domingo, 16mayo, 2021
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Al ataque de la democracia

Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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Después del día de Reyes, la noche no sorprendió con un nudo en la garganta. Profundo nudo, como pocos. El sueño nos tomó entre atemorizados, sorprendidos e incrédulos. Muy incrédulos, porque era casi imposible aceptar lo que nos ofrecían las pantallas televisivas. Parecía una pésima película de  terror, filmada de manera tosca y realista. El marco se situaba en Nueva York y el viejo sheriff alentaba a sus huestes para que no permitieran el relevo por el nuevo presidente electo, que, protegido por la totalidad de armas y recursos de la democracia, le exigía que permitirá una transición tranquila. Era todo un espectáculo recogido en el más riguroso directo.

No podía estar sucediendo. El presidente derrotado se negaba a reconocer el hecho, acusando de fraude en las elecciones y cuestionando los resultados en todos sus ámbitos legales. Qué mostrenca tozudez la de Trump para mostrar que, si la realidad no se ajustaban sus expectativas, peor para la realidad. Los tribunales le habían quitado la razón y los representantes políticos se encontraban reunidos en el Capitolio, el templo de la democracia, para confirmar solemnemente al nuevo presidente electo, Joe Biden. Las turbas seguidoras de Trump trataban de impedir el acto constitucional con la fuerza de la violencia. No se trataba de una simple puesta en escena teatral política. Querían imponerse, asaltando el Capitolio con las armas.

La turbamulta descontrolada consiguió entrar en él Capitolio, encaramándose por las paredes, rompiendo cristales, destrozando los despachos de las más altas autoridades, interrumpiendo la sesión y obligando a la policía a proteger a los senadores para evitar lo peor. Fue una ocupación en toda regla. Nunca antes había sucedido nada igual. Parecían actuar en nombre del Comandante en Jefe, que pedía emplear su patriotismo y valentía para evitar que les robaran el resultado de las elecciones. Los centros de poder eran atacados por una retórica incendiaria de gritos contundentes. Reglas obsoletas del pasado permitían la irrupción de ideologías extremas en la democracia norteamericana, fundada en el dinero, que mandaba en la política.

Una democracia bien asentada con una historia de dos siglos entraba de pronto en una crisis, que consiguió llenar de preocupación al mundo entero. Su Constitución, más que obsoleta, hacía aguas y empezaba a quebrarse, dado que la democracia era demasiado frágil. Todo quedó polarizado en aquella sociedad poderosa. El precio que habría que pagar para unirla de nuevo era demasiado costoso.

Las elecciones presidenciales resultan de una gran complejidad y cuentan con características propias no exportables. Primero es el bipartidismo: siempre ganan los republicanos o demócratas. No se da un tercer partido independiente. Si se presenta algún arriesgado, acabará retirándose, dado que no podrá contar con los medios necesarios. Un partido puede ganar en votos populares, pero esto no le da el poder, solo lo hacen los votos electorales por estado. Por ejemplo Wyoming, tiene sólo tres votos electorales, mientras que California posee 55, Texas, 38 y Florida y Nueva York, 29. Se da, pues, la paradoja de que los votos directos de los ciudadanos no resultan definitivos. Es necesario alcanzar 270 de 538 votos electorales. Lo fundamental es ganar en un estado, obteniendo en él todos los votos electorales. Esto hace que casi se eternice el recuento, porque se suceden reclamaciones constantes, que cuestan mucho dinero, proporcionado por los donantes. Qué obsoleto parece esto.

El sistema es tan desastroso que hace preguntarse a los teóricos en política si existe la democracia en Estados Unidos. Es incomprensible para alguien de fuera que cada estado tenga dos senadores, aunque uno, como California, cuente con 39 millones de habitantes, y otro, como Wyoming solo alcance 850.000 habitantes. Lo que la gente piensa no lo deciden las elecciones, sino el voto de cada estado. Cuando los 50 estados eran independientes, esto tenía pase, pero ahora que están unidos y el estadounidense se siente tan americano como un californiano, ya no tiene sentido. Sin embargo, la situación es intocable y nadie se atreve a sugerir el mínimo cambio. Continúa la obsolescencia política.

Una característica importante en la democracia americana es la actuación idealista y romántica a la que los candidatos tienen que ajustarse. Se trata de juego limpio (Fair Play) y fe ajusta (Fair Fhaith). Cuando la Corte Suprema decide que ha ganado un candidato, el otro se retira y acepta la decisión, esto es juego limpio. ¿Qué ocurre, cuando uno de los candidatos no acepta la decisión, como ahora ocurre con Trump? Pues que se plantea un gravísimo problema.

Tampoco hay equilibrio entre los tres poderes. El futuro ya no se mueve entre dos polos solamente, sino que es multipolar. El poder legislativo está en las dos cámaras, mientras que el ejecutivo lo lleva el Presidente, que, además, nombra a los jueces. En una sociedad unida puede entenderse, pero no estando fragmentada. Ahora la convulsión la ejercen las periferias, que ponen en juego la democracia y la cuestionan. Las democracias trabajan por la igualdad, redistribuyendo los ingresos para favorecer a los pobres y necesitados. Esto queda en paréntesis con el crecimiento económico global y el poder concentrado en el presidente, que se debe a las aportaciones de los que más tienen. La sociedad exige a la democracia que atienda sus desafíos. Los más poderosos no necesitan tanto.

Unos dicen que ha sido su mayor demérito y desdoro de su prestigio, como si lo lamentaran. Otros hablan de su estética esperpéntica. No entienden al personaje. Deja en herencia que el deber de lealtad obliga a luchar hasta el final para alcanzar las expectativas. Este fanatismo les salió bien con H. Clinton. Ahora no ha funcionado, pero puede volver a intentarlo más adelante. Se resigna ante la derrota y, otra vez con mentiras y engaños, rechaza lo sucedido, no vaya a ser que lo destituyan unos días antes de un cese digno. Tendrían que destituirlo, aunque sólo fuera por ejemplaridad para que saliera sin ninguna dignidad.

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2 Comentarios

  1. Como ya se ha dicho: cuando las circunstancias impiden crear golpes de estado en otros países, (Venezuela, Bolivia…)pues se dan en el propio.

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