La escritora británica, en una imagen de 1946.

Agatha Christie no tuvo grandes misterios personales que ocultar –sólo alguna que otra ‘desaparición’ temporal–, pero sí una apasionante vida que contar, más allá de que disfrutara de una apacible vida de burguesa acomodada y completamente alejada de cualquier imprevisto. También en la comodidad se puede encontrar el placer de la aventura y ella lo halló sobre su inseparable máquina de escribir. Espasa publica ahora su Autobiografía, un recorrido apasionante de la vida nada misteriosa de una mujer educada en los principios de la ortodoxia victoriana que hizo de las novelas de crímenes un arte que han seguido millones de lectores y admiradores durante décadas hasta nuestros días, casi medio siglo después de su fallecimiento en 1976.

La ‘reina del crimen’ por antonomasia, así pasen cien años más de literatura negra en pleno apogeo, no tiene ni tendrá rival. Su producción es apabullante, y aunque su estilo literario adolecía de la brillantez de la que presumen otras firmas del género negro, su nombre siempre será sinónimo de entretenimiento y diversión, y también fiel reflejo de una sociedad anclada aún en los estertores de la decadente y omnipresente era victoriana.

Todo ello amén de la creación de un puñado de protagonistas que siempre quedarán en el imaginario colectivo de los lectores. Qué decir de la entrañable y perspicaz Miss Marple, o del genio de las células grises y el bigotito ridículo, el detective privado belga Hercule Poirot. Los misterios desvelados, a cual más enrevesado que la maquinaria de un reloj suizo, ni de lejos podrían hacer pensar que su mentora era una dulce mujer que pasaba sus días en la armonía que le brindaba su vida en la campiña inglesa.

Aunque su estilo literario adolecía de la brillantez de la que presumen otras firmas del género negro, su nombre siempre será sinónimo de entretenimiento y diversión

“Una de las mejores cosas que le pueden tocar a uno en la vida es una infancia feliz. La mía lo fue. Tenía una casa y un jardín que me gustaban mucho, una juiciosa y paciente nodriza, y por padres, dos personas que se amaban tiernamente y cuyo matrimonio y paternidad fueron todo un éxito”. Así comienza a contar su vida una mujer que se divorció de su primer marido en 1928 tras protagonizar una ‘escapada’ de varios días nunca explicada del todo y que quedó ya siempre instalada en la leyenda. Poco después contrajo matrimonio con el famoso arqueólogo Max Mallowan tras conocerlo durante un viaje por Oriente Medio. Juntos comenzaron a pasar temporadas en Siria e Irak debido a los proyectos arqueológicos en los que trabajaba su esposo. De esta experiencia quedó constancia en las tramas de algunas de las más conocidas novelas de la escritora británica, como Muerte en el Nilo, Intriga en Bagdad o Asesinato en Mesopotamia, y también en el libro de viajes autobiográfico Ven y dime cómo vives (Tusquets).

Mucho más allá del descomunal éxito cosechado hasta hoy mismo con sus novelas policiacas –escribió 80 novelas y más de 150 relatos–, a partir de 1952 ganó celebridad con las adaptaciones teatrales de sus novelas en el West End londinense. Una de ellas, La ratonera, sigue actualmente en cartel de forma ininterrumpida durante casi 70 años y es la obra teatral de mayor permanencia mundial en representación.

No es el único récord que rompe, ya que sólo la Biblia y las obras de Shakespeare la superan en ventas absolutas a nivel mundial de todos los tiempos. Unos 2.000 millones de ejemplares vendidos dan buena muestra de la proyección de una escritora a la que en 1971 le fue concedida la distinción de Dame of the British Empire.

Y todo ello después de que esta enfermera de la Primera Guerra Mundial decidiera hacer, a partir de 1920, con 30 años, de la literatura su modus vivendi y de los crímenes imaginarios una pasión irrefrenable. Todo comenzó con El misterioso caso de Styles. Allí ya hizo de las suyas el coqueto detective belga y sus células grises.

 

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