La escritora francesa Delphine de Vigan.

Tiene algo mágico y envolvente la precisa literatura de la escritora francesa Delphine de Vigan (Boulogne-Villancourt, 1966) que, de modo casi telegráfico y una austeridad admirablemente equilibrada, suele inocular el veneno de la emoción. Sin sensiblerías, sin trucos narrativos. Simplemente con un estilo depurado, directo, conciso. Tras éxitos anteriores con títulos como Nada se opone a la noche o Las lealtades, lo logra una vez más en su última novela, Las gratitudes, editado por Anagrama y traducido admirablemente por Pablo Martín Sánchez, que asumía una empresa nada fácil, teniendo en cuenta que debía plasmar con palabras inventadas el rápido proceso de deterioro afásico de una anciana ingresada de forma ineludible en una residencia de mayores para pasar allí los últimos días de su vida.

Las voces cruzadas de los dos narradores, un logopeda que trabaja en un geriátrico y una joven con la que entabla amistad la anciana protagonista, retratan las respectivas gratitudes que se entrecruzan

La protagonista, Michka, “es una anciana con apariencia de niña. O una niña envejecida por descuido, víctima de un encantamiento”. Así la describe Marie, una de las narradoras, que tras la muerte de la anciana a la que visita asiduamente en la residencia, se pregunta al comienzo de esta bellísima novela por el meollo del asunto, interpelando directamente al lector: “¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra, gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda”.

El reconocimiento de la entrega

Porque de eso trata Las gratitudes, de agradecer la vida, de hacer partícipe a esa persona o personas de nuestro reconocimiento por la entrega, el acompañamiento, la sinceridad o simplemente esa caricia a tiempo o esa sonrisa cuando más la necesitamos. Todo parece tan sencillo, tan asequible a cualquiera, que podría parecer que es algo común y cotidiano. ¡Y realmente es tan excepcional ese sentimiento!

Porque De Vigan sentencia a través del logopeda Jérôme, el otro narrador de la historia, que “envejecer es aprender a perder”. A partir de ese momento indeterminado en el que ya no nos podemos atar bien los cordones de los zapatos, que dejamos de poder ensartar una aguja en un ojal o cuando el amor deja de ser hormonalmente tan apasionado, desde ese instante no resta más que la rendición. “Sólo puedes conformarte, una y otra vez”, añade el logopeda de la anciana.

La relación de los dos narradores con Michka alcanza un grado máximo de implicación cuando deciden involucrarse en la última voluntad de la protagonista: encontrar al matrimonio que la acogió y ocultó en su casa durante varios años y la salvó de morir en un campo de exterminio nazi cuando apenas era una niña. Porque de eso va la historia, de agradecer al fin y al cabo, un sentimiento purificador nada cotidiano y al alcance de todos y que De Vigan ha plasmado con toda su belleza en esta pequeña obra maestra.

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