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Andoain: Aquellos hombres grises

Guillermo Del Valle Alcalá
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y diplomado en la Escuela de Práctica Jurídica (UCM). Se dedica al libre ejercicio de la abogacía desde el año 2012. Abogado procesalista, especializado en las jurisdicciones civil, laboral y penal. En la actualidad, y desde julio de 2020, es director del canal de debate político El Jacobino. Colabora en diversas tertulias de televisión y radio donde es analista político, y es columnista en Diario 16 y Crónica Popular, también de El Viejo Topo, analizando la actualidad política desde las coordenadas de una izquierda socialista, republicana y laica, igual de crítica con el neoliberalismo hegemónico como con los procesos de fragmentación territorial promovidos por el nacionalismo; a su juicio, las dos principales amenazas reaccionarias que enfrentamos. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.
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El pasado domingo 18 de febrero, Iñaki Igerategi e Ignacio Otaño fueron recibidos con honores en el centro de Andoain, Guipúzcoa. Como dos héroes de la causa, entre vítores, así fue el recibimiento de estos dos sujetos, condenados por participar, entre otros crímenes, en el asesinato de Joseba Pagazaurtundua. Soy consciente de cuán antipático resulta hablar hoy de ETA, que, en el mejor de los casos, constituye un verdadero tabú, recordándosenos constantemente que las heridas cerradas no deben abrirse bajo ningún concepto. En consecuencia, la alternativa propuesta es una brumosa cortina de humo que disipe la imprescindible asunción de responsabilidades y el relato sobre todo lo ocurrido. Por ello, también sé qué tipo de impostura supone callar ante las injusticias y aplicar una suerte de prescripción anticipada a tantas barbaridades cometidas. Rechazo el pacto de silencio, cimentado entre homenajes a victimarios y una artificiosa amnesia que se abre paso de manera acrítica.

Lamento discrepar de esa estrategia generalizada de blanqueamiento de la historia criminal del terrorismo. Hoy está mal visto recordar que en España jamás se libró una guerra civil entre ETA y el Estado, sino más bien lo que se perpetró durante décadas fue un sistemático proceso de exterminio ideológico contra la mitad de la población, aquella que osó plantar cara al totalitarismo criminal. No está bien visto tampoco recordar que las víctimas de ETA se produjeron abrumadoramente durante la democracia, precisamente porque los destinatarios de sus ataques no fueron únicamente los que pagaron con su vida la oposición al totalitarismo etarra, sino el conjunto de la sociedad democrática a la que se quiso amordazar y silenciar de forma criminal. No resulta nada popular recordar que sigue habiendo trescientos crímenes de ETA sin esclarecer. Ni sostener que ETA, que ahora anuncia su disolución, sigue defendiendo su historia delictiva y sigue sin pedir perdón. Hoy parece desorbitada la más pura normalidad: sostener que en el fin del terrorismo no es precisamente baladí construir un relato nítido que hable de vencedores y vencidos, de democracia y totalitarismo, de víctimas y victimarios. Que explique a las generaciones venideras que la pesadilla totalitaria de ETA sólo merece un destino: ir a parar al basurero de la Historia.

La ensoñación criminal de ETA no tuvo nada de emancipadora. Muchos de los que militaron en la ETA primigenia, más movidos por el antifranquismo que por el nacionalismo, terminaron alejándose de ese entorno, condenándolo, evolucionando hacia loables posiciones progresistas, democráticas, izquierdistas, y, en última instancia, necesariamente reñidas con el irredentismo nacionalista. Ahí están los ejemplos inolvidables de Mario Onaindía, Teo Uriarte, y tantos otros que fueron capaces de transitar el loable camino de la democracia y la libertad. Por cierto, no fueron los únicos represaliados por dos dictaduras yuxtapuestas, sin solución de continuidad: de combatir la dictadura franquista jugándose su vida y libertad, pasaron a plantar cara con idéntica valentía – e iguales contrapartidas – a la banda terrorista.

Sin duda los réditos electorales y la conveniencia partidista aconsejan aparcar el incómodo tema del relato del terrorismo y el fin de ETA. Si se hace ineludible acometer una aproximación a la materia, muchos abogan por la equidistancia y las posiciones melifluas y acomodaticias. Duele recordar que actitudes como ésas no son nuevas cuando toca hablar de ETA, su entorno y sus cómplices. Como escribió Cristopher Browning en «Aquellos hombres grises», durante el nazismo no todos los criminales fueron sádicos y enfermos torturadores, placenteramente entregados al ritual del crimen. Otros muchos adquirieron la no menos aterradora condición de ejecutores funcionariales. Y otros muchos, aquellos hombres grises que dieron título al libro citado, optaron por el cómodo silencio, la connivencia pasiva o activa con el crimen, e, incluso, el medro personal y profesional al calor de los crímenes y las atrocidades.

Salvando las distancias, más geográficas que morales, algo similar aconteció en el País Vasco durante décadas. En los años de plomo del terrorismo etarra, no fueron pocos los que se adhirieron, con nauseabunda fruición, al comodín del algo habrá hecho cada vez que se sacaba por la puerta de atrás de las iglesias el ataúd de alguna víctima de ETA. A la cabeza de los cómplices equidistantes, la jerarquía de la Iglesia católica vasca, siempre presta y dispuesta a mostrar mayor complacencia y comprensión con asesinos que con víctimas. Y, junto a ellos, muchos ciudadanos que olvidaron las exigencias más primarias de su ciudadanía, y actuaron con la cobardía e indignidad propias de quienes olvidan su ser social y optan por el aislamiento confortable, inherente a las excusas y la confusión con el paisaje, a pesar de que ese paisaje fuera uno insoportablemente ensangrentado. Por tanto, querer maquillar hoy – en la hora de construir un relato ecuánime y veraz sobre lo ocurrido – la historia del totalitarismo etarra resulta todo menos una opción digna.

PS: A los socialistas y comunistas que fueron asesinados por ETA, a Joseba, a Fernando, a José Luis, y a tantos otros: me duelen las entrañas al ver la ausencia y dejación de responsabilidades de cierta izquierda oficial, que mira al tendido mientras se homenajea a los que os mataron, y no protesta, no alza la voz, no exige memoria, dignidad, justicia, democracia y libertad. No exige, en fin, aquello por lo que vosotros, como demócratas, como gente cabal de izquierdas, radicales defensores de los derechos humanos, siempre reivindicasteis. Durante la dictadura de Franco y durante la dictadura de ETA.

Mi árbol genealógico apunta, en alguna medida, al País Vasco. Soy hijo de donostiarra, aunque en materia de raíces y creencias siempre he sido saludablemente laico, con lo que no siento especial orgullo por los hechos fortuitos de la biología y la biografía. Sin embargo, recuerdo con cariño mis veraneos en San Sebastián, y siempre que puedo vuelvo por allí. Desde muy pequeño sentí la anomalía de que una tierra tan hermosa, próspera y con una potencial calidad de vida tan elevada, estuviese secuestrada por el crimen, el fanatismo y el nacionalismo excluyente. Mi conciencia política surgió allí y entonces. Aprendí a respetar a quienes deciden no hacer política, pero también a rechazar con todas mis fuerzas aquellos contextos y sociedades en los que hacer política está vedado. Euskadi fue durante décadas esa triste paradoja: un lugar teóricamente inigualable, pero, en la realidad, escalofriantemente secuestrado y privado de libertad. No convenía manifestarse públicamente en contra del pensamiento hegemónico, so pena de ser víctima de dedos acusadores, delaciones o chivatazos. La política era, como en la dictadura franquista, un ejercicio desaconsejable en la esfera de lo público. Muchos valientes, héroes cívicos de nuestro tiempo, dieron su vida para que hoy todos nosotros gocemos de libertad, ese valor primordial que, en palabras de Manuel Azaña, «no hace felices a los hombres, simplemente los hace hombres». Su ejemplo vive en mi conciencia y me compele a seguir tomando partido. Para que nunca jamás vuelva a salir tan caro hacer política, o, lo que es lo mismo, ser ciudadanos libres y de pleno derecho.

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