Viajé al centro de los sueños en una compañía de bajo coste, empeñé el corazón y las manos amantes. No me pusieron ninguna pega. El mundo se organizaba en hileras obedientes: las colas del hambre. Las colas del desespero. Las colas de los enfermos. La globalización era una fila interminable. Viajé para comprobar que mi esqueleto era cierto. No me dejaron facturar un par de besos de mi madre ni los ojos derrotados de mi padre. El cariño y las ilusiones pesaban una barbaridad. Embarqué con un niño con cara de náufrago que iba en busca de su familia, parecía muerto, y con un señor orondo, seguro, sonriente, que veraneaba allí todos los años. El resto del año bebía sangre humana y eructaba su salud y su contento. En el último momento apareció un simpático turista que en vez de mirada tenía mirador, que en vez de ojos tenía visores y lucía un gesto de satisfacción de marca exclusiva que se había comprado en la tienda más cara de gestos de la ciudad. En la sala de embarque se entremezclaban los muertos vivos con los vivos muertos.

Al llegar a mi destino, el centro y los sueños no convivían en la misma frase. Se habían olvidado de sí mismos. Habían perdido su hogar lingüístico. El centro era un territorio viscoso y convenido que desembocaba en una periferia enloquecida. A la atmósfera le pesaban los aviones y los suspiros y anhelaba ser suelo y caminar descalza. Y los sueños se alimentaban de los desperdicios que daba el día. Aunque un día leí en las páginas del mar que detrás de las palabras tramposas hay una puerta que da a comedores luminosos. Los nativos del lugar proclamaban: «Detrás de la luna está el amor. Está el amor. Detrás de la luna». Era un estribillo publicitario de una campaña promocional. Y la luna era un holograma. Posiblemente siempre ha sido un holograma desde antes de Cristo y la Historia una campaña de publicidad. Y la fraternidad una palabra más cursi que un diccionario de la lengua con fotos y el tiempo un emprendedor desprendido que sonríe por no reír. Y sabe vender su mercancía: viaje al centro de los sueños. Todo incluido menos el retorno a casa. La vida y sus rostros eran pura propaganda. La gente solitaria se agolpaba en las lanzaderas que llevaban a la luna y después al amor cuando los nativos lunáticos ya se habían sacado sus corazones y los habían sepultado entre los ahorros de la gente solitaria que hasta ayer había soñado su humanidad.

Vacío pero seguro decidí regresar y recuperar lo empeñado. De aquel sitio me traje una fuerte sensación de olvido y unas cuantas hojas de papel, se habían acabado en la Tierra. Unas cuantas hojas de papel para escribirme un poema. Una sentencia. Para escribirte una carta frente a la luna que nos mintieron. Para escribirte un testamento hecho para caminar leve como un cabello. Leve como una estrella.

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