, pero los hijos toxicómanos con mono, son capaces hasta de matarte si no les das lo que piden.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas.

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