En la última tarde de cine con hijas y amigas preadolescentes viví 2 películas, una sentada en la butaca y otra al salir de la sala oscura y ser consciente de que estábamos rodeadas. Andaban por todas partes y el resto no parecía que se dieran cuenta ¿Era yo la única que podía verlas? Se hacía evidente eso de que “Madre, no hay más que una”. Por momentos brillaba la diferencia entre el tumulto. Me empezaron a venir a la mente imágenes de El gran dictador al son de Roger Waters con The Wall, banda sonora para una obra de teatro de aquel lejano EGB. Alienación que disfruta en gris hasta que la monotonía estalla y empieza a saborear el reverso de su cotidianidad.

Da igual que miraras a las escaleras que a las taquillas o las fuentes, el centro de ocio había sido invadido por ellas con sus sencillos uniformes. Los describiré para que puedas estar alerta ante su presencia y evitar así tu abducción:

Sus vaqueros juegan en el límite de lo que antes se denominó decencia y ahora es una insinuación o casi un desparrame de inocentes montañas que aprisionadas luchan por conseguir su libertad. Cabelleras infinitas pasadas por planchas no sea que, asome alguna alocada onda y rompa la perfección tras horas ante el espejo y que de cuando en cuando dejan entrever como cortinas, unos aros que me recuerdan al hula hoop que giraba en nuestras cinturas.

Miradas ensayadas a lo Ben Stiller en la peli de Zoolander en sus pantallitas de última generación, testigas involuntarias de un juego de poses tan artificiales que la espontaneidad llora escondida en un cajón.

Las hombreras fueron eliminadas para dejar unos hombros desnudos que acompañan a lo que en su día fue la conexión con sus madres y ahora, asoman sin pudor exhibiendo la rebeldía de una zona sin cobertura. Sin wifi y sin datos les resulta misión imposible la comunicación. Al cortar el cordón umbilical ya no es posible mantener la circulación de enlace visible, pero la invisible permanece.

Mi hija mayor forma parte de esa generación que a pasos agigantados adelanta sus ciclos, la máquina del tiempo se volvió loca y su “edad del pavo” nos pilló a nosotras jugando a la goma. Las más adelantadas de su generación juegan con otras gomas, aunque por la inexperiencia se les rompen, incluso algunas refieren alergia y dejan de usarlas. Estamos ante la transición de peluches y corazones a emoticonos y uñas postizas; los piojos y las caries se irán marchando pero la pandilla del gonococo va llegando; empiezan a asomar ya adicciones y peligros que desconocíamos. Los Hombres G fueron reemplazados por los “Macho Man”, así que nuestras chicas tendrán que aprender a diferenciar lo que es música de lo que no lo es, para cultivar sus mentes y espíritus consiguiendo que florezcan jardines en lugar de malas hierbas.

Empiezo a presenciar cómo las ruedas dentadas siguen girando cada una en un sentido, pero siempre unidas. Con su fémur más largo que el mío, no tardará en superar mi altura de pívot, y aunque enseñe su ombligo al mundo y me conteste a veces olvidando de donde salió y las horas de sueño que se llevó, será siempre mi chiquitina tan bella e inmensa como el continente que lleva por nombre.

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