Imagen de José Manuel Ubé. http://jmube8.wix.com/jmube

Las piscinas vacías son como animales desnutridos dentro del sueño. Alguien sopla y una piscina cae, se hace añicos entre las manos. Suele indicar que el frío se acerca, que llega el otoño con sus pies descalzos, que asoma la angustia a los labios de una cuchara, que el ritmo cardíaco de un supermercado se acelera o esa librería de barrio le quita el polvo a un bestseller y empieza a poner en marcha los libros escolares.

Siempre me han causado tristeza las piscinas vacías, esos pequeños cadáveres de cemento azul donde no queda nada excepto el esqueleto de una risa o ese condón usado que flota en mitad del hambre y del olvido.

Es el fin del verano, como en tantas canciones, como en tantas películas italianas donde el amor se llora dentro del corazón de la ginebra y las muchachas siempre van en motocicleta hasta el hotel donde ha de alojarse su primera muerte.

Se muere un poco con el fin de las piscinas, con esa soledad que se adhiere a las últimas páginas de un libro de poemas repleto de manchas de aceite y miel.

Se acaba todo en mitad del vacío de una piscina que ya no acuna el agua sino el silencio y las hierbas que empiezan a crecer y la silueta de un gato cualquiera dándonos la espalda.

Sin embargo es hermoso su abandono, la lengua de la noche lamiendo sus contornos o aquella cicatriz almidonada que surca su vientre.

Yo no he frecuentado mucho las piscinas porque nado como un perro y le tengo miedo al agua, pero me recuerdo ahí, los días de calor sofocante, dándole mordiscos a un bocadillo, decidiendo si sería mejor tirarme en plancha o descender por las escalerillas.

Tal vez la vida sea eso, piscinas a las que arrojarse en plancha cuando aún estás a tiempo o llegar tarde y tener que conformarse con descender de forma ordenada todos los peldaños que conducen hacia tu propia destrucción.

Las piscinas, habitaciones compartidas con el terror de lo cotidiano, con el cáncer que flota sobre esos manguitos de color rosa, con el golpe que luce aquella mujer en su mejilla izquierda.

Y después de la luz, el reinado de la oscuridad. Es entonces cuando se hace del todo necesario abandonar el agua y regresar a la firmeza de la tierra.

Vendrán otros pájaros pero ya no serán azules ni arrastrarán la ronquera, ni estarán borrachos de amor, ni eructarán sobre las nalgas de la luna.

Ahora solo hay hojas amarillas en las que ponerse a incubar la fiebre de estar vivos, de permanecer a salvo de nosotros mismos.

Ahora una lluvia gris, brotes de nostalgia prendiéndose a nuestras solapas, animales de compañía haciendo aguadillas en el fregadero.

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Poeta, novelista y directora de teatro. Ha sido ganadora (entre otros) del XVII Premio de Poesía Vicente Núñez, Diputación de Córdoba 2017; XLVIII Premio Ciudad de Alcalá de Poesía 2017; 42 Premi Vila de Martorell (poesía en castellano) 2017; IX Certamen Literario Internacional “Ángel Ganivet”, Asociación de Países Amigos, (Helsinki, 2015). II Convocatoria Perversus GEEPP Ediciones (Melilla) 2015; Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria 2013; Premio Internacional de Poesía Miguel Labordeta 2011. En novela, su obra “Mujeres rotas (TerueliGráfica, 2018)” quedó entre las 10 finalistas del Premio Planeta 2017. Así mismo, otra de sus novelas (por el momento inédita) “La Convención”, también quedó entre las 10 finalistas del Premio Azorín de novela 2018. Entre sus libros de poesía publicados, destacan España toda (Hiperión, Madrid, 2018); Pecios (GEEPP Ediciones, Melilla, 2016); Monopolios (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014); Asno mundo (Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, 2014) y Desmemoria (Gobierno de Aragón, 2012). En novela ha publicado, entre otros, “Palillos Chinos” (Mira Editores, 2015); y “La huida del cangrejo (Mira Editores, 2010). Colabora en las revistas literarias y culturales como Turia, Letralia, Rolde y La Piedra del Molino. Blog Literario: https://angelicamorales.wordpress.com/

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