Díaz Ayuso ha girado tanto a la extrema derecha que ha terminado por pasarse de frenada. A la niña de los ojos de Casado le han dado barra libre para hacer lo que quiera en Madrid y ella ha convertido la ciudad en el gran abrevadero de Europa con mucha fiesta y garrafón, mucho bar abierto hasta las tantas y mucho virus desatado. El jefe la nombró Emperatriz de Lavapiés con competencias para casi todo y ella se ha terminado creyendo que es la presidenta de España. La prueba es que Gabilondo se le queda pequeño y ya ni siquiera entra en debates con él, interpelando directamente a Pedro Sánchez. Incluso se permite el lujo de negociar con Putin, por su cuenta y riesgo, la vacuna Sputnik no autorizada por la UE. En definitiva, a IDA le otorgaron patente de corso para saltarse los límites utópicos del centro, llevando el partido al extremo, y la mujer ya se ve como la nueva Carmencita Polo o esa santa patrona que está en las estampitas de todos los madrileños.

Ya no cabe ninguna duda, IDA se ha echado al monte como una falangista más y cualquier día la vemos subida a un atril del Valle de los Caídos, megáfono en mano y con Isabelita Medina, la falangista, a su lado como gran ayudante y lugarteniente. Sin embargo, la maniobra de Ayuso consistente en intentar construir un PP duro, recio, requeté, puede salirle mal por exagerada y excesiva. Al asumir los postulados de Vox y del neofascismo, lo que está haciendo la presidenta castiza es anular a su futuro socio ultra, ensombrecer la sombra del aguilucho que planeaba inminente sobre Madrid y fagocitarlo por la vía de la competencia desleal y la usurpación de los contenidos políticos. El resultado de la operación puede ser desastroso para el PP, ya que según la última encuesta del CIS de Tezanos Vox corre serio riesgo de quedar fuera de la Asamblea Regional al no superar el famoso corte del cinco por ciento que da derecho a representación parlamentaria. Y sin la muleta ultraderechista, una vez liquidado Ciudadanos, a Ayuso no le saldrían las cuentas para mantener su trono en Puerta del Sol y de rebote podría gobernar la izquierda de Gabilondo.    

Tal como era de prever, el sondeo tezanista ha disparado todas las alarmas en el PP. Es cierto que hay optimismo porque la “ayusofobia”, lejos de acabar con la lideresa, la ha hecho más fuerte y ahora dobla el número de votos respecto a los anteriores comicios. Está visto que cuanta más leña le da la prensa al muñeco trumpista más duro se vuelve. Esa es una importante lección que debemos aprender del nuevo fenómeno populista al que nos enfrentamos. Sin embargo, al igual que crece la euforia entre los populares, hay inquietud, cuando no preocupación y canguelo. La versión oficial que dan en Génova 13 es que están tranquilos, ya que la probabilidad de que Vox caiga por debajo del 5 por ciento, quedando fuera de las instituciones de gobierno, es tan improbable como que Ayuso logre la mayoría absoluta.

Pese a todo, con una izquierda rearmándose fuerte, el resultado promete ser apretado, un problema más para la presidenta madrileña. Por si fuera poco, el paupérrimo cuatro por ciento que los sondeos dan a Ciudadanos, y que no se traducirá en escaños, será un caudal de votos que se perderá por el sumidero. Otra muleta que se esfuma. Por tanto, la pregunta que todo el mundo se hace a esta hora en el PP es: ¿qué se puede hacer para que Ayuso no muera embriagada de éxito? ¿Cómo digerir ese gran atracón o festín de ultraderechismo que se ha dado la presidenta en los últimos años y que ha supuesto que el votante neofascista deje de mirar a Vox como alternativa de gobierno a los populares? Nadie lo sabe, la campaña va a comenzar y se antoja complicado cambiar la estrategia en medio de la batalla.

Todos en el partido de la gaviota tienen claro que de lo que se trata es de ganar las elecciones por amplia mayoría, abarcando la mayor cantidad del espectro político, pero no arrasando la tierra a la derecha y por el centro porque el vendaval Ayuso puede terminar volviéndose en su contra. Muy bien pero, ¿cómo se hace eso? IDA ha confeccionado sus listas electorales bajo tres premisas: dar satisfacción al ala dura del partido, cautivar a los últimos náufragos y tránsfugas de Ciudadanos y contentar a Vox. Se ha radicalizado el proyecto y de poco servirán ahora las reuniones urgentes de las cohortes de gurús, spin doctors y asesores, que han sido llamadas a capítulo para analizar la dramática encuesta de Tezanos.

El fenómeno de la ultraderechización y de la polarización es inédito en nuestra democracia y nadie sabe cómo controlarlo. Lo único cierto es que, una vez que se saca a la bestia fascista a pasear, esta cobra vida propia, campa a sus anchas y resulta complicado meterla otra vez en vereda. Vox es un engendro del PP, un monstruo como el de Frankenstein al que se ha dado cuerda pero que ahora provoca consecuencias adversas, perniciosas, indeseables.

En resumen, Casado ordenó a IDA que reorganizara a las derechas madrileñas para la batalla crucial de Madrid, pero el experimento, lejos de aglutinar al bloque conservador, solo va a servir para reforzar al PP, hundiendo a las demás fuerzas políticas afines. O lo que es lo mismo: los votantes descontentos y encabritados que salieron en fuga con el blando marianismo regresan de nuevo a casa tras el viaje a ninguna parte. El PP está como al principio, cuando empezaron a estallarle, uno tras otro, innumerables casos de corrupción y perdió la mayoría absoluta. Es cierto que va a ganar las elecciones en Madrid, pero no es menos verdad que corre serio riesgo de perderlo todo por la maldición de las matemáticas que no le dan los escaños suficientes para gobernar. Ahora se ve que ni el proyecto centrista de Ciudadanos (marca blanca del PP), ni la resurrección del monstruo fascista (Vox), han servido para nada. Casado sigue atrapado en un obsesivo día de la marmota.  

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